Cartas de Rosas

Carta de Rosas a Estanislao Lopez (15-07-1830)

 

 

Buenos Aires, 15 de julio de 1830.

[Borrador]

Mi Distinguido Amigo y Compañero Señor Don Estanislao

López:

Por la correspondencia que en copia adjunto verá usted que lo mismo que se propone como puntos para proceder a un ajuste sólido entre los Gobiernos litorales y* Córdoba, no importa ya otra cosa sino la imposibilidad de arribar a una negociación airosa para nosotros o accesible al señor General Paz. Haré mis observaciones, y de éstas deducirá usted el fundamento que tengo para desesperar de que podremos entendernos con dicho Géneral.

En el día los ofrecimientos de éste se reducen a que fijará el número de tropas de línea de la provincia de Córdoba por un arreglo que también comprenderá a las provincias litorales.

Si el señor General Paz hubiera prestádose a las indicaciones que se le hicieron el 12 de abril, cuando aún no eran subyugados los pueblos del interior, su allanamiento habría tenido la aceptación que hoy no puede ser bastante. El General Paz nada ofrece, si no se presta a disolver la fuerza que ha diseminado fuera de su territorio, y a que los pueblos que han avasallado por su medio queden en perfecta libertad para establecer sus Juntas y Gobiernos.

Adonde quiera que se hallen dichas fuerzas, ellas no son de las provincias que dominan, sino del Ejército de Córdoba.

 

Si los Gobiernos litorales conviniesen con lo que en esta parte pretende el General Paz, caerían en el insidioso lazo de venir a sancionar el trastorno que ha causado; y lo que es aún peor, aparecerían los aliados reconociendo la ocupación a la fuerza armada, y se presentarían a sí mismos al señor General Quiroga y demás que han obrado en sentido igual, como caudillos de la anarquía y del desorden. .

Para que así no sea, no es posible entrar a tratar bajo otras bases que las de la disolución de las fuerzas conquistadoras; nombramiento de Representantes y de Gobiernos, libres de toda influencia extraña, colocándose provisoriamente Jefes que no hayan tenido parte activa en la última guerra; reposición del señor Ibarra y Junta de Santiago; porque ni ésta ni aquél han intervenido en la guerra, y es la mayor de las felonías que alarma a todo el país, la que se ha cometido con el hecho de su deposición.

Ültimamente: para tratar, es preciso no olvidar que el General Quiroga y los que con él han militado y estado a sus órdenes, investían un carácter público que debe reconocerles, pudiendo restituirse libremente a sus casas, y estar donde mejor les acomode. Aquí importa observar que así como nosotros excusamos hacer reclamaciones contra el General Paz y sus secuaces por los horrores que han cometido y males que han causado a toda la República, así ellos deben quedar comprometidos a la recíproca.

El decreto de 18 de noviembre no puede ser asunto del tratado. Las armas y demás artículos de guerra en ningún país son por sí materia de libre comercio y ni de libre extracción o importación. Los Gobiernos establecen en el particular las reglas que les acomodan, y nadie tiene derecho a quejarse de restricciones en esta parte. Buenos Aires y sus aliados son libres para poner a este respecto en sus territorios las reglas que quieran y tengan a bien. Este es un punto privativo de la seguridad de todo pueblo independiente, que no debe someterse a un tratado permanente. El General Paz no tiene una garantía equivalente que ofrecer a los Gobiernos litorales, igual ni mejor que la vigencia del decreto de 18 de noviembre. En ésto es importantísimo no ceder, ni aflojar, porque cualquier artículo que se inquiera en un tratado permanente sobre este particular, permitiendo aún temporalmente la exportación de armas, es degradante a las provincias litorales. Éstas, cuando a las desconfianzas hayan sucedido las seguridades y el reposo de todos los pueblos, entonces podrán suspender o revocar el citado decreto, o formar convenios especiales para que la exportación de armas sea libre, y en qué términos.

 

Los pueblos y las Naciones nos observan. Aquéllos, si se armaron, si se pusieron en guardia, y si entraron por último en contienda, fué en defensa de las leyes, y por no sufrir sobre sí y sobre sus instituciones, las vías de hecho del 1? de diciembre de 1828. Ellos no han triunfado; y si por esta fatalidad las públicas necesidades nos obligan ahora a tratar con los que han hollado los deberes mas sagrados, ya que lo hagamos, es preciso en mi concepto hacerlo, volviendo por sus derechos, y por las personas que los han sostenido, así por nuestra dignidad como por el crédito exterior de nuestros principios; y porque en ningún caso pueda recaer sobre los Gobiernos litorales motivos de cargo alguno por inconsecuentes, débiles o imbéciles.

La contestación, por lo mismo, a la nota oficial de Córdoba, si aún no hubiese sido remitida, yo no encuentro que deba ser variada, sino para robustecerla y hacerla aún mas enérgica y decisiva; pues habiéndose publicado por ellos la que dió Górdoba, de que resultó que aquí también se publicase, debe igualmente darse al público la respuesta que ustedes crean conveniente, respecto a que las indicaciones privadas que en la ocasión se hacen no son admisibles, ni mejoran la negociación pendiente, ni pueden imprimirse, a pesar de la ansiedad en que se halla el público.

Bien advierto que si las condiciones que el General Paz nos pone no son de admitirse por la opinión moral que ganaría, haciéndonos entrar por proposiciones que nos envilecerían y humillarían ante los pueblos y ante las Naciones, tampoco él podrá entrar por las nuestras, porque su orgullo quedaría obscurecido, y desbaratados sus planes de ambición.

Pero es preciso que entre por éstas, si quiere tratar, a fin de que en el tratado luzca la justicia y la preponderancia de los principios sobre que hemos obrado y estamos obrando.

 

Y    ya que por ahora ésto no se consiga, lo que se deduce es que las cosas han venido a tal punto que no es posible hacer cosa de provecho por medio de tratados. Mas siendo necesario manifestarnos decididos a buscar la paz, y evitar la guerra, importa que nos cpnduzcamos en las circunstancias con habili dad y destreza, tal de modo que jamás se nos impute el que provocamos a la guerra o que la deseamos.

Usted verá lo que escribo al señor Oro por la copia que adjunto. A éste creo que debe contestarle que el señor General Paz no da las garantías que en el día son ya forzosas para deponer todo temor, y quedar con seguridad y con honor, que el camino que ha abierto es en la ocasión degradante, difícil, y muy sospechoso, porque ni disuelve la fuerza, ni deja en libertad a los pueblos, y quiere además que los Gobiernos litorales reconozcan, y se sometan a cuánto le ha parecido hacer, que es decir, que se echen sobre sí el borrón de legitimar la subyugación, y se contrariase a sus principios: que rer capacite el señor General Paz lo que envuelve lo que pide, y hallará que al todo intenta degradar, y deshonrar a las provincias aliadas: que por todo parece, que está muy distante de su corazón la paz que con ansia se busca por los aliados.

Y    se desea para todos los pueblos de la República que le conteste en estos términos, y le repita que los Gobiernos litorales, si por la paz y libertad, están resueltos a hacer sacrificios, no parece racional ni conforme que olvidándose que pertenecemos todos a una misma familia, se nos exija que aprobemos tácitamente cuanto ha hecho, y que se deje pesar la ley de vencedor en los oprimidos, y en los que han sido menos felices que él por las armas. En fin, en éstos u otros términos creo puede prepararse la contestación a Oro: de modo que éste entienda que deseamos la paz y que aún no perdemos las esperanzas de tratar para lo que siempre estaremos prontos y dispuestos.

Por conclusión, deducirá usted de todo lo que he observado que en la imposibilidad de poder celebrar tratados onerosos, creo que lo que nos conviene en nuestra posición es que se vea que hemos buscado y buscamos con anhelo la quietud, sosiego público, que sin aparecer indiferentes a las calamidades de los pueblos y a la justicia de la causa de los oprimidos, no nos metemos con nadie ni a nadie incomodamos. Mas como sin embargo pudiera intentarse invadir nuestros territorios, entonces, forzados a defendernos, resistiremos la invasión, para lo que interesa que no perdamos momentos en ponernos fuertes y en aptitud de sostener con honor nuestros derechos.

 

Es de usted con el aprecio que siempre, su amigo y compatriota.

[Juan Manuel de Rosas]

[En Archivo General de la Nación. Sección Farini, Leg. 18.]

 

 

 

 

 

 


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