Un gran olvidado, General Edelmiro Juan Farrell

Activo protagonista de un proceso histórico que cambió el rumbo de la Patria

Edelmiro J. Farrell no fue solo un militar sino un criollazo de ley. Su carácter alegre y sencillo conquistaba amistades por donde pasaba, desde los círculos sociales de la ciudad hasta los últimos rincones de la cordillera cuyana que conocía como pocos. No había rancho donde no hubiera estado tomando mates, tocando la guitarra y cantando folclore, llevando siempre ayuda a los necesitados. He conocido muchos chicos montañeses que se decían ahijado del "coronel". Con ese grado lo conocieron y no le daban importancia a otras jerarquías militares.

La última vez que lo vi estaba en la sala de su departamento frente a la Plaza San Martín, donde no faltaba nunca una guitarra, y sobre sillones un pergamino y una plaqueta que le acababan de entregar altos jefes de la Fuerza Aérea Militar, arma creada por Farrell siendo presidente provisional y ese día se celebraba un aniversario más.

Amante de los deportes de montaña los difundió entre los jóvenes mendocinos y estimuló la preparación de pistas de esquiar en Vallecitos y Puente del Inca. Trajo los primeros esquíes para armar regimientos de infantería en esa especialidad.
Auspició la formación de la Asociación de Andinistas Argentinos a cuyos muchachos, entre ellos su propio hijo Jorge y yo, nos prestaba elementos del ejército para las prácticas. Hasta que Farrell impuso la palabra "andinismo", se usaba decir aquí "alpinismo".

Sus conocimientos musicales le permitieron hacer composiciones folclóricas, con letras muy criollas que exaltaban la identidad nacional. A veces improvisaba rimas como un payador.Farrell en la política

Cuando el pequeño grupo de coroneles y otros oficiales formaron el GOU y desde allí comenzaron a soñar una revolución transformadora en lo económico y social. Farrell fue el primer general enterado de tales propósitos y el principal apoyo.

Ya en el gobierno provisional, algunos opositores intrigaban con supuestas diferencias entre ellos, pretendiendo mostrarlos como enfrentados. Pero Farrell lograba con habilidad consensos para seguir adelante. Para ello disponía de inteligencia, autoridad y credibilidad. Solían discutir amigablemente y sabía bien donde ponía su firma, cuidando celosamente sus puntos de vista. En el cuerpo diplomático extranjero se destacaba por su tacto y en ese medio ganó amistades.

Llegado el momento de la conspiración contra Perón de octubre de 1945, Farrell jugó los tiempos con mucha astucia. Aduciendo razones de salud del coronel, fue el presidente quien ordenó su rápido traslado al Hospital Militar. Allí estuvo al cuidado médico de un joven de su confianza que prestaba servicio en ese nosocomio, el doctor Ramón Carrillo, quien sería luego el brillante primer ministro de Salud Pública del gobierno constitucional.

Con el hecho consumado de encontrarse en el hospital capitalino, fue fácil llevar al coronel Perón a la Casa Rosada para tranquilizar al pueblo allí reunido que lo reclamaba y se negaba a abandonar el lugar sin ver antes libre a su líder. Así ocurrió y, siendo el general Perón vicepresidente, se agilizó el proceso de cambios, incrementándose las medidas a favor de los olvidados trabajadores.

El levantamiento del estado de sitio y el llamado a elecciones, fue armonizado sin problemas entre Farrell y Perón. Luego el primero se retiró y no participó más en política, al dejar ya normalizada y en paz la vía constitucional del país.

La vida sencilla de siempre y sus hábitos de lector (conocía dos lenguas extranjeras), más la afición por la música y sus frecuentes caminatas por la vecina calle Florida, como se usaba antes, se contaban entre sus distracciones. A su paso recibía demostraciones de simpatías y saludos amistosos de los transeúntes.

Como hombre de contactos populares se sentía solidarizado con las necesidades de los pueblos marginados, lo cual facilitó que darle un gran apoyo a quien fuera su subordinado, el coronel Perón que actuó un tiempo bajo sus órdenes organizando la infantería de montaña.

Sus vivencias de los jóvenes que llegaban a cumplir con el servicio militar de lugares remotos de la cordillera lo sensibilizaban por el grado de miseria e ignorancia que reinaba en esas soledades de dura existencia y riguroso clima.

Es probable que la Revolución de 1943, sin el papel delicado que él supo cumplir con el prestigio de su carrera militar y personal marcada por la honestidad de sus actos, no hubiera tenido tanto éxito.

Pienso que, con una clara investigación histórica del papel cumplido por el general Edelmiro J. Farrell, se enriquecerá la verdad y entendimiento de aquellos años tan difíciles donde se jugaba el destino del país.

En paz con la conciencia del deber cumplido, murió Farrell en 1990, a los 93 años de edad.

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