Rosas

Carta de Lopez a Rosas (26-01-1831)

  Santa Fe, enero 26 de 1831. Señor Don Juan Manuel de Rosas. Querido compañero y amigo. Tengo el gusto de contestar a sus apreciables de 12, 15, 16, 18 y 19 del corriente; lo haré con laconismo porque mis inmensas atenciones no me dan libertad para extenderme del modo que quisiera, y principiaré por decir a usted que Reynafé llegó al campamento el sábado último sin traer más hombres que los que sacó de ésa, que no llegan a cien, según el estado que me ha presentado; siento que le haya dado a usted tanto trabajo, pero esto y mil otras cosas es preciso sufrir por el bien de nuestra tierra; a no ser por esta consideración poderosa ya estaría lejos de mí una porción de hombres que me hago mucha fuerza en tolerarlos. Aún no me ha presentado Reynafé la inversión de los fondos que de usted ha recibido. Carranza no parece. Recibí los tiros y cananas que conducía Nochete, también los retratos que ha tenido la bondad de remitirme. Recién antiayer llegó el buque conductor de los artículos de guerra para el apresto de la fuerza que debe marchar a Santiago; esta embarcación ha sufrido una terrible demora debida sin duda a la impericia de haber usted cerrado la correspondencia para Córdoba, y de las órdenes libradas a fin de que los que vengan de allí sean registrados o detenidos; yo he ordenado lo mismo, y puedo asegurarle que casi todos los que han venido últimamente están presos. Pedernera envió un hombre al Rosario bajo el disfraz de vender una carretada de cueros que conducía aquél, y aún no había pisado el Departamento cuando el Coronel Echagüe fué impuesto de esta estratagema; el hombre llegó al Rosario y en el acto fué bien asegurado. Según las relaciones tomadas a los que últimamente han venido y los avisos que nos dan nuestros amigos, Paz sufre una terrible deserción y al Rosario están continuamente llegando soldados desertores; las aflicciones de aquél se aumentan en la misma proporción que los instantes pasan. La fuerza de Pedernera apenas alcanza a 280 hombres, 50 infantes del Regimiento 5?, 143 veteranos de caballería y el resto milicias, pero están todos en tal estado de descontento que Pedernera no se atreve ni a enviar partidas que corran el campo porque la que sale no vuelve. Ya está visto que no hay que contar para nada con el Gobierno de Corrientes; hasta ahora no he podido conseguir que se me remitan los caballos; en aquella Provincia los hay en abundancia y lo de menos sería comprarlos y traerlos mandando una persona de honradez y de confianza; ya había dado yo este paso a haber tenido fondos de qué poder disponer, pero en el día no me es posible porque hay otras atenciones de preferencia. Haciéndome cargo de los apuros en que debe usted constantemente verse, me remediaré por ahora con los 9 a 10 mil pesos pedidos; procuraré economizar todo lo posible y sólo cuando me vea enteramente escaso le avisaré a usted para que nos auxilie. Quedan en mi poder las sesenta onzas conducidas por el Capitán Maza: este oficial marchará conmigo y no dudo que se conducirá bien.   Con sumo desagrado he sido impuesto de la solicitud de mi Comisionado; es verdad que yo anduve omiso en asegurarle una suma correspondiente a su trabajo; pero también lo es que él no debió dirigirse a usted sino a mí, que soy el que le he ocupado; siento el mal rato que a usted le ha dado este hombre, al mismo tiempo que le agradezco debidamente la consideración que ha tenido con él, pues estoy bien cierto que al obrar usted así, ha sido por consideraciones a mi persona.   Recibí las cintas y quedo prevenido de que vendrán las demás hasta llenar el número pedido. Creo qué han engañado a usted cuando le han dicho que los Maestros de posta de esta carrera están enojados con usted; no puedo imaginarme que haya un solo hombre en esta Provincia que al hablar de usted no sea con el mayor aprecio y veneración, no sólo porque usted, por mil títulos lo merece, sino porque están prevenidos por mí de servir ellos y todo cuanto hombre hay en este país en todo aquello que tenga relación a usted y a esa Provincia, y yo tengo la confianza de que mis órdenes han de ser fielmente obedecidas; sin embargo de todo he ordenado al Administrador de Correos que liquide la cuenta del haber de los Maestros de posta en el orden que usted lo previene. Ciertamente no era de esperar que el señor Ferré se condujese con usted del modo que lo ha hecho enviándole palos inútiles cuando no debe ignorar la necesidad que hay de dichos palos y que si se le pidieron fué porque se carecía de ellos; la carta que usted le ha dirigido estaba demasiado moderada; ella ha ido ya a su destino. La contestación que ha dado a usted el General Quiroga al hablarle sobre su marcha es la más digna y propia sólo de un valiente y verdadero patriota. Usted puede no sólo asegurarle de mi sincera amistad hacia su persona, sino también de que cuente con la seguridad de que como General del Ejército encontrará siempre en mí la más decidida cooperación de secundar sus nobles esfuerzos: protesto a usted que espero mucho del General Quiroga. Me parece que si tiene usted una plena confianza en el Cacique Llauquelen, sería bueno que lo incorporase usted a la fuerza del señor Quiroga, es decir que los 300 hombres que debe llevar el General fuesen completados con la gente del Cacique; todas las noticias que tengo de éste son buenas en cuanto a su valor y al de su gente, a que se agrega que por la parte de San Luis él debe tener mucha baquía, perousted, con mejores datos, resolverá lo que mejor viere que convenga, ya sea enviándole directamente sobre Paz, o mandarlo con el General Quiroga, mas en cualquiera de los dos casos me avisará sin demora lo que resuelva usted para mi gobierno, lo mismo que cuando se realizare la marcha del General..   No crea que por lo que dije en mi anterior respecto a los señores Pinedo y Valle, tengo ningún género de prevención hacia ellos; yo no he hecho más que dar a usted mi opinión según lo que de ambos sé y se me ha informado; todo lo que en contestación usted me dice veo que es muy exacto. Don Domingo Cullen regresó del Pergamino, en donde con el Coronel Echagiie tuvieron una entrevista con el señor Pacheco. Por él he sido informado de todo lo que han convenido con el señor Pacheco y todo es muy de mi satisfacción; sobre todo lo que más me ha lisonjeado es que aquel Jefe nos acompañe, con lo que se me ha quitado de encima un grande peso; nadie en mi opinión llenaba el vacío de Pacheco; aguardo sólo para moverme el aviso de que las fuerzas de éste estén reunidas con las de Echagüe en Melincué; yo estoy enteramente listo.1 Me parece que después que haya marchado el General Quiroga no debe usted perder tiempo en venir a situarse con la reserva en un punto del Norte; yo creo que el más aparente sería la Estancia de Gallino; Don Domingo me informa que el campo está excelente en aquella parte, la casa es cómoda, le aguarda allí mismo y el punto es el mejor para marchar si fuese preciso; el Coronel Pacheco es de la misma opinión pero, sin embargo, esto no pasa de una mera indicación.   Será bueno que por los botes de la Carrera de ésta que son los que hacen ios viajes más rápidos, prefiriendo siempre a Sanjinete, que hoy mismo sale para ésa, o a Nochete, me remita usted 400 portatercerolas y 400 abreliaves, nada tengo de esto, y olvidé en mis anteriofes pedir a usted ambos artículos. Necesito también un botiquín. Ahora se ofrece un inconveniente que desearía lo salvase usted; siempre tuve la esperanza que el señor Benites me desempeñase en la campaña como Secretario, pero al hacerle indicaciones sobre esto, aunque no se ha negado, ha manifestado alguna repugnancia. En este caso, me ha ocurrido que el Coronel Don Tomás íriarte podría no sólo desempeñar este puesto, sino servir de mucho en el Ejército por sus conocidos talentos y pericia militar; desearía pues que. usted lo enviase rápidamente aquí para que se me incorporase, a cuyo efecto yo le escribo también; usted verá la carta y si le parece bien se la entregará: en defecto de este señor podrá mandar a quien le parezca mejor; lo único que exijo es que no sea hombre asustadizo porque esto es lo peor de todo. Mucho siento la demora de la ratificación del tratado y mucho sentiré también si ocurre algún entorpecimiento sobre su ratificación: si tal sucede será un grande mal cuyas funestas consecuencias quizá yo mismo no podré evitar.2 En alguna de mis anteriores comunicaciones dije a usted que los hombres que daban dirección a los asuntos de Santiago eran nulos, y usted verá ahora que yo no me equivocaba. Ayer han llegado aquí Don Francisco Ibarra y Don Pablo la Torre, este último me ha hecho una prolija y larga relación de cuanto ha ocurrido en Salta y Santiago, que sería largo y cansado detallar a usted; mas en sustancia resulta: que cuando él vio que la muerte de Pachi Gorriti se acercaba, preparó la revolución en Salta que simultáneamente debía estallar con la de la Campaña. La imprudencia de algunos exaltados de la Campaña hizo abortar la de ésta, y el Canónigo se apoderó en la ciudad de-todos los que debían ejecutar la acordada allí: después de esto ya no le quedó a la Torre más arbitrio que seguir adelante venciendo a cuantos se le oponían. En tales circunstancias recibió una carta de Don Francisco Ibarra en que le decía que Deza lo cercaba y le pedía auxilio: él vino a dárselo en persona con una parte de siis fuerzas, y luego que se le incorporó vencieron en todas direcciones, quedando las fuerzas de aquél reducidas a sólo 60 hombres, con los cuales, sin recurso de ningún género, procuraba escapar. La Torre quiso perseguirlo hasta tomarlo, e Ibarra se encargó de esta operación mandando a un subalterno suyo: muy luego regresó sin ejecutarlo; y reconvenido Ibarra por esto, contestó que ya nada había que temer, y contra la opinión de la Torre se estuvo una porción de días' en Santiago sin hacer nada. Entre tanto Deza fué reforzado por Paz, y se movieron las fuerzas de Catamarca y Tucumán; la reunión de todas ellas se verificó y desde entonces todo fué delirar por parte de Ibarra y sólo se ocupó de vagar por los montes empeñado en disolver sus fuerzas: La Torre le propuso varios medios de entretener al enemigo: o de retirarse a ésta con todas las fuerzas sin que el enemigo les pudiese dañar, pero todo fué en vano; el miedo se había apoderado espantosamente de este nombre, y no pensó en más que salvar su persona. Cuando esto sucedía llegaron mis últimos chasques por los cuales le aseguraba de oficio y particularmente que marchábamos en su auxilio; en el acto reunió sus fuerzas, las desarmó, ocultó las armas y municiones que yo le había enviado y se vino escoltado de 70 hombres; ya antes de su arribo habían llegado dos partidas, una de 30 hombres y otra de 14; todo el resto de sus fuerzas, o más propiamente hablando toda la población de la Provincia entera ha ganado los montes huyendo de sus tiranos. El señor la Torre se vió forzado a venir hasta aquí porque ya los enemigos habían interceptado los caminos y había quedado cortado. Él asegura entre tanto que los Ibarra merecen tal concepto en Santiago que la Provincia entera estará a sus órdenes en el momento que aparezcan allí; y asegura también que los Federales de Salta se sostendrán contra Gorriti: según la Torre todas las fuerzas que han cargado sobre Santiago son 1.700 hombres, 200 de Catamarca, de 700 a 800 de Tucumán, haciendo Javier López un extraordinario esfuerzo, y el resto hasta aquel número la fuerza de De-za y Paz: asegura que en toda esta fuerza habrá sólo 400 veteranos, que todo lo demás es milicia; dice también que se han hecho atrocidades en Santiago y que hasta criaturas han sido degolladas; por de contado todo hombre que agarran perece sin remedio. El señor la Torre me parece hombre de importancia.   En vista de tales acontecimientos es necesario que apuremos a Paz antes que se reúnan porque es bien cierto que si nosotros desistiésemos de nuestra empresa, ellos reunidos nos cargarán, y nosotros perderíamos mucho en lo moral. Luego que pise el territorio de Córdoba, y según los acontecimientos que allí tengan lugar avisaré a usted rápidamente mis ulteriores disposiciones, y si como lo espero tenemos prontos triunfos le llamaremos la atención a Deza haciendo marchar a los Ibarra y a la Torre a que operen por Santiago y Salta; en fin, de allí nos pondremos de acuerdo para todos los casos. Ibarra interceptó unas comunicaciones de Paz a Deza en que le decía que se veía amenazado por esta parte, y que si era atacado se replegaba a Santiago abandonando a Córdoba. Esto prueba la ninguna confianza que tiene Paz en sus recursos; y que su objeto es aproximarse hacia Bolivia, porque usted conocerá que él no puede hacerse firme en un país enteramente enemigo y destituido de todo recurso. Acompaño a usted las últimas comunicaciones de Barrene-chea por las cuales verá lo que se piensa del presidente Rivera: por las mismas conocerá los deseos de Barrenechea sobre la organización de los 300 hombres; yo desearía que si le fuese a usted posible enviase vestuario y algún armamento para ellos. La libranza que me pide no me he atrevido a enviársela porque me hago cargo de los apuros en que debe usted estar para tanta atención que hoy gravita sobre usted.   Recomiendo a usted muy particularmente la pronta venida del Coronel Iriarte. Adiós muy buen amigo, que Dios le colme d€ prosperidad y le dé acierto en todo son los constantes votos de éste su compañero y fiel amigo. Estanislao López (En Archivo General de la Nación. Sección Farini, Leg. 18.]
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Carta de Estanislao Lopez a Rosas (01-10-1830)

  San José, octubre 1º de 1830. Señor Don Estanislao López Mi querido compañero. Empecé a escribir a usted con ocasión de tener que remitirle la carta de Oro, y luego se fueron proporcionando materiales que no tuve al principio; por ello es que van mrs cartas en esta vez escritas en diversos períodos del día, según lo que ha ido ocurriendo. El General Quiroga pidió permiso y pasaporte para pasar a Santa Fe, dar un paseo, visitar a usted y a Ibarra, y tener el consuelo de decir adiós a Bustos en los últimos instantes de su vida. Yo se lo he dado porque no he encontrado una razón para negárselo, y porque podría, si tal hubiera hecho, sentirse de una manera positiva. Él anda muy bien. Está hace mucho tiempo muy diferente que al principio. No tengo motivos para quejarme de él. Con sus rarezas, es verdad que nos perjudicará; pero es necesario hacerse cargo que por desgTacia había arrimado a un mal círculo, y que se encontraba azaroso, viéndose en situación tan desgraciada. Por lo demás, compañero, yo lo considero hombre incapaz de traicionar a nada de intención, mucho menos los principios de su fe política.   Ya lo considero absolutamente convencido de nuestro modo honrado de proceder, desde que se manifiesta franco, conforme, y dispuesto a servir en lo que se le ocupe, si en algo se le considera necesario, llegado el caso de un rompimiento, o de invasión por parte de Paz. Después de la principal razón indicada que he tenido para no negarle el pasaporte, me ha animado también cuando considero que esto no puede causar un mal, y creo que por el contrario pudiera ser que conferenciando Ud. con él organizase algún plan para el caso de moverse Paz, o ya sin moverse disponer algo en precaución. Creo también que si Paz tiene intención de venir, la ida de Quiroga a ésa puede que le haga creer que el plan nuestro es echarlo con fuerza por Santiago junto con Ibarra, que éste quede en su provincia y Quiroga pasar a Catamarca y que estos temores o le hagan dividir sus fuerzas para reforzar esos puntos y quizá concebir que nuestro plan es muy bien combinado, y muy vasto y que entonces afloje y nos deje quietos. Si Ud. ve que mi juicio no dista de su modo de opinar vea si convendría preparar el plan para que Ibarra y Quiroga marchen a Santiago en el caso que Paz se mueva, pues si está Ud. presto será necesario no perder tiempo y aprontarles en ésa los elementos necesarios. Yo sólo encuentro por más difícil los caballos porque todo lo demás considero que haciendo sacrificios podría allanarse. Digo para hacer la guerra a lo pobre como la hicimos nosotros y no a lo rico como creo la hacía el General Quiroga.1    , . En fin, usted medite y dígame lo que podremos hacer; pues si Paz viene, me parece que con los santafecinos y porteños hay de sobra para pelearlo. En la fecha escribo a Pacheco que mande a Gorondona por la primera remesa de caballos que usted me indica deben estar para el 12. Dios quiera que nuestro amigo Ferré haga empeño en la compra de caballos: yo pierdo las esperanzas desde que he visto el poco interés que ha tenido en mandarnos las astas de lanza.   Las cartas para mí, sean notas oficiales o sean particulares, ábralas nomás con toda franqueza, pues ya le he dicho que puede hacerlo, seguro de que nada hay reservado para usted. Y así conviene que lo haga en las circunstancias. Adiós compañero, queda suyo afectísimo amigo. Juan Manuel de Rosas. Es copia. [En Archivo General de la Nación. Sección Farini, Leg. 18.]
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Carta de Rosas a Quiroga (16-12-1832)

  Buenos Aires, 16 de diciembre de 1832. Mi amigo querido. Por la copia inclusa de la carta que he recibido del señor Ibarra verá usted que resucita la idea de la convocación de un congreso,1 bien que no es todavía sino una opinión que se somete a discusión por las vías confidenciales que son justas y decentes, pero no he podido menos que extrañar que el señor Ibarra se refiera a la conferencia que tuvo con el señor Cavia, porque si no ha emitido opiniones propias, las mías se las expliqué antes de su salida de un modo muy claro. Además en punto a Congreso las instrucciones dadas al señor Cavia son terminantes. Copio a usted los artículos para que por ellos tome una idea del sentido en que ha debido trabajar en los pueblos del tránsito: a la letra son como siguen: "4º Que mientras que las Provincias de la República no hubiesen organizado su sistema representativo y afianzado su administración interior; mientras no hubiesen calmado las agitaciones internas y moderádose las pasiones políticas que la última guerra ha encendido y mientras la relación que tomen las relaciones sociales y de comercio bajo los auspicios de la paz no indique claramente los principales puntos de interés general que deben ocupar nuestra atención y facilite los medios de expedirse, cree el Gobierno de Buenos Aires que sería funesto a los intereses de todos empeñarse en la reunión de un Congreso Federativo porque no podríamos contar en la elección de representantes con la imparcialidad y cordura que deben presidir a una obra de tanta trascendencia. 5º Que siendo el sistema Federal un ensayo administrativo que tiene contra sí no solamente el poder de los hábitos contraídos en el período de la revolución, en que ha prevalecido con más o menos duración el sistema de unidad y las opiniones de un número considerable de ciudadanos que aún no han perdido del todo el influjo de su posición social, sino también los intereses de los Gobiernos de las Repúblicas limítrofes y continentales, exige la prudencia un perfecto y fraternal acuerdo de todas las autoridades de la Nación para señalar la época conveniente y para ocuparse en una constitución que no quede expuesta a fracasar como las anteriores; pues que será necesariamente combatida por rivales poderosos y situados a donde no puede llegar la acción de nuestras leyes.' Esta oposición inevitable debe tenerse muy presente tanto para no precipitar incautamente la reunión de un Congreso sin Haber antes neutralizado cuanto pudiese corromperlo o extraviarlo, como para trabajar en el sentido de que no se dé un solo paso respecto a su formación sin que sea sostenido por la opinión uniforme de todas las Provincias y por. la convicción común de los jefes que las rigen a fin de que en el sentimiento compacto de la República una base sólida de la constitución resista y triunfe de la intriga y pretensiones de los que profesan distintas doctrinas, y sobre todo para que no llegue el caso de que por no haberse examinado profundamente la verdadera situación de la República, y por no haberse nivelado juiciosamente las conveniencias de cada Provincia antes de constituir la Nación, se renueven entre los Argentinos bajo la forma Federativa, los estragos y horrores de que muchos años hace es víctima deplorable la República de Guatemala. De estos principios que reglan la política del Gobierno de Buenos Aires, el señor Cavia podrá deducir oportunamente todas las reflexiones con que pueden ampliarse para convencer que lejos de considerar un bien el que el Estado persevere todavía inconstituído después de los heroicos sacrificios hechos por conseguirlo, lo considera un gran mal en todas sus relaciones nacionales pero que balanceados con la disolución que acarrearía el conato de constituir, al país antes de su sazón y antes de remover inconvenientes que han nacido de la misma guerra civil, se resigna sin. trepidar, al contra sí no solamente el poder de los hábitos contraídos en el período de la revolución, en que ha prevalecido con más o menos duración el sistema de unidad y las opiniones de un número considerable de ciudadanos que aún no han perdido del todo el influjo de su posición social, sino también los intereses de los Gobiernos de las Repúblicas limítrofes y continentales, exige la prudencia un perfecto y fraternal acuerdo de todas las autoridades de la Nación para señalar la época conveniente y para ocuparse en una constitución que no quede expuesta a fracasar como las anteriores; pues que será necesariamente combatida por rivales poderosos y situados a donde no puede llegar la acción de nuestras leyes.' Esta oposición inevitable debe tenerse muy presente tanto para no precipitar incautamente la reunión de un Congreso sin Haber antes neutralizado cuanto pudiese corromperlo o extraviarlo, como para trabajar en el sentido de que no se dé un solo paso respecto a su formación sin que sea sostenido por la opinión uniforme de todas las Provincias y por. la convicción común de los jefes que las rigen a fin de que en el sentimiento compacto de la República una base sólida de la constitución resista y triunfe de la intriga y pretensiones de los que profesan distintas doctrinas, y sobre todo para que no llegue el caso de que por no haberse examinado profundamente la verdadera situación de la República, y por no haberse nivelado juiciosamente las conveniencias de cada Provincia antes de constituir la Nación, se renueven entre los Argentinos bajo la forma Federativa, los estragos y horrores de que muchos años hace es víctima deplorable la República de Guatemala. De estos principios que reglan la política del Gobierno de Buenos Aires, el señor Cavia podrá deducir oportunamente todas las reflexiones con que pueden ampliarse para convencer que lejos de considerar un bien el que el Estado persevere todavía inconstituído después de los heroicos sacrificios hechos por conseguirlo, lo considera un gran mal en todas sus relaciones nacionales pero que balanceados con la disolución que acarrearía el conato de constituir, al país antes de su sazón y antes de remover inconvenientes que han nacido de la misma guerra civil, se resigna sin. trepidar, al tiempo, a la prudencia y a la utilidad que resulte de una madura circunspección sobre este gran negocio".   Después de la época en que se dictaron los artículos anteriores los sucesos han venido a ratificar mis principios. La conjuración de Salta, los amagos de los refugiados a nuestras fronteras y las mismas invasiones de los salvajes que absorben toda la atención de los Gobiernos manifiestan cuán distantes estamos de ese grado de reposo y seguridad que necesitamos para ocuparnos en perfeccionar nuestra organización. He contestado al señor Ibarra con la franqueza que acostumbro, explicándole mis opiniones respecto a la formación de un Congreso; y satisfecho de que usted opina-como yo, confío en que contribuirá por su párte a que haya prudencia y espera para no correr el riesgo de nuevos trastornos. Que usted goce de salud, y que me mande son los deseos de su afectísimo amigo. Juan Manuel de Rosas [En Archivo General de la Nación. 5-28-6-1.]  
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Carta de Rosas a Estanislao Lopez (15-07-1830)

    Buenos Aires, 15 de julio de 1830. [Borrador] Mi Distinguido Amigo y Compañero Señor Don Estanislao López: Por la correspondencia que en copia adjunto verá usted que lo mismo que se propone como puntos para proceder a un ajuste sólido entre los Gobiernos litorales y* Córdoba, no importa ya otra cosa sino la imposibilidad de arribar a una negociación airosa para nosotros o accesible al señor General Paz. Haré mis observaciones, y de éstas deducirá usted el fundamento que tengo para desesperar de que podremos entendernos con dicho Géneral. En el día los ofrecimientos de éste se reducen a que fijará el número de tropas de línea de la provincia de Córdoba por un arreglo que también comprenderá a las provincias litorales. Si el señor General Paz hubiera prestádose a las indicaciones que se le hicieron el 12 de abril, cuando aún no eran subyugados los pueblos del interior, su allanamiento habría tenido la aceptación que hoy no puede ser bastante. El General Paz nada ofrece, si no se presta a disolver la fuerza que ha diseminado fuera de su territorio, y a que los pueblos que han avasallado por su medio queden en perfecta libertad para establecer sus Juntas y Gobiernos. Adonde quiera que se hallen dichas fuerzas, ellas no son de las provincias que dominan, sino del Ejército de Córdoba.   Si los Gobiernos litorales conviniesen con lo que en esta parte pretende el General Paz, caerían en el insidioso lazo de venir a sancionar el trastorno que ha causado; y lo que es aún peor, aparecerían los aliados reconociendo la ocupación a la fuerza armada, y se presentarían a sí mismos al señor General Quiroga y demás que han obrado en sentido igual, como caudillos de la anarquía y del desorden. . Para que así no sea, no es posible entrar a tratar bajo otras bases que las de la disolución de las fuerzas conquistadoras; nombramiento de Representantes y de Gobiernos, libres de toda influencia extraña, colocándose provisoriamente Jefes que no hayan tenido parte activa en la última guerra; reposición del señor Ibarra y Junta de Santiago; porque ni ésta ni aquél han intervenido en la guerra, y es la mayor de las felonías que alarma a todo el país, la que se ha cometido con el hecho de su deposición. Ültimamente: para tratar, es preciso no olvidar que el General Quiroga y los que con él han militado y estado a sus órdenes, investían un carácter público que debe reconocerles, pudiendo restituirse libremente a sus casas, y estar donde mejor les acomode. Aquí importa observar que así como nosotros excusamos hacer reclamaciones contra el General Paz y sus secuaces por los horrores que han cometido y males que han causado a toda la República, así ellos deben quedar comprometidos a la recíproca. El decreto de 18 de noviembre no puede ser asunto del tratado. Las armas y demás artículos de guerra en ningún país son por sí materia de libre comercio y ni de libre extracción o importación. Los Gobiernos establecen en el particular las reglas que les acomodan, y nadie tiene derecho a quejarse de restricciones en esta parte. Buenos Aires y sus aliados son libres para poner a este respecto en sus territorios las reglas que quieran y tengan a bien. Este es un punto privativo de la seguridad de todo pueblo independiente, que no debe someterse a un tratado permanente. El General Paz no tiene una garantía equivalente que ofrecer a los Gobiernos litorales, igual ni mejor que la vigencia del decreto de 18 de noviembre. En ésto es importantísimo no ceder, ni aflojar, porque cualquier artículo que se inquiera en un tratado permanente sobre este particular, permitiendo aún temporalmente la exportación de armas, es degradante a las provincias litorales. Éstas, cuando a las desconfianzas hayan sucedido las seguridades y el reposo de todos los pueblos, entonces podrán suspender o revocar el citado decreto, o formar convenios especiales para que la exportación de armas sea libre, y en qué términos.   Los pueblos y las Naciones nos observan. Aquéllos, si se armaron, si se pusieron en guardia, y si entraron por último en contienda, fué en defensa de las leyes, y por no sufrir sobre sí y sobre sus instituciones, las vías de hecho del 1? de diciembre de 1828. Ellos no han triunfado; y si por esta fatalidad las públicas necesidades nos obligan ahora a tratar con los que han hollado los deberes mas sagrados, ya que lo hagamos, es preciso en mi concepto hacerlo, volviendo por sus derechos, y por las personas que los han sostenido, así por nuestra dignidad como por el crédito exterior de nuestros principios; y porque en ningún caso pueda recaer sobre los Gobiernos litorales motivos de cargo alguno por inconsecuentes, débiles o imbéciles. La contestación, por lo mismo, a la nota oficial de Córdoba, si aún no hubiese sido remitida, yo no encuentro que deba ser variada, sino para robustecerla y hacerla aún mas enérgica y decisiva; pues habiéndose publicado por ellos la que dió Górdoba, de que resultó que aquí también se publicase, debe igualmente darse al público la respuesta que ustedes crean conveniente, respecto a que las indicaciones privadas que en la ocasión se hacen no son admisibles, ni mejoran la negociación pendiente, ni pueden imprimirse, a pesar de la ansiedad en que se halla el público. Bien advierto que si las condiciones que el General Paz nos pone no son de admitirse por la opinión moral que ganaría, haciéndonos entrar por proposiciones que nos envilecerían y humillarían ante los pueblos y ante las Naciones, tampoco él podrá entrar por las nuestras, porque su orgullo quedaría obscurecido, y desbaratados sus planes de ambición. Pero es preciso que entre por éstas, si quiere tratar, a fin de que en el tratado luzca la justicia y la preponderancia de los principios sobre que hemos obrado y estamos obrando.   Y    ya que por ahora ésto no se consiga, lo que se deduce es que las cosas han venido a tal punto que no es posible hacer cosa de provecho por medio de tratados. Mas siendo necesario manifestarnos decididos a buscar la paz, y evitar la guerra, importa que nos cpnduzcamos en las circunstancias con habili dad y destreza, tal de modo que jamás se nos impute el que provocamos a la guerra o que la deseamos. Usted verá lo que escribo al señor Oro por la copia que adjunto. A éste creo que debe contestarle que el señor General Paz no da las garantías que en el día son ya forzosas para deponer todo temor, y quedar con seguridad y con honor, que el camino que ha abierto es en la ocasión degradante, difícil, y muy sospechoso, porque ni disuelve la fuerza, ni deja en libertad a los pueblos, y quiere además que los Gobiernos litorales reconozcan, y se sometan a cuánto le ha parecido hacer, que es decir, que se echen sobre sí el borrón de legitimar la subyugación, y se contrariase a sus principios: que rer capacite el señor General Paz lo que envuelve lo que pide, y hallará que al todo intenta degradar, y deshonrar a las provincias aliadas: que por todo parece, que está muy distante de su corazón la paz que con ansia se busca por los aliados. Y    se desea para todos los pueblos de la República que le conteste en estos términos, y le repita que los Gobiernos litorales, si por la paz y libertad, están resueltos a hacer sacrificios, no parece racional ni conforme que olvidándose que pertenecemos todos a una misma familia, se nos exija que aprobemos tácitamente cuanto ha hecho, y que se deje pesar la ley de vencedor en los oprimidos, y en los que han sido menos felices que él por las armas. En fin, en éstos u otros términos creo puede prepararse la contestación a Oro: de modo que éste entienda que deseamos la paz y que aún no perdemos las esperanzas de tratar para lo que siempre estaremos prontos y dispuestos. Por conclusión, deducirá usted de todo lo que he observado que en la imposibilidad de poder celebrar tratados onerosos, creo que lo que nos conviene en nuestra posición es que se vea que hemos buscado y buscamos con anhelo la quietud, sosiego público, que sin aparecer indiferentes a las calamidades de los pueblos y a la justicia de la causa de los oprimidos, no nos metemos con nadie ni a nadie incomodamos. Mas como sin embargo pudiera intentarse invadir nuestros territorios, entonces, forzados a defendernos, resistiremos la invasión, para lo que interesa que no perdamos momentos en ponernos fuertes y en aptitud de sostener con honor nuestros derechos.   Es de usted con el aprecio que siempre, su amigo y compatriota. [Juan Manuel de Rosas] [En Archivo General de la Nación. Sección Farini, Leg. 18.]            
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Carta de Rosas a Quiroga (06-03-1832)

  Buenos Aires, marzo 6 de 1832. Fecho. Mi querido buen amigo Señor Don Juan Facundo Quiroga. 1º Cuando estaba para despachar la mucha correspondencia que tenía detenida de usted por causa de las enfermedades que me habían postrado, y traían mi ánimo en tal abatimiento que creí ya no poder volver al Gobierno, recibí por el correo en el mismo día 28 de febrero en que he contestado a todas sus cartas detenidas, su apreciable del 26 de diciembre sin saber cuál ha sido la causa de tanta demora en* venir a mis manos. Me dice usted que los unitarios no necesitan mortificarse mucho para lograr su fin, porque nosotros mismos debemos darles el triunfo, como consecuencia de nuestra falta de virtudes. Ello no sería así si tuviésemos la virtud de subordinarnos a la escuela de la experiencia para no preferir entregarnos a las afecciones que nos hacen criar las invenciones o las realidades, abandonando el objeto esencial de la causa y lo que nos lleva a su fin. Yo por mi parte protesto no seguir haciendo más que sacrificarme, desvelarme y compadecer los extravíos tales como los de la carta en copia, procurando que la prudencia y la indulgencia no me abandonen, teniendo siempre por norte de mis acciones la obra principiada, cosa que al fin no vengamos a ser las víctimas, y que los vencidos no se sobrepongan.   2º He leído la carta en copia que usted adjunta 1 a su citada que contesto, y su lectura al paso que me ha llenado de asombro, es para mí el documento de la muy grande confianza que a usted merezco, y que jamás olvidaré. La ingratitud y la infidencia son las verdaderas muestras del espíritu que contiene el contexto de esa miserable carta, que no sé cómo haya habido atrevimiento para escribirla o aconsejarla. Mi conciencia está tranquila, y puede sin encogimiento asegurar que la relación que contiene dicha copia es tan contraria a la verdad como ofensiva a la amistad. No poco tendrá que padecer el que la dictó cuando vea que ella no ha producido los efectos de desunirnos que tal vez se propondría; pues me atrevo a dudar que quién sabe si el que la firmó no ha* sido sorprendido por el intrigante que la escribió, cuyo dictado y estilo conozco claro. 4º Hay males necesarios y que es preciso marchar por sobre ellos buscando el remedio en las oportunidades. Algún día nuestras explicaciones podrán hacerse hablando, y entonces nos entenderemos, sin tener por qué recurrir al uso de la pluma. Entre tanto yo puedo gloriarme de que soy un buen amigo, así como lo soy del país, y que siempre fiel y consecuente jamás desmentiré que para todo soy honrado. 6º Quedo impuesto del contenido de las notas que usted   me incluye para conocer el estado de la Provincia de Salta. En estas circunstancias he recibido sa apreciable del 21 de enero próximo pasado3 y por ella veo que los enemigos no podrán prevalecer, advirtiéndole por conclusión que al señor Ruiz se le dice cumpla siempre con cualquiera orden que usted le diere. 8º Adiós amigo. Me complazco de reproducirle que como tal puede disponer lo que guste. De usted su afectísimo compatriota. Juan Manuel de Rosas 5º No puedo sin embargo dejar de expresar que lo que se dice en dicha carta relativamente a la Constitución envuelve una conducta tanto más extraña para mí cuanto que claramente he manifestado siempre, y esto mismo" repetí en el Rosario, que ardo en los mejores deseos por ver constituido el país; pero que por lo mismo que tales son mis íntimos deseos, no quisiera verlos malogrados por falta de un poco de espera, para lograr la verdadera oportunidad, y porque temo mucho que la precipitación vuelva a sumergirnos en un abismo de males insondables, por no haber aguardado el tiempo necesario de dos años o diez y ocho meses, que acaso sea bastante, y que no es un largo período si se considera la grande obra que es la constitución, y lo que vale afianzarla de una manera sólida. 7º Remito ese poncho por creerlo prenda de usted, y que le será grato que vuelva a su poder. Tuve noticias de él y recomendé al cura de San Nicolás de los Arroyos su diligencia. La carta adjunta le impondrá cómo fué adquirido y cómo me ha sido mandado. [En Archivo General de la Nación. 5-28-3-2.]
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Carta de Rosas a Corvalan (17-10-1836)

Octubre 17 de 1836. El Coronel Edecán de Govierno Dn. Manu el Corvalan, procederá mañana por la mañana á dar cumplimiento á la orden siguiente— Primero— Pedirá al Señor Ministro de R. E. una solicitud oficial que el Dr. Dn. Marcelo Gamboa ha dirigido al Govierno pidiendo permiso para publicar la defensa que ha echo en favor de los Reos de Barranca Yaco; y la copia de dha defensa— Hara comparecer al dho* Gamboa á la Escribania Mayor de Govierno, y á presencia del Escribano de ella le dirá ([...]), y le hara cumplir lo siguiente, de todo lo que dara fee este estendiendo la correspondiente diligencia— Que solo un atrevido insolente, picaro impio logista unitario, ha podido cometer el abance de [/] de [sic] interrumpir las altas y delicadas atenciones del Govierno con semejante tan importuna, como inoportuna, y atrevida solicitud— Que solo un unitario, tan desagradecido como bribón, ha podido consebir la idea de querer la publicación aislada de la defensa de los feroces executores de una mortandad sin exemplo en la historia del mundo civilisado; que solamen-te ([...]) un hombre, que haya renunciado á toda idea de religión, de honor, y respeto ál Govierno, y á la opinion publica, y qüe en consecuencia de su perversidad, [haga] no alimente sentimiento alguno de amor y respeto al honor Nacional, ha podido dirigirse oficialmte. al Gov° pidiéndole permiso para publicar una defensa semejante, con la idea sinduda de preparar, y despertar sentimientos que solo pueden abrigar las almas dañadas, y los corazones corrompidos delos unitarios á cuia inmunda Logia el siempre ha pertenecí-do- [/]   Que solo un hombre á quien los decretos de la Divina Providencia, haya colocado ([gr]) en la senda de su fin funesto para que asi [i] pague ya por sus delitos sin cuento, ha podido pedir á la Suprema autoridad el permiso de una publicación separada de la causa, corrto si la justicia ([tubiera una sola]) de la opinión pública tubiera una sola oreja para« hoir, y juzgar los delitos de los unitarios, por las. obras de defensas en su favor, ó que en el Pays existiese la Ley del embudo, dándoles lo ancho para ellos, y lo angosto para los federales, y orden social. Que en su virtud y en pena de su descarada insolencia, en el acto ([borre por su]) sobre raye por su propia mano uno por uno ([de]) todos los renglones de su atrebida Representación— En seguida le entregara la copia de la defensa, y le dirá lo siguiente. Que esta se le devuelve por que respecto de ella nada le dice el Govierno por que en haber trabajadola, nada mas ha echo qe. [/] llenar, y cumplir con uno de los cargos, y deberes del hombre de su clase constituido en sociedad, tanto mas cuanto que el Govierno declaró que una vez nombrados por los Reos sus defensores, no se admitieran renuncias, ([toda vez que]) siempre qe. los ([elect]) elegidos por ellos fuesen de la lista aprovada por la autoridad suprema— Que por todo, y siendo su delito (no soló) por el avance anteriormente expresado, sino ([por]) también por la conducta ([y]) misma (que ha observado en sus conversaciones publicas, y privadas: conducta,) ([y]) alarmante, y en todos sentidos ofensiva alos ([•••]) altos respetos debidos al Govierno, se le ordena, lo siguiente. Primero— Que hasta nueva resolución superior no debe salir á mas distancia ([de]) que ([ven]) veinte cuadras de la Plaza déla Victoria— 2º Que no debe exercer su oficio de abogado, ni hacer escrito alguno de ninguna laya, por mas simple é inosente que sea— [/] 3º Que no debe cargar la divisa Federal, ni ponerse niusar, ni en publico ni privado, ([el color]) los colores Federales—   4º Que por cualesquiera infracción de las ([ante]) tres prevenciones anteriores, sera paseado por las calles de Bs. Ays. en un Burro celeste, y castigado ademas según el tamaño de la falta— 5º Que si tratase de fugar del Pays, ([y]) luego que sea aprendido sera inmediatamente fusilado— Lo que se previene al Edecán enunciado Coronel Dn. Manuel Corvalan para su entero cumplimiento. Juan M. de Rosas
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Carta de Rosas a Quiroga (28-02-1832)

  Buenos Aires, 28 de febrero de 1832. Fecho. Mi querido buen amigo Señor Don Juan Facundo Quiroga. La apreciable de usted de 12 de enero anterior tiene para mí un mérito muy recomendable. Esa franca expresión que contiene su contexto es la que debe cada vez más unirnos estrechamente más y más. Si cuando nos reunimos en ésta hubiese llegado la ocasión de una igual franqueza a este respecto, yo estoy ciertísimo que le habría convencido, que mi marcha combatiendo contra el General Lavalle, y la seguida después de la Convención de Agosto no merecen los cargos que se me hacen; pero que respeto. Quisiera hablar extensamente sobre ellos, trayendo en revista, todas las jornadas de mi comportamiento, desde que estalló el 19 de diciembre de 1828; pero no es esto materia de una carta. Ello es pues más propio para hablarse que para escribirse. Sin embargo algo voy a decir pasajeramente, correspondiendo a usted en su franqueza. La guía del hombre en sus acciones son los principios de razón. Si usted no ha retrogradado en la resolución de no conservarse al frente de la fuerza, estoy persuadido que debe haber sido, no por no retrogradar solamente, sino porque la justicia y el deber le habrán marcado, en su concepto la línea de conducta que ha seguido.   No me arrepiento haber dicho que usted no pertenece a sí mismo. La reflexión con que usted ha rebatido esta mi aserción, me parece que no es exacta; pues o yo obré mal en el caso que usted recuerda, y entonces no ha debido secundarme, u obré bien, y entonces su argumento no tiene lugar. Usted está en mi concepto equivocado cuando asienta que el señor General López y yo nos contentamos con tranquilizar las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, dejando al resto de las demás bajo el yugo de la opresión. Nunca tuvimos el designio de abandonar a sí mismos a los pueblos del interior; antes al contrario nuestra conducta política jamás pudo halagar a los sublevados con esta esperanza. Y aunque nunca tampoco llegó el caso de que en algunas de las épocas a que esto se refiere pudiésemos obrar en combinación con el interior, por ignorar cuáles eran las disposiciones que se tomaban para la defensa común con todo desde el territorio de Santa Fe, procuramos entendernos, escribiendo a usted y al señor Bustos con repetición. La falta de contestación dejó a Santa Fe y Buenos Aires entregadas a sólo sus esfuerzos. Faltos de todo, y con todo el grueso de la fuerza sublevada contra nosotros, no contamos por resultado con auxilio ni cooperación alguna, para combatir y defendernos, y así corrimos todos los azares de la guerra. Cuando la Convención de 24 de junio, mi posición era tan desventajosa, que materialmente ni aún un escuadrón podía montar, y tenía a los hombres con los recados en la cabeza. Los sublevados mantenían entonces en la Ciudad todos los elementos de destrucción; mientras yo no veía en mi rededor un ejército, sino hombres sin táctica a punto de desesperar por la desnudez y por la larga fatiga bajo una estación dura en todos sentidos. Cuando la de 24 de agosto no había re-mediádome de los elementos de movilidad para la ofensiva. Quedamos pues débiles y casi inermes por la agitación de las dos Provincias, Buenos Aires y Santa Fe, por la calamitosa estación y por los peligros que nos rodeaban de cerca, hasta tener que fijarnos muy seriamente en este conflicto sobre la conducta de la República vecina, que nos hacía una guerra encubierta, temible, y sobre el Entre Ríos, que se presentaba en estado de convulsionarse por los unitarios. Y no pudien-do por lo mismo atender a todo, ni abarcarlo todo, nos propusimos, es verdad, tranquilizar de pronto estas provincias, y robustecerlas; pero no abandonando a las demás del interior, sino al contrario, con el objeto de ponernos expeditos, para cooperar a su seguridad y defensa.   Tal línea de conducta se nos vió seguir, cuando a excepción de Córdoba, todas las demás eran libres, estaban regidas por sus antiguos Gobiernos y tenía usted un ejército formal, el bastante para concluir probablemente con el General Paz, si la fortuna no hubiese sido adversa. ¿Sería un raciocinio exacto, que yo formase a usted este argumento? Usted pudo batir al Gmeral Paz: por no haberlo hecho con su primer ejército, fue necesario exigir nuevos sacrificios a los pueblos. Con el segundo Ejército, que por su parte contaba con las ventajas y probabilidades del triunfo según su nota fecha 10 de enero de 1830 al señor López, pudo usted haberlo derrotado, y sucedió a la inversa; ¿usted pues es el responsable de los males que fueron consiguientes a estos dos reveses de las armas? Claro es que no, y creo que cualquiera no sólo desconocería la exactitud de tal discurso, sino que con justicia lo impugnaría; pues lo mismo es preciso que se diga con respecto a los demás sucesos. Recuerde usted lo que dije entonces al General Paz, que debía dejar el Gobierno, y aún el país, como el único medio de evitar los desastres de la guerra. Si usted hace memoria de mi larga carta del 1º de diciembre de 1830, que entre su equipaje cayó en manos del General Paz, se acordará de los términos en que era escrita; términos que están muy lejos de quien no mirase como propia la causa que usted sostenía. ¡Tanta era la confianza que inspiraba la posición de usted! Y nuestra resolución de secundar sus esfuerzos, como se vió posteriormente en seguida al contraste que usted sufrió. Aquí me permitirá le diga: que cuajido un poco de espera pior parte de usted habría asegurado el triunfo. Usted no lo tuvo, ni se puso en combinación con nosotros. Sin embargo, no por esto es mi ánimo censurar el modo como usted se condujo; pues si así obró, sería poique así creyó de su deber hacerlo.   Nadie tiene el don de ligar los favores de la fortuna a . empresas; y toda obra de hombres está sujeta a errores. No sería extraño que hubiésemos cometido algunos barros, pero no se nos crea que intencionalmente nos propusiésemos perjudicar a la buena causa. Usted nos ha visto obrar, cuando ya pudimos hacerlo. ¿A qué nos hemos negado, ni en qué no hemos secundado, pudiendo? El haberse retirado de Córdoba el ejército fué como a usted escribí con fecha primero de setiembre último, por orden del General en Jefe. Él sí lo dispuso, por las razones que manifesté a usted en dicha carta, y porque para conservarlo se le presentaron obstáculos, que sólo puede valorar el que los toca en medio de una posición difícil.   Yo desde ahora le ruego me dispense que haya suprimido en la publicación de su nota Oficial al General en Jefe remitiendo los capítulos con que se estipuló la paz con Salta, los períodos relativamente al señor Ibarra. Mi intención ha sido muy sana: al suprimirlos el parte oficial no podía dejar de publicarse, y en el conflicto de tenerlo que hacer, me tomé la licencia de ejecutarlo, como creí que convenía. Me lisonjeo con las esperanzas que promete usted de seguir trabajando desde su retiro a la vida privada en bien del país en general. Usted asegura que pronto lo veremos, explorada que sea a fondo la voluntad de las provincias en orden a la Constitución. Aguardo este momento para subordinarme al voto explícito de ellas. Hago memoria de lo que usted dijo al General Paz desde Mendoza con fecha 10 de enero de 1830. "Las pretensiones locales en el estado de avances de las Provincias no es posible satisfacerlas, sino en el sistema de Federación. Las Provincias serán despedazadas tal vez, pero jamás domadas". Por estos mismos principios es que he creído que la Federación es el voto expreso de los pueblos, y que para no malograr sus deseos y constituir la República bajo esta forma, sólo podía hacerse sólidamente, no en el momento presente sino gradualmente, pues el tiempo es quien ha de afianzar esta obra. En suma, la única satisfacción que debe asistirnos, y que debe sostener y afianzar nuestra íntima amistad y confianza es haber obrado siempre de buena fe, y con los mejores deseos. Así es que no nos es útil ni conveniente recordar desgracias que ya no tienen remedio, y que ni aun de guía pueden proponerse o servir para lo sucesivo. Es preciso que nos disimulemos algunos errores. Los hombres todos no tienen ni una misma energía ni un mismo modo de concebir, ni valen lo mismo.   He tirado en estos días un decreto sobre uso de la libertad de imprenta. Me ha movido a hacerlo la necesidad de dar cumplimiento exacto al artículo 6? del Tratado de los Gobiernos aliados: también el deber de cruzar los manejos de los unitarios decembristas, asimismo la conveniencia de contener la influencia de los extranjeros al menos en una gran parte. Además ya que no puedan al todo desarmarse las logias secretas, el decreto no podrá menos que dar el resultado de debilitarlas; así como nos pone en guarda contra los espías y revolucionarios enviados ocultamente a los pueblos de América, no sólo por los Españoles, sino también por los que no lo son. Sobre todo por el espíritu del decreto me propongo que la ilustración del país por medio de la prensa se confíe a hombres conocidos que tengan vínculos con él, que los haga tomar interés por su felicidad. Era muy triste y degradante que el crédito de la República y la reputación de sus hijos más ilustres estuviese a merced de los caprichos y perversidad de ambulantes aventureros, que sin dar la cara tuviesen libertad para ultrajar y difamar impunemente, como así se había visto prácticamente ejecutado.   Todo este conjunto de consideraciones y motivos me hizo tomar la resolución de regularizar las imprentas y su uso. Si a usted pareciese bien lo dispuesto, hará por su parte lo que esté en su esfera para estimular a la adopción de una medida que creo de utilidad y ventajas para los pueblos donde hubiese imprentas. Antes de tirar el decreto ordené la suspensión de do3 periódicos, el "Cometa" y el "Clasificador".5 Estos dos impresos habían tomado una dirección inversa a la consolidación del orden y a la conservación de la concordia y armonía entre los gobiernos, los pueblos y sus habitantes. Sus escritos eran trabajados por Federales amigos; y sin embargo, siendo ya muy perjudicial su extravío, fué indispensable hacerlos cesar. Yo he estado en un estado tal que he tenido que delegar el mando. Creí que seguiría a usted retirándome de un puesto, que ya no podría servir cumplidamente, pero siempre con el propósito de ser útil a la causa, y a sus progresos en lo que alcanzare. Mi salud se había debilitado, padeciendo en lo moral y en lo físico considerablemente, hasta que traslucidos por algunos los motivos que me habían traído a tal estado, se propusieron remover los inconvenientes que tocaba el Gobierno de falta de recursos para marchar per ahora; y se prestaron todos con decisión a proporcionar los recursos. Este paso ha excitado mi gratitud y decidido a la correspondencia, estoy resuelto a manifestarla, volviendo a tomar el ¡Gobierno, y enterar los nueve meses que me faltan.   Adiós mi apreciado compatriota: Él colme de bienes y de prosperidad los días de usted, como lo desea su amigo Juan Manuel de Rosas
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Carta de Rosas a Quiroga (20-12-1834)

  Hacienda de Figueroa en San Antonio de Acero, diciembre 20 de 1834 Mi querido compañero, Señor Don Facundo Quiroga. Consecuente a nuestro acuerdo, doy principio por manifestarle haber llegado a creer que las disensiones de Tucumán viéndose colocados en aquella posición y sin poder hacer cosa alguna de provecho para el país, traten de sacrificarlo a beneficio suyo particular, como lo han hecho nuestros anteriores Congresos, concluyendo sus funciones con disolverse, llevando los diputados por todas partes el chisme, la mentira, la patraña, y dejando envuelto al país en un mare magnum de calamidades de que jamás pueda repararse.   Lo primero que debe tratarse en el Congreso no es, como algunos creen, de la erección del Gobierno general, ni del nombramiento del Jefe Supremo de la República. Esto es lo último de todo. Lo primero es dónde ha de continuar sus sesiones el Congreso, si allí donde está o en otra parte. Lo segundo es la Constitución General, principiando por la organización que habrá de tener el Gobierno General, que explicará de cuántas personas se ha de componer, ya en clase de Jefe Supremo, ya en clase de Ministros, y cuáles han de ser sus atribuciones, dejando salva la soberanía e independencia de cada uno de los Estados Federados. Cómo se ha de hacer la elección, y qué calidades han de concurrir en los elegibles; en dónde ha de residir este Gobierno, y qué fuerza de mar y tierra permanente en tiempo de paz es la que debe tener para el orden, seguridad y respetabilidad de la República. El punto sobre el lugar de la residencia del Gobierno suele ser de mucha gravedad y trascendencia por los celos y emulaciones que esto excita en los demás pueblos, y la complicación de funciones que sobrevienen en la Corte o Capital de la República con las autoridades del estado particular a que ella corresponde. Son éstos inconvenientes de tanta gravedad que obligaron a los Norteamericanos a fundar la ciudad de Washington, hoy capital de aquella República que no pertenece a ninguno de los Estados Confederados. Después de convenida la organización que ha de tener el Gobierno, sus atribuciones, residencia y modo de erigirlo, debe tratarse de crear un fondo nacional permanente que sufrague a todos los gastos generales, ordinarios y extraordinarios, y al pago de la deuda nacional, bajo del supuesto que debe pagarse tanto la exterior como la interior, sean cuales fueren las causas, justas o injustas, que la hayan causado, y sea cual fuere la administración que haya habido de la hacienda del Estado, porque el acreedor nada tiene que ver con esto, que debe ser una cuestión para después. A la formación de este fondo, lo mismo que con el contingente de tropa para la organización del ejército nacional, debe contribuir cada Estado federado, en proporción a su población, cuando ellos de común acuerdo no tomen otro arbitrio que crean más adaptable a sus circunstancias; pues en orden a esto no hay regla fija, y todo depende de los convenios que hagan cuando no creen conveniente seguir la regla general, que arranca del número proporcionado de población. Los Norteamericanos convinieron en que formasen este fondo de derechos de aduana sobre el comercio de ultramar, pero fué poique todos los Estados tenían puertos exteriores —no habría sido así en caso contrario, porque entonces unos serían los que pagasen y otros no. A que se agrega que aquel país, por su situación topográfica, es en la principal y mayor parte marítimo, como se ve a la distancia por su comercio activo, el número crecida de sus buques mercantes y de guerra construidos en la misma República, y como que esto era lo que más gastos causaba a la República en general, y lo que más llamaba su atención por todas partes, pudo creerse que debía sostenerse con los ingresos de derechos que produjesen el comercio de ultramar o con las naciones extranjeras.   Al ventilar estos puntos deben formar parte de ellos los negocios del Banco Nacional y de nuestro papel moneda, que todo él forma una parte de la deuda nacional a favor de Buenos Aires, deben entrar en cuenta nuestros fondos públicos y la deuda de Inglaterra, invertida en la guerra nacional con el Brasil, deben entrar los millones gastados en la reforma militar, los gastados en pagar la deuda reconocida que había hasta el año de ochocientos veinte y cuatro procedente de la guerra de la Independencia, y todos los demás gastos que ha hecho esta Provincia con cargo de reintegro en varias ocasiones, como ha sucedido para la reunión y conservación de varios congresos generales.] Después de establecidos estos puntos y el modo como pueda cada Estado federado crearse sus rentas particulares sin perjudicar los intereses generales de la República, después de todo esto, es cuando recién se procederá al nombramiento del [Jefe] (Presidente) de la República, y erección del Gobierno General. ¿Y puede nadie concebir que en el estado triste y lamentable en que se halla nuestro país pueda allanarse tanta dificultad, ni llegarse al fin de una empresa tan grande, tan ardua, y que en tiempos los más tranquilos y felices, contando con los hombres de más capacidad, prudencia y patriotismo, apenas podría realizarse en dos años de asiduo trabajo? ¿Puede nadie que sepa lo que es el sistema federativo, persuadirse que la creación de un gobierno general bajo esta forma atajara las disensiones domésticas de los pueblos? Esta persuasión o triste creencia en algunos hombres de buena fe es la que da [anza] (ocasión) a los [otros pérfidos y alevosos que no la tienen o] que están alborotando los pueblos con el grito de Constitución [para que jamás haya paz, ni tranquilidad, porque en el desorden es en lo que únicamente encuentran su modo de vivir.] El gobierno general en una República federativa no une los pueblos federados, los representa, unidos: no es para unirlos, es para representarlos en unión ante las demás, naciones: [él] no se ocupa de lo que pasa interiormente en ninguno de los Estados, ni decide las contiendas que se suscitan entre sí. En el primer caso sólo entienden las autoridades particulares del Estado, y en el segundo la misma Constitución tiene previsto el modo como se ha de formar el tribunal que debe decidir. [En una palabra,] la unión y tranquilidad, pues, crea el gobierno general, la desunión lo destruye, él es la consecuencia, el efecto de la unión, no la causa, y si es sensible su falta, es mucho mayor su caída, porque nunca sucede [ésta] sino convirtiendo en escombros toda (grandes males) la República. No habiendo [pues] hasta ahora entre nosotros, como no hay, unión y tranquilidad, menos mal es que no exista (esa Constitución) que sufrir los estragos de su disolución. (¿No vemos todas las dificultades invencibles que toca cada provincia en particular para darse Constitución? (Y si no es posible vencer estas solas dificultades, será posible vencer no sólo éstas sino las que presenta la discordia de unas provincias con otras, discordia que se mantiene como acallada y dormida mientras cada una se ocupa de sí sola, pero que aparece al instante como una tormenta general que resuena por todas partes con rayos y centellas, desde que se llama a Congreso general?)   Es necesario que ciertos hombres se convenzan del error en que viven, porque si logran llevarlo a efecto, envolverán la República en la más espantosa catástrofe, y yo desde ahora pienso que si no queremos menoscabar nuestra reputación ni mancillar nuestras glorias, no debemos prestarnos por ninguna razón a tal delirio, hasta que dejando de serlo por haber llegado la verdadera oportunidad, veamos indudablemente que los resultados han de ser la felicidad de la Nación. Si no pudiésemos evitar que lo pongan en planta, dejemos que ellos lo hagan [enhorabuena,] pero procurando hacer ver [al público] que no tenemos la menor parte en tamaños (errores) disparates y que si no lo impedimos es porque no nos es posible. La máxima de que es preciso ponerse a la cabeza de los pueblos cuando no se les pueda hacer variar de resolución es muy cierta; mas es para dirigirlos en su marcha, cuando ésta es a buen rumbo, pero con precipitación o mal dirigida, o para hacerles variar de rumbo sin violencia y por un convencimiento práctico de la imposibilidad de llegar al punto de sus deseos. En esta parte llenamos nuestro deber, pero los sucesos posteriores han mostrado [a la clara luz] que entre nosotros no hay otro arbitrio que el de dar tiempo a que se destruyan en los pueblos los elementos de discordia, promoviendo y fomentando cada gobierno por sí el espíritu de pa2 y tranquilidad. Cuando éste se haga visible por todas partes entonces los cimientos empezarán por valemos de misione? pacíficas y amistosas por medio de las cuales sin bullas, ni alboroto, se negocia amigablemente entre los gobiernos, hoy esta base, mañana la otra, hasta colocar las cosas en tal estado que cuando se forme el Congreso lo encuentre hecho casi todo y no tenga más que marchar llanamente por el camino que (la opinión pública le haya) designado. Esto es lento, a la verdad, pero es. preciso que así sea, y es lo único que creo posible entre nosotros, después de haberlo destruido todo, y tener que formarnos del seno de la nada. Adiós compañero. El Cielo tenga piedad de nosotros, y dé a usted salud, acierto y felicidad en el desempeño de su comisión: y a los dos, y demás amigos, iguales goces, para defendernos, precavernos y salvar a nuestros compatriotas de tantos peligros como nos amenazan.   Juan M. de Rosas [En Archivo General de la Nación, Sección Farini, Leg. 18.]  
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Carta de Rosas a Quiroga (28-02-1832)

  Buenos Aires, 28 de febrero de 1832. Mi querido buen amigo Señor Don Juan Facundo Quiroga. Contestaré por ésta a sus dos muy estimadas: la una fecha 27 de noviembre, y la otra 4 de diciembre últimos. Me impuse de la carta dirigida por usted a Don Estanislao del Campo, y la que cerrada le hice entregar: su tenor me ha dejado satisfecho. Bien conozco por lo que por mí pasa cuán vivos serán sus deseos de volver a la vida privada; pero para esto es preciso que si por una parte justamente se debe a usted lo que pide, por otra también usted no puede negar lo que se le exige. En la& circunstancias es usted un hombre necesario; porque sin usted lo que se ha hecho todo se pierde. Esto es preciso ser ciego para no verlo, o estar preocupado para no conocerlo. Usted podrá retirarse del teatro de los negocios, pero no desentenderse de ellos, a fin de que su influjo y posición lo pongan expedito para hacer el bien que el país puede esperar de usted. En una palabra. El descanso de usted está identificado con el de los pueblos; y por lo tanto, cualquiera que sea el que usted adopte, tiene que conciliar la paz pública, y sólida tranquilidad que su nombre solo puede garantir. La conducta que usted ha guardado con Don Pedro Rico es propia de la firmeza y consecuencia de un buen amigo: Ella para mí estará siempre presente, para no olvidarla; y puedo asegurarle que cuando se ofrezca, recordaré el interés que Rico tuvo en pelear por la causa. Son para mí más satisfactorias que otra alguna las felicitaciones que usted me dirige. Debo ser justo, y al aceptarlas me toca reconocer en usted el mérito singular que usted ha contraído, y confesar que le son debidas principalmente en cuyo sentido las retorno. Juan Manuel de Rosas siempre estará pronto a ocuparse y a corresponder a usted, ofreciéndole ser lo mismo que usted me promete.   He sido instruido de los últimos acontecimientos de la guerra. Veo que después de la heroica jornada en los Campos de la Ciudadela habla usted quedado poco menos que a pie, para seguir sobre Salta: y de lo mismo infiero, que la conclusión por los capítulos de paz ajustados con la Representación de esta provincia por medio de sus Diputados al efecto, y el desenlace que usted supo disponer y preparar, son el colmo de que podíamos desear los amigos de la buena causa. Conozco el poder de lo que usted observa en punto a la distancia en que se puso al General en Jefe. El cálculo y la penetración, pudo haberle faltado; pero no puedo persuadirme que un siniestro deseo fuese el autor de las deliberaciones . El General en Jefe fué gustoso en que usted tomase parte en la guerra: estoy cierto en esto, como que contando con la intervención de usted se hicieron las combinaciones para la campaña. La retirada del General en Jefe de Córdoba, si yo la hubiese podido diferir, lo habría hecho; pero mi opinión a este respecto no llegó a tiempo. El señor López confió siempre en el triunfo de usted sobre los enemigos; y por otra-parte el estado del Entre Ríos, que volvía a ponerse en una' situación alarmante fué la causa de que abreviase su aproximación a Santa Fe. Mas yo aún después de la entrevista me sostuve siempre con mi cuartel General entre la miseria de Pavón y el Arroyo del Medio, cuyos campos no eran ya más que tierra, y hasta carecían de aguada buena, esperando en ese punto bien el término, bien el poder proteger del modo posible cualquier desaire de las armas. En fin, la firmeza y bravura de usted, y la valentía en compañía de los Auxiliares de los Andes han visto publicadas las muestras de gratitud de todos, principiando por el General en Jefe. Ahora solo debo exigir que se olviden faltas, y que con generalidad luzca el disimulo en las que se nos hubiesen notado. Las correspondencias de Díaz Peña, Madrid, Don Javier López, y Videla Castillo me han entretenido bastante, y en todas reconozco lo que solo el nombre de usted imponía a esos hombres. Adiós amigo: No me cansaré de repetir lo obligado que me tiene una amistad de que me honro, y de rogar por que su vida sea tan duradera como el tiempo, como lo desoa su apasionado y afectísimo compatriota. [En Archivo General de la Nación. 5-28-2-1.]
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Instrucciones dadas a Quiroga en 1834 en su carácter de mediador en el conflicto entre Tucumán y Salta

    Instrucciones que deberá observar el señor General Don Juan Facundo Quiroga en el desempeño de la Comisión mediadora que se le ha confiado cerca de los Excelentísimos gobiernos de Tucumán y Salta. La comisión del señor Quiroga debe ser para tomar conocimientos sobre el estado de los negocios políticos entre Tucumán y Salta, imponerse de los motivos de queja por una y otra parte con sus respectivas contestaciones, examinando detenidamente los hechos en que se fundan y para promover los medios de conciliación de un modo que no dé lugar a nuevos trastornos y resentimientos. Deberá remontarse el señor Quiroga al origen de las primeras causas que influyeron en que principiase a resfriarse la amistad entre ambos gobiernos, y al progreso gradual y su-.cesivo que ha tenido esta desgracia. Exaniínar con sagacidad si tiene su origen en las maniobras de los unitarios o de algunos otros no unitarios, pero aspirantes o resentidos, si alguno de los contendientes obra impulsado de pretensiones injustas o menos nobles que tiendan a violar los derechos, libertades e independencia de la Provincia que preside su contendor, o si se deja arrastrar de aprensiones sugeridas por artificios de algunós intrigantes. En el caso de que descubra miras injustas, ambiciones y de mala fe en alguno de los contendientes empleará su influencia en cuanto lo permita su carácter conciliador y mediador a que deje el punto que ocupa. En cualquiera de los otros casos debe ocuparse tan solamente de la reconciliación, procurando que las mismas partes se presten mutua y recíprocamente a remover de un modo eficaz las causas de tan grave mal, y adopten medios por convenios entre sí para que esas u otras causas semejantes no obren en lo sucesivo.   En ningún caso deberá prestarse el señor Quiroga a que tenga lugar la confiscación de propiedades públicas ni particulares ni la indemnización de daños y perjuicios; porque, fuera de que esto por derecho de gentes no está admitido en casos de la naturaleza del presente, no sólo prestaría un ejemplar fecundísimo de ulteriores fatales consecuencias, de que podría asirse a cada paso la intriga, la perfidia y la mala fe, sino que dejaría un germen de resentimiento inextinguible entre dos Provincias hermanas y vecinas que de un modo o de otro, y más tarde o más temprano, producirían disturbios trascendentales a toda la República. El mismo gobernador del Tucumán conviene en que sus quejas se fundan en conjeturas y pruebas de indicios, no en hechos auténticos, claros y positivos de que nadie puede dudar sobre su existencia y verdadero carácter. Y desde que esto es así tiene sin duda derecho a quejarse, a pedir explicaciones y también a exigir garantías, pero no indemnizaciones. En esta parte no se procede del mismo modo en los negocios de Estado a Estado, que entre personas particulares cuyos derechos y deberes los reglan las leyes civiles de cada país, según las circunstancias que le son peculiares. En caso de tener lugar la cesación en el mando de alguno de los contendientes, debe asimismo influir en cuanto lo permitan los límites del carácter de mediador, conciliador, de que no le suceda algún otro que haya encabezado partido de división entre los federales, porque, si depositase el mando en un sujeto de esta clase, se aumentaría la irritación del partido caído, se encenderían las rivalidades, se fraccionarían más y más los partidos, y el país bien pronto quedaría del todo aniquilado. Es necesario, pues, que en tal caso el señor Quiroga empeñe todos los recursos de su saber y prudencia para que, cuando no sea posible que todos queden del todo contentos, al menos queden los caídos en disposición de deponer con el tiempo su disgusto y de no temer la persecución de los que hayan triunfado, haciendo que éstos se conduzcan con moderación y generosidad y de un modo noble y circunspecto. En cuanto a la parte de la Provincia de Salta que pretende incorporarse a Bolivia será muy importante que el señor Quiroga propenda por cuantos medios estén a su alcance a que tcdos miren este hecho como una traicióñ horrenda a la República, digna de castigarse hasta con el último suplicio, y a que se persiga de muerte a los autores, motores y fautores de tan enorme crimen.   Si se descubriese que el gobierno de Bolivia tiene alguna ingerencia en el hecho de esa parte de la Provincia de Salta que pretende separarse de nuestra República e incorporarse a la de Bolivia o en las disensiones entre Salta y Tucumán, procurará el señor Quiroga instruirse de todos los datos que haya y pruebas que los justifiquen, y dar de todo cuenta inmediatamente a este gobierno, acompañándole las justificaciones que pueda obtener; y entre tanto promoverá el que se tomen medidas de precaución para atajar esa ingerencia, y que nadie, nadie absolutamente se atreva a sugerir ni tocar directa o indirectamente semejante idea. En caso de que el señor Quiroga, a pesar de sus esfuerzos, no llegue a conseguir el objeto de su misión, se esforzaría en inclinar a los contendientes a una tregua con el fin de que en ella, los puntos que motiven las desavenencias sean decididos por el arbitramiento de tres o cinco provincias de la Confederación. Ültimamente el señor Quiroga aprovechará las oportunidades de hacer entender por todos los pueblos de su tránsito que el Congreso es de desearse que cuanto más antes pueda celebrarse; pero que el presente es en vano clamar por el Congreso y por Constitución bajo el sistema Federal, mientras cada Estado no se arregle interiormente y no dé bajo un orden estable y permanente pruebas prácticas y positivas de su aptitud, para formar federación con los demás; porque en este sistema el gobierno general no une sino que se sostiene por la unión, representando en este estado los pueblos que componen la República para con las demás naciones. Tampoco decide las diferencias de unos pueblos con otros sino que se reducen sus funciones a hacer cumplir los pactos generales de la Federación, a cuidar de la defensa de toda la República, y dirigir sus negocios e intereses generales en relación con los de otros Estados, pues para los casos de discordia entre dos Provincias la Constitución suele tener acordado un modo particular de decidirlos, cuando los contendientes no los arbitran con su mutuo consentimiento.   93 Se deja al buen juicio y discernimiento del señor Quiroga tanto el arreglar su conducta en los casos y circunstancias no previstas en estas instrucciones cuanto el de obrar separándose de su tenor literal en lo que no contrariase el carácter de mediador y conciliador, toda vez que de ambos procedimientos resulte el mejor desempeño del objeto de su misión conciliadora. [En Archivo General de la Nación. División Nacional. Sección Gobierno. Quiroga, 1834 a 1837. 5-18-4-5].
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Carta de Rosas a Quiroga (28-02-1832)

Buenos Aires, febrero 28 de 1832. Fecho.   Mi querido buen amigo Señor Don Juan Facundo Quiroga. fengo conmigo su estimable de 12 de enero. Por ella me dice usted que su silencio sqbre la Comisión Representativa y sobre la inoportunidad para la reunión del Congreso General Federativo, debía haberme hecho entender el motivo. Usted con fecha 27 de noviembre, contestando a mi carta datada en el Rosario a 3 del mismo noviembre, me expresó parccerle muy justas las razones en orden a la continuación de la Comisión y lo peligroso que ella sería al importante objeto de nuestra organización política. En esta virtud me asegura usted que por su parte no dejaría de coadyuvar en cuanto le fuese permitido para arribar al fin que yo me había propuesto. Yo he contestado a esa carta lo que usted verá en mi contestación de esta fecha y deducirá cuál ha sido lo que pude entender con posterioridad a su silencio. Ahora me manifiesta usted que es Unitario por convencimiento. Se refiere a que ésta su opinión particular me la hizo saber por varias veces. Le protesto por nuestra sincera amistad que no hago memoria de tal aserto. Mas cuando veo el respeto que ha consagrado a la voluntad de los pueblos pronunciada por el sistema Federal, me es usted más apreciable. Por ese respeto, que creo la más fuerte razón de convencimiento, soy yo Federal y lo soy con tanta más razón, cuanto que estoy persuadido de que la Federación es la forma de Gobierno más conforme con los principios democráticos con que fuimos educados en el estado colonial sin ser conocidos los vínculos y títulos de la aristocracia como en Chile y Lima, en cuyos Estados los Condes, los Marqueses y los Mayorazgos constituían unas jerarquías.   que se acomodan más a las máximas del régimen de Unidad, y los sostienen; pero aún así siendo Federal por íntimo convencimiento, me subordinaría a ser Unitario, si el voto de los pueblos fuese por la Unidad. Cuando pues he pedido a usted su opinión ha sido bajo la confianza que usted me la daría en el sentido de acomodamiento y conformidad con el voto público que se hiciera sentir, y conocer entre los habitantes de las provincias del interior. Mas ya que usted se propone ahora penetrarlo con certeza, estoy desde luego conforme en esperar, a que se informe con exactitud del sentimiento general de los pueblos. El señor Coronel Ruiz instruye como usted dice de los despachos de ascensos que han recibido Jefes y Oficiales, e igualmente de los que no han ascendido, son acreedores a ascensos y también quienes no lo son. Para no errar en esta parte he resuelto mandar los ascensos por mano de usted para que de las suyas pasen al señor Ruiz. Mando, según las instrucciones, despachos para grados y para empleo efectivo para todos y cada uno de los que deben ascender, cosa que usted dirija al señor Ruiz los que correspondan a sus títulos bien 'de grado solamente, bien de grado y de empleo efectivo. Al Coronel Ruiz he creído, usando de las facultades extraordinarias, ascenderlo a General de la Provincia, y después dar cuenta a la Sala de esta promoción. Reciba usted las protestas de estimación con que es cada vez su mejor amigo y reconocido compatriota. Juan Manuel de Rosas p. d. Incluyo a más de los despachos llenos, diez firmados en blanco, con los que podrá usted suplir cualquier vacío que... y equivocación u error en los llenos; siendo que aguardo el resultado de lo que usted dispusiese para proceder aquí a la toma de razón en la Contaduría, y reconocimiento en la orden del día. [Borrador de Manuel V. de Maza con correcciones de i?osas.] [En Archivo General de la Nación. 5-28-2-1.]
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