Rosas

Carta de Rosas a Estanislao López (23-09-1835)

Buenos Aires, septiembre 23 de 1835. Señor Don Estanislao López. Mi querido compañero: Cuando iba a contestar a su favorecida de 14 del corriente recibí la correspondencia de la carrera de Córdoba, que le incluyo original porque absolutamente no tengo tiempo para hacerla copiar, devolviéndole al mismo tiempo la que se sirvió usted adjuntarme a su expresada carta. Tanto ésta, como aquélla presentan un cuadro bien triste del estado de la República, yo cada día me afirmo más en las ideas que he manifestado a usted sobre el tal Rodríguez, Gobernador Provisorio de Córdoba.
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Carta de Rosas a Estanislao López (11-09-1835)

Buenos Aires, septiembre 11 de 1835. Señor Don Estanislao López. Mi querido compañero: Las razones que me manifestó usted antes, y que ha reforzado después en su muy apreciable del 1? del corriente para fundar el deseo que tenía para que el General Paz pasase a esta Provincia en la misma clase de prisionero de guerra en que ha estado en ésa, son para mí de muy grande peso, y por esto es que me he prestado a que me lo remita usted, para encargarme de su custodia. En consecuencia, pues, de su aviso, previniéndome que dicho General estará para el veinte de este mes en la Estancia de Don Francisco Javier Acevedo, conducido con la competente Escolta, a fin de que lo reciba la persona que yo comisione al efecto, nombraré dicha persona, y expediré las órdenes necesarias para que en dicha Estancia el mismo día 20 del corriente, y se reciba del expresado prisionero luego que éste llegue a ella.1 
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Carta de Estanislao Lopez a Rosas (12-05-1835)

Santa Fe, mayo 12 de 1835. Señor Don Juan Manuel de Rosas. Mi querido compañero: Su estimable carta del 18 del pasado reducida sólo a manifestarme su aprobación sobre el modo en que escribí al Gobernador Ibarra en orden al asunto de Salta que ofrece ejecutar un buen patriota federal, me ha sido muy lisonjera, porque nada puede ser tan grato para mí como una perfecta coincidencia de nuestras opiniones, especialmente en todo aquello que tenga relación con la gran causa de la Federación.
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Carta de Rosas a Estanislao Lopez (17-08-1835)

Buenos Aires, agosto 17 de 1835. Señor Don Estanislao López. Mi querido compañero: Tengo a la vista sus muy apreciables de 19 y 4 del corriente, y las dos últimas de 8 del mismo que ha conducido el correísta Viana. Los impresos que se sirvió usted incluirme en la de 4 del presente, es decir, su intimación al Gobierno de Córdoba, su proclama a los habitantes de aquella Provincia y la circular iniciativa a los demás Gobiernos Confederados no sólo me han llenado de la más completa satisfacción, sino que también ha producido un contento general en toda esta Provincia; y como a estas circunstancias plausibles en sucesos de la naturaleza del que nos ocupa hoy día principalmente, les doy un valor inmenso, no puedo menos de participarlas a usted con el mayor placer, porque a mi juicio son un presagio muy fundado de feliz resultado en todo lo que se ha hecho a este respecto.
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Carta de Estanislao Lopez a Rosas (11-05-1835)

Santa Fe, mayo 11 de 1835. Convulsionada la mayor parte de la República: divididas y fraccionadas las opiniones de los federales por la funesta ingerencia que incautamente se ha dado a los unitarios en los negocios públicos; muertos y alevosamente asesinados por las maniobras de éstos, algunos de los más dignos defensores de la Federación; amenazada la tierra de ser despedazada por sus implacables y feroces enemigos, y debilitándose cada día más los elementos que debían conservarlo en el esplendor y engrandecimiento a que es llamada por la naturaleza; el infrascripto profundamente contristado a vista de tan lamentable calamidad, y del cuadro tenebroso y desconsolante que presentaba la patria de los argentinos, de esa patria tan heroica, como combatida de desgracias, buscaba los medios de cortar males de tamaña magnitud, sin encontrar el más seguro y eficaz por la influencia pública que ejercían los mismos contra quienes debían dirigirse las meditaciones y acuerdos.
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Carta de Rosas a Estanislao López (23-06-1835)

Buenos Aires, junio 23 de 1835. Señor Don Estanislao López. Mi querido compañero: Asuntos muy graves de que no he podido prescindir, me han interrumpido varias veces la contracción al trabajo de la intimación, etc., sobre que estamos de acuerdo. Esto es tanto más largo, cuanto que al mismo tiempo he tenido que contestar la dilatada correspondencia de las Provincias del interior, por la relación que tiene con la misma intimación acordada. Estoy ya al concluir todo, y dentro de pocos días tendré el gusto de remitir a usted por un extraordinario lo que me pide le mande hecho, y la contestación a sus cartas pendientes.
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Carta de Rosas a Estanislao Lopez (18-04-1835)

  Buenos Aires, abril 18 de 1835. Señor Don Estanislao López. Mi amado compañero y buen amigo: Abrumado, como estoy, de innumerables atenciones para las que no me alcanza el tiempo, en los primeros días de mi subida me dispensará usted que en esta sola conteste, a sus dos muy estimables de 20 del próximo pasado y a las otras posteriores de 20 y 30 cuyas [cuatro] cartas tengo a la vista con las copias de su respectiva referencia, y que versan principalmente sobre el escandaloso asesinato de nuestro compañero y amigo, el General Quiroga, e incidentes que han sobrevenido entre los Gobiernos de Córdoba y Santiago a consecuencia de tan horrible suceso. (En otra que escribo a usted en esta misma fecha le aviso que me he resuelto al fin a admitir el Gobierno de esta Provincia y le hablo de otros asuntos, como usted lo verá. Con efecto me ha parecido indiscreta y poco meditada la nota de 7 del próximo pasado que ha pasado el señor Ybarra al señor Reynafé, porque aun en el caso de estar firmemente persuadido del concepto que ella arroja sobre el expresado asesinato, ha debido proceder por ahora con más detención, con respecto a dicho señor.)1 Por lo demás, el juicio que ha formado el señor Ybarra nada tiene de singular. En esta ciudad luego al punto que se supo el suceso, con expresión del día, hora, lugar, y sus circunstancias, todos, todos, Ciudadanos y extranjeros, Federales y no federales de todas clases y condiciones, todos a una voz se pronunciaron por la opinión de que era obra de los Reynafés. Este juicio se ha ratificado cada día más por las narraciones que han hecho multitud de personas de diversas clases que han venido de aquella ciudad, no obstante el grave temor que tienen algunos de ser perseguidos a su regreso, o de que lo sean sus familiares si llega a saber el Gobierno de Córdoba cómo se han expresado en ésta con respecto de dicho atentado. El mismo efecto han producido varias cartas que se han recibido, unas por lo que dicen, y otras por iel silencio que guardan en la materia. Así es que se tendría hoy en todo este inmenso pueblo por muy ridículo, o muy malicioso, el dudar que los Reynafé han sido los principales ejecutores del asesinato.   He dicho principales ejecutores porque es preciso distinguir a éstos de los que lo han promovido, con chismes, intrigas y maquinaciones secretas, en razón de que estos promotores chismosos, intrigantes y maquinadores han sido indudablemente los Unitarios, y en esto está acorde la opinión de todos los Federales. Opinión que se ha fortificado sobremanera en las personas de criterio al observar la astucia con que esos mismos Unitarios se empeñaron los primeros días de recibida la noticia, en hacer creer a la gente vulgar que también usted estaba complicado con los Reynafé, valiéndose al efecto de esa preocupación que ellos han cuidado siempre de alimentar en el público de que usted y el señor Quiroga se miraban con ojeriza; y que luego que notaron que esta idea contra usted tenía acogida entre algunos incautos y preocupados con el error de la tal ojeriza, támbién hicieron su tentativa de arrojar sospechas contra mí, que no sólo fueron miradas con desprecio, sino también sirvieron para hacer abrir los ojos a los que se habían dejado sorprender con respecto a usted, pues empezaron a conocer todo el fondo de malicia que ocultaban tales especies, no objetante que procuraban vertirlas de mil circunstancias como eran, que después de haber salido de ésta el señor Quiroga y pasado por Córdoba había tenido una o dos entrevistas con usted el Coronel Don Francisco Reynafé: que por encargo del Canónigo Vidal desde MontevMeo se había comprado un armamento en ésta y remitido a usted: que de Entre Ríos y Corrientes se habían pedido varios artículos de guerra a esta ciudad, que también habían sido enviados: que en Entre Ríos corrían rumores sordos de guerra contra esta Provincia y sobre todo que con relación a este suceso y sus ulteriores consecuencias había sido dada a usted la investidura de Facultades Extraordinarias sin haberlas pedido, y sin que se indicase el motivo para ello, etc.   Estas maquinaciones por una parte y la opinión por otra tan decidida, universal y constante contra los Reynafé, me hicieron ver claramente la necesidad en que yo estaba de manifestar cuanto antes al público mi profundo sentimiento por la desgraciada suerte de nuestro amigo, el estado feliz de nuestras relaciones amigables después de aquel fatal acaecimiento, y que si yo no abría mi juicio en el sentido de la generalidad no era porque estuviese en oposición a ella, sino porque para esto debía esperar a que el tiempo y los sucesos nos diesen más luz, y también la oportunidad de pronunciarme. Por esto fué que me apresuré a publicar la carta de pésame que dirigí a la señora viuda de nuestro finado amigo, y después de hecho lo mismo, con la que he escrito por el último correo al señor Ybarra. A no haber obrado de esta suerte, crea usted que nuestro crédito habría sufrido y sufriría en adelante entre los mismos federales, porque nadie, nadie es capaz de persuadir al menor de los hombres de este Pueblo que los Reynafé no han tenido parte en el asesinato del señor Quiroga.   Y a la verdad son tales los hechos y circunstancias que lo comprueban que yo lo tengo por evidente, sin que de ello me quede la menor duda. En primer lugar, habiendo recibido el Gobierno de Córdoba la noticia del atentado el 17 de febrero, no la comunicó a) de Buenos Aires hasta el 20, y concluyó el Gobernador Delegado esta comunicación diciendo que tiene el honor de saludar por la primera vez al de esta Provincia, dando a entender expresamente que ésta es la primera comunicación que le dirige. Pero detenido el correo hasta después del 22, con cuya fecha recibí carta del señor Reynafé por la misma valija, acompaña el Delegado a este Gobierno otro oficio con fecha de 17 del mismo mes en que le comunica la Delegación del propietario en la necesidad de atender nuevamente su salud por medio del descanso, mutación del temperamento y aires más puros, al mismo tiempo con la de recorrer la Provincia para el mejor servicio, y en dicho oficio olvida que según su fecha y objeto en su contenido es el primero que dirige a este Gobierno, y que en él, y no en el del 20 del mismo mes, es que debía tener el honor de saludarlo por la primera vez. De cuyo olvido se trasluce que recién el 20 de febrero se fraguó la delegación del Gobierno y que después de extendido el aviso del asesinato del señor Quiroga, se forjó la nota con fecha 17 de aquel mes participando dicha delegación. Esta, contradicción o implicancia aunque no conduce a probar la complicidad del Gobernador Propietario en el delito de que se trata, hace ver que ha tenido un empeño por aparecer en distinta posición de la que ocupaba, y siendo esto una ficción o engañ9 impropio absolutamente de un Gobierno, y que carece de objeto que pueda cohonestarlo o disculparlo, lo hace sospechoso de una mala conciencia, cuya agitación le inducía a entrar en estas ficciones, y le hacía cometer errores consiguientes a su turbación. En segundo lugar el documento a que se refiere en su nota oficial el Gobierno delegado para probar la providencia de precaución que había tomado a fin de que no corriese riesgo la persona del señor Quiroga, es una carta del Gobernador a su hermano Don Guillermo Reynafé de que acompaño a usted copia. En ella dice el primero al segundo, con fecha 13 de febrero, que tiene noticia que por el bajo de Reyna andan unos siete salteadores; y que si puede custodiar la persona del General Quiroga a su pasada debe hacerlo a toda costa, no fuese que viniendo con poca escolta esos picaros intentasen algo, y los comprometiesen. Aquí es de notar que la orden es condicional para que si podía custodiar la persona de dicho señor General la custodiase a toda costa, y no es fácil comprender que importaba esta condición desde que no se puede convenir qué imposibilidad tan absoluta se preveía que podría tener Don Guillermo de custodiar la persona recomendada, supuesto que debía hacerlo a toda costa. También es de notar que la orden condicional es para que lo custodiase a su pasada, sin decir por dónde, si por la Provincia, o por donde estaba Don Guillermo: porque si lo primero, debían ser muy pú: blicas las providencias que hubiese tomado este señor para llenar el encargo de su Gobierno, o constar el aviso de no haberlas podido tomar, y de una y otra cosa se desentiende el Gobierno Delegado. Si lo segundo, era bien ridicula la medida de precaución, y lo es mucho más el decir que no surtió efecto por haber pasado el señor Quiroga sin ser sentido; pues según estoy informado el lugar del asesinato dista como tres leguas de la Estancia llamada Totoral Grande que hoy la tienen y administran los Reynafés, y como diez a doce leguas del curato de Tulumba, en donde suele residir Don Guillermo,, como que es Comandante de ese mismo partido, y en donde tiene una fuerza de milicias organizada que anda por quinientas o seiscientas plazas.   Fuera de que quién podrá persuadirse que desde que estos hombres se apercibieron del riesgo que corría el señor Quiroga, y se resolvieron a precaverlo no les ocurrió el hacer marchar una escolta a la misma línea divisoria con la Provincia de Santiago, o ponerle allí un oficio de aviso a dicho General para que esperase la escolta, si no podía ir tan pronto, y prevenir al Maestro o Maestros de posta que avisasen sin demora la entrada de dicho General en el territorio. ¿Quién podrá persuadirse que sabiendo el Gobernador positivamente de la partida de siete ladrones, no diese órdenes para perseguirlos, y que cuando menos hiciese mención de esta orden en la expresada carta? ¿No se ve por estas observaciones que ella es un documento fingido, y forjado sin la menor destreza? Agréguese que en ella suponía que el señor Quiroga entrase en el territorio de Córdoba con fuerza armada que le sirviese de escolta, y sólo recelaba que fuese poca, y después en la que ha escrito a usted con fecha 14 del próximo pasado ínarzo ridiculiza que el señor Ybarra crea fácil y llano que el mismo General entrase en dicho territorio con la escolta que el expresado señor Ybarra indica que le ofreció para que- custodiase su persona en todo el tránsito hasta esa provincia.   En tercer lugar el Gobierno delegado dice en su nota de 20 de febrero que desde que el parte del Juez Don Pedro Luis Figueroa no daba el indicio sobre los perpetradores de este nefando crimen, en el mismo día se mandó salir una comisión compuesta de dos sujetos de actividad que no los nombra, un escribano público y un cirujano, a fin de que hiciese la indagación más escrupulosa de todos los datos que pudiesen" ofrecer alguna luz ál esclarecimiento del hecho. Que había creído de su deber dictar medidas con toda la eficacia que demandaba tan desagradable acontecimiento, y que discurriendo que los asesinos pudiesen pertenecer a la Provincia de Córdoba u otra, a quienes hubiese arrastrado el aliciente de robar al señor Brigadier Quiroga y su comitiva había apurado sus providencias para uno y otro caso. Que la comisión pesquisado-ra aún seguía los trabajos en la campaña con el mayor empeño. Que sin duda por no interrumpir las indagaciones," o no haber tenido el tiempo bastante para conseguir cosa de entidad, no había dado cuenta de lo averiguado hasta aquí, pero que de los resultados se avisaría oportunamente a este Gobierno, haciéndolo entonces de lo poco que se sabía con exactitud; y era que entre los muertos se contaba al Coronel Don José Santos Ortiz, y el correo Luexes; que los demás no eran conocidos, mas que todos habían sido completamente robados, sin que hubiese quédado otra cosa que la galera en que venía el señor General. A consecuencia de estas comunicaciones el Gobierno de esta Provincia debía esperar que a más tardar a los ocho-o diez días le viniese aviso del resultado de las indagaciones, o el estado de ellas y su mérito. Esperó, y no se le dió. Debió entonces esperar que se hiciese a los veinte días más o menos. Esperó, y tampoco se le dijo cosa alguna. Debió por fin esperar que por el siguiente Correo al cabo de un mes se llenase este deber. Esperó, y le sucedió lo mismo que antes. Pudo entonces haber manifestado al de Córdoba la extrañeza que debía causarle este silencio, pero no lo hizo por evitar cualquiera disgusto que esto pudiera causar, y van a cumplirse dos meses del asesinato sin que hasta ahora se le haya dado la menor idea de lo que se ha practicado para descubrir y castigar a sus autores: algo más, sin que la haya escrito el Gobierno de Córdoba una sola letra después del precitado oficio del 20 de febrero. ¿Qué quiere decir esto? El rango personal del señor Quiroga y su investidura de Representante de este Gobierno, el honor de la Provincia de Córdoba y del Gobierno que la preside, el respeto que él y todos los demás le deben recíprocamente y deben a toda la... ¿no le imponían seria y estricta obligación de dar tal aviso aunque no lo prometiese? ¿Cómo y por qué es que no lo ha dado, habiéndolo prometido? ¿Quién, al observar este profundo silencio tan irregular, tan extraño y tan vergonzoso, no dirá: éste es cómplice en el delito o principal ejecutor?   En cuarto lugar, ¿a quién se le hará creer jamás que no ha podido descubrirse de dónde ha salido, por dónde ha transitado, ni hacia dónde ha tirado una partida tan gruesa de salteadores, como la que ha hecho una mortandad tan numerosa y completa hasta el punto de no dejar uno solo con vida de los que fueron acometidos por ella? ¿A quién se le hará creer que marchando el señor Quiroga con una extraordinaria celeridad por la posta, pudiese una partida de ladrones salida tras de el Santiago, atravesar a ocultas sin ser sentida de nadie sobre 30 leguas de campo de la jurisdicción de Córdoba, alcanzar a dicho General a 16 leguas de distancia de la Capital, matarlo juntamente con su numerosa comitiva, robar a todos completamente llevándose los equipajes y avíos de camino, las encomiendas que traerían, y dinero, los aperos de montar, y hasta el más mínimo papel, sin dejar otra cosa que la galera barrida, y con todo este cargamento desaparecer en el acto sin que nadie pueda dar la menor noticia de tales agresores? ¿A quién se le hará creer que cuando la salida del finado General de Santiago fué tan repentina y silenciosa como se ha dicho, y sus marchas o jornadas fueron tan rápidas, que ignoró su tránsito por la jurisdicción de Córdoba el mismo Comandante encargado de darle una escolta a toda costa para la defensa de su persona, pudiese levantarse y armarse una partida de ladrones en la misma Provincia y practicar tamaño atentado con todas las circunstancias que lo singularizan sin que se sepa coca alguna de dicha partida, ni aun después de haber cargado el abultado y- valioso botín que ha robado? ¿A quién se le hará creer que salteadores rústicos e ignorantes, como son los de nuestros campos en toda la República, que jamás roban sino lo que puede serles útil para remediar sus necesidades personales, o para facilitarse nuevos salteamientos, y que todo lo que son prendas y dinero lo lucen, juegan o cambian, y jamás lo ocultan, hayan procedido con tanta cautela y sagacidad para no ser reputados como meros salteadores, llevándose los papeles y todo lo que era posible robar sin dejar ni aun los andrajos de los peones, y ocultando el robo y sus maniobras para ejecutarlo y asegurarlo, de modo que nada, nada se descubra a este respecto? ¿Y que hayan venido a cometer el atentado en un punto en donde más que en ninguna otra parte podían ser descubiertos y aprehendidos? Esto, compañero, no pueden hacer los salteadores rústicos, pero ni aun los más astutos y sagaces, si no cuentan con el apoyo de la autoridad que debe perseguirlos.   Ültimamente, lo que sin duda alguna corrobora estas reflexiones y demás que podrían hacerse y deciden sobre su exactitud, es el juicio que manifiestan todos los que han venido de Córdoba a esta ciudad después del suceso, el que refieren que se ha formado en aquel pueblo, el que inducen a formar las cartas recibidas de allí, el que no pueden disimular los que están en correspondencia con aquella ciudad, y el silencio profundo de todos los que han debido mirar por el honor de aquella Provincia y su Gobierno que son infinitos y que pollo mismo la habrían procurado vindicar de una nota tan denigrante, cuando ni el mismo Gobernador según se ve por sus últimas cartas, desconoce ya el juicio desfavorable a su honor que con respecto a este acto se ha formado en varias de las demás Provincias hermanas.   Al concluir el párrafo anterior recibí el 10 del corriente la sumaria impresa que ha remitido el señor Reynafé al Gobierno de esta Provincia, con oficio de 29 del próximo pasado de que acompaño a usted copia, no haciéndolo de aquélla por hacerme cargo que también le habrán remitido igual impreso y después de leída detenidamente me ha confirmado en cuanto llevo dicho en ésta. Muchísimas son las razones que me inducen a ello, y sería muy molesto exponer todas en esta carta, pero indicaré algunas muy principales. Primera: Uno de los primeros pasos para instruir un sumario de delitos de esta clase, es pasar al lugar donde aparece cometido para reconocer la posición de las cosas y circunstancia, y asentar constancia de todo por reconocimientos de hechos, o por declaraciones de testigos, pero principalmente de lo que pueda dar luz sobre el delito, el modo cómo se ha cometido y sus autores. Pero ni el Juez Figueroa, ni la comisión que salió de Córdoba han ido al lugar donde se cometió el atentado. ¿Por qué? Yo lo explico de este modo: no han ido por ignorancia de su deber porque este requisito lo sabe el hombre más vulgar, y le salta al pensamiento desde que como Juez se interesa en indagar el crimen y sus perpetradores; sino porque poseídos de la frialdad con que miraban este negocio, por los antecedentes que tenían de él, al hacer el aparato que han hecho, no les ocurrió que este defecto se había de presentar muy notable. Segunda: Todo hombre cuando es avisado de un suceso horroroso y sorprendente, que ha sucedido en un lugar a donde puede ir, al instante es incitado del deseo de acercarse a él y satisfacer la curiosidad viendo cómo aparece haberse cometido, en qué personas, y qué circunstancias son las que se notan en el teatro de la catástrofe. Mas, aquí sucede todo lo contrario al Juez Figueroa y a la comisión. ¿Y por qué? A mi juicio, porque no los ha tomado de nuevo. Tercera: El Juez Figueroa cuando mandó hacer el reconocimiento del hecho comunicado por el correísta Marín, sabía por la relación de este mismo que la galera asaltada era en la que venía el señor Quiroga, y todo lo demás que le avisaron dicho Marín y el paisano Videla, como se ve por las declaraciones de las páginas 8, 10 y 14. Pero en el parte que encabeza el sumario dirigido al Gobierno de Córdoba a las 9 de la noche del mismo día' del suceso, aparenta el tal Juez que cuando mandó hacer dicho reconocimiento no sabía qué coche era, ni quiénes venían en él. ¿Y por qué esta ficción y disimulo? Porque la mala conciencia que él tenía del suceso y su verdadero origen, le hacía proceder con este disimulo y ficción. Ésta es la única razón sólida y fundada que se podjá dar: cualquiera otra será ridicula como la misma simulación.   Cuarta: El Maestro de posta del Ojo de Agua, Don Marco Aurelio Bustos declara en la página 13 que la comitiva del señor General Quiroga, incluso el mismo General, se componía de once personas, entre las cuales venía un oficial, de modo que con los dos postillones sacados de la posta eran por todo trece. Mas, por la declaración de Don Santiago Bravo en la página 24 se ve que de Pitambala (jurisdicción de Santiago del Estero) para abajo toda la comitiva de viaje, incluso el señor Quiroga, era de sólo diez personas; y que no venía con él oficial alguno: esto mismo aparece de la declaración del correísta Marín con referencia al día, hora y lugar del asesinato. ¿De dónde pues ha salido, y qué se ha hecho ese oficial, esa persona demás de la comitiva, que se apareció en el Ojo de Agua y salió de allí creyendo el Maestro de postas Bustos que pertenecía a dicha comitiva? ¿Por qué la comisión se ha desentendido de este hecho tan importante y notable, y no ha procurado seguir la senda que presenta para la averiguación de los delincuentes? ¿No sería este oficial un espía? ¿No habrá sido uno de los cómplices? ¿No se sabría por su acento, o tonada al hablar, por su traza y su uniforme si era de Córdoba o de alguna otra parte? ¿Por qué pues la comisión salta por encima de este antecedente, y hace que no lo ve? ¿Por qué? Porque les importaba ocultar los delincuentes haciendo el papel de pesquisarlos.   Quinta: El Sargento Saturnino Figueroa declara en la página 21 que en el sitio del asesinato se encontró un baúl despachado y unas pistoleras, ambas cosas vacías, como también una carabina nueva de las que vulgarmente llaman Santafecinas, todo lo que fué entregado al Juez Don Pedro Luis Figueroa. Mas éste al fin de su declaración en la página 9, dice que a excepción de la galera y unas pistoleras vacías no ha recaudado cosa alguna, por lo que en estas dos declaraciones se advierte una gran contrariedad, y sobre un hecho muy importante, pues estas dos alhajas han podido conducir a mil esclarecimientos. El baúl, porque sin duda debía ser uno de los dos forrados en cuero colorado que dice Marín en su declaración (página 11, al fin) que traía el señor Quiroga en la galera, y pot lo mismo debía servir para conocer el otro que faltaba, y en caso de conocerse éste en poder de alguna persona, venir por ella en conocimiento del ladrón. La carabina, porque siendo nueva y de una construcción o clase conocida, podría por ella tal vez descubrirse o conjeturarse si pertenecía al ladrón de dentro, o fuera de la Provincia, y siendo de dentro de ella podía también rastrearse a qué cuerpo, o compañía pertenecía. ¿Y por qué la comisión hace que no ve, ni advierte estas contradicciones y estas circunstancias? Ya lo he dicho al fin de la anterior reflexión. Sexta: Esta observación se reduce en pocas palabras a notar la contradicción que se advierte entre la declaración del Juez Figueroa en la página 9 y la del Celador Pedro Nolasco Cepeda en la página 17; pues se confirma por ella el fingido aparato y disimulo con que dicho Juez ha querido ocultar la mala conciencia que tenía sobre el asesinato, y sus verdaderos autores. Séptima: Por las declaraciones del correísta Marín en la página 11 y del Sargento Figueroa en la página 21 consta que el Juez Figueroa mandó al sirviente del finado Doctor Ortiz en la partida destinada a traer los cadáveres, y Marín agrega que ha oído decir que dicho sirviente acompañó la galera hasta estas inmediaciones, de donde ha desaparecido, sin embargo que el mismo le dijo a Marín que no tenía conocimiento alguno de este país, pues que era nativo de San Luis; a lo que le repuso Marín que viniendo en su compañía le facilitaría lo que necesitase para su transporte. Sin embargo pues de que el envío de tal sirviente, con la partida, y su fuga son hechos de mucha importancia, el Juez Figueroa no hace de ellos mención alguna en su declaración, ni con lo expuesto por Marín la comisión se apercibe de la necesidad de comprobarlos con todas sus circunstancias, y de averiguar la causa que los haya motivado. Ella supone, o aparenta suponer, que ha hecho todo lo que correspondía en el caso, con haber pasado al Gobierno Delegado de Córdoba, antes de tomar ninguna declaración, el oficio de 18 de febrero (página 7) a fin de que se sirviera librar las órdenes conducentes para la captura del enunciado sirviente, cuyo nombre podría indagarlo en la casa de Doña María del Rosario Vélez, parienta del finado Doctor Ortiz; y sin embargo de que después de haberle contestado el Gobierno Delegado, con lá misma fecha que dictaría en el día las órdenes convenientes para la captura del expresado sirviente y de su resultado daría oportuno aviso a los señores Comisionados, no aparece dictada ninguna orden ni dado aviso alguno, se deja todo en la incertidumbre, sin que se sepa por qué el Juez Figueroa se desentiende en su declaración del envío que hizo de dicho sirviente con la partida de gente y de su fuga: por qué mandó a éste y no al correísta Marín que era de los dos testigos el más conocido, y el principal que había dado parte de la catástrofe, porque pudo ser que ese sirviente, después de haber venido espontáneamente a last casas de posta junto con Marín, de haber ido con la partida y de haber recibido el mismo en el coche, según declara el Sargento Figueroa en la página 21 el cadáver del señor Quiroga, se huyó, y se huyó no inmediatamente y cuando estaba oscura la noche a la entrada de ésta, después de puesto el sol, sino cuando de regreso con el cadáver venían ya cerca de la posta que sería ya cosa de las ocho de la noche, a cuya hora debía la luna alumbrar todo el campo, pues dos días antes, es decir el 14 de febrero había hecho luna llena, y en cuya corta distancia de las casas podía ser perseguido y aprehendido con más facilidad. ¿Mas quién no conjetura por toda esta jerga de cuentos y aparatos de pesquisas, que no teniendo tal sirviente por qué huir, desde que no se sabe a dónde ha ido a parar, es lo más probable que lo han hecho desaparecer con estudio, y quién sabe si también lo habrán muerto? ¿Quién no presume que el haberlo condenado a esa suerte, dejando libre a Marín ha sido por ser él un hombre infeliz y desconocido, cuya circunstancia no concurría en dicho Marín?   Octava: Es muy notable y singular ese empeño de los Comisionados en encarecer a cada paso el atentado y mostrarse, venga o no venga al caso, llenos de terror y espanto, principalmente en su nota final de 14 de marzo, página 37. Es muy notable el empeño de preguntar a todos los declarantes de Chinsacate, y nomás que en Chinsacate, sobre si han visto o sabido que haya habido reunión o citación de gente armada y quiénes eran los autores del asesinato, siendo así... [En Archivo General de la Nación. División Nacional. Quiroga, su asesinato, etc. 1834-1837. 10-16-6-6.]
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Carta de Estanislao López a Rosas (5-06-1835)

Colastiné, junio 5 de 1835. Señor Don Juan Manuel de Rozas. Mi querido compañero: Tengo el gusto de contestar a sus dos apreciables cartas de 20 y 26 del próximo pasado. [En cuanto a la primera, todo lo que puedo decir es, que según lo informa el Comandante del Rosario, después de haberse reunido en Melincué el Comandante Moreyra con 280 hombres al Coronel García, por falta de suficientes caballos, no persiguieron los indios que robaron en la Esquina; y a la verdad, que sin este poderoso elemento nada habrían hecho, en razón de que los indios llevaban ya muchos días de marcha. La razón que acompaño instruirá a usted de lo que han robado en la Esquina; lo que más siento es los cautivos que se llevaban; quizá alguna de las divisiones que tiene usted en el desierto encuentran los indios ladrones y se logra rescatar esos infelices.
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Carta de Estanislao Lopez de Rosas* (21-03-1835)

  Santa Fe, marzo 21 de 1835. Señor Don Feupe Ibarra. Compañero y amigo: La sensación mortificante que me causan los inicuos y escandalosos acontecimientos del interior, y la deshonra que ellos infieren a nuestra Patria común, ha hecho que más de una vez se me caiga la pluma de la mano, al tener que referirme a ellos. Mas ya que no puedo ni debo prescindir contestar a su estimable de 7 del corriente que acabo de recibir, lo haré igualmente contestando a las de 27 de diciembre, 9 de enero y 9 de febrero últimos, hablando a usted con la franqueza e interés que me inspira su buena amistad, y con la que deben tratarse los asuntos relativos a la gran causa de la Federación que hemos jurado sostener. En ninguno de los documentos que he visto publicados por la prensa, ni en los que se me han dirigido oficialmente relativos a los sucesos de Salta y Tucumán, he descubierto esa alevosía atribuida al benemérito y desgraciado General Latorre en el suceso de los once hombres venidos al Tucumán, según se dice, con el objeto de asesinar a su Gobernador. Tampoco encuentro ni el más leve motivo para esa declaratoria de guerra hecha por el señor Heredia contra un viejo patriota defensor de las libertades, y el único en la Provincia de Salta que arrostrando todo género de riesgos y peligros, se lanzó contra los asesinos de diciembre, y por sus esfuerzos heroicos aseguró en su Patria la causa federal. Este mérito nunca debió desatenderse, ni desoírse el estado afligente de la república que clama paz y sosiego para cicatrizar las profundas heridas que le han abierto los infames decembristas. Pero ello es que sin consideración ni miramiento, el ilustre Latorre ha sido atacado, preso y alevosamente asesinado; y las consecuencias funestas de este escándalo, que formará época en la historia del Pueblo argentino, las estamos ya palpando y sufriendo en la clase de Gobierno que ha sustituido al del finado General Latorre, en la separación del Pueblo de Jujuy, cuyo reconocimiento como provincia presenta inconvenientes, en los movimientos de La Rioja, en la espantosa desmoralización que ellos causan, y el oprobio de que no* cubren, en la margen que se da a los unitarios para la prosecución de sus sangrientos planes: y en fin, en el horrendo y espantoso asesinato del infortunado General Quiroga, cuyo crimen terrible trae su origen, sin que se pueda dudar, de esos acontecimientos de Salta y Tucumán y cuyas consecuencias, quién sabe hasta qué punto llegarán. Veo todo lo que usted me dice en la de 9 de enero; yo estoy bien al cabo de sus buenos y patrióticos sentimientos, y porque así lo conozco y porque soy su amigo sincero le dije, y de nuevo repito: que siempre sentiré el modo en que se expidió su Delegado. en la comunicación pasada al infortunado Latorre; la que leí con mucha atención desde la primera vez que sobre ella escribí a usted. He leído el Tratado de 6 de febrero que me acompaña usted a su carta del 9: sin desconocer la conveniencia que en un sentido puede él producir, yo pido a usted que lea el artículo 41? del Tratado de alianza ofensiva y defensiva de 4 de enero de 1831, y verá por su tenor literal, que ninguno de los gobiernos signatarios del expresado tratado, ni ninguno otro después de haberse adherido a él, puede celebrar tratados sin el consentimiento expreso de todas las demás partes contratantes. En nada me he fijado tanto, como en que ese tratado importante, que alguna vez traerá bienes a la República, a más de los que ya ha producido, se conserve sin la menor infracción por mi parte. En este concepto, yo me expediré sobre el convenio de 6 de febrero, luego que en él ha ya recaído la opinión de los demás aliados. [Con la de 7 del corriente he recibido las copias de todo lo que me había dirigido por el correo Lueges, y por el mismo chasque he recibido también comunicaciones del Gobierno de Córdoba y copias de lo que usted le dice sobre el asesinato del General Quiroga. Este último acontecimiento entre usted y el Gobernador Rey-nafé me ha sido muy mortificante, porque descubro en él una cosa muy parecida a lo ocurrido entre Tucumán y Salta, y el principio de una contienda fatal entre Gobiernos aliados que debieran observar la más estrecha unión, hoy más necesaria que nunca.] La nota de usted, compañero, al Gobernador Reynafé es muy fuerte; si ese Gobernador ha tenido una parte por indirecta que sea en el espantoso asesinato del General Quiroga, yo seré el primero en cerrar mi correspondencia con él y pedir sea separado de la Liga: lo consideraré además como un Gobierno de malvados. Mas, entre tanto, yo no puedo creeí que un Gobierno, y un Gobierno que ha combatido por la causa federal, se manche en el horrendo crimen de un tan alevoso asesinato perpetrado en uno de los principales jefes de la causa federal, porque ya es preciso considerarlo destituido de todo sentimiento de honor, de patriotismo y de humanidad, y comparable sólo a las fieras de los bosques. Es preciso tenga usted presente que los unitarios, nuestros implacables enemigos, han encontrado en el suceso del General Quiroga, un nuevo poderoso motivo para hostilizarnos y acabarnos de dividir, de cuyo único modo podrán sobreponerse: ellos hacen grandes esfuerzos para hacer recaer esta negra mancha en el partido federal.1 Se desviven en Buenos Aires para hacer entender que yo tengo también parte de este suceso; ya ha habido quien se lo atribuya al mismo nuestro amigo Rosas, y también dirán que usted, Reynafé y todos los demás patriotas federales están complicados en él. Pero no saben esos monstruos que en esto no hacen más que acabarse de perder, haciendo conocer el veneno que contra nosotros abrigan en su pecho.   Es preciso amigo, que oiga y escuche usted todo con grande prevención y que viva usted muy precaucionado; las circunstancias son de grande peligro si tenemos la desgracia de dejarnos seducir y engañar. Nunca como hoy trabajan los unitarios para sobreponerse y perdernos, y creen está hecha una gran parte de su obra en los sucesos del. interior, y en la muerte del desgraciado General Quiroga. Nosotros debemos oponerles una estrecha unión, ciertos de que en ella fracasarán siempre sus nefandas maquinaciones. Sin embargo de este deber, es preciso simultáneamente trabajar en buscar siempre los verdaderos autores del horrendo crimen de la muerte del General Quiroga, que gil fin ha de venir a encontrarse en los unitarios; pero repito es necesario hacerlo con mucho cuidado y meditación, para no caer en la red que nos tiene tendida esa horda de asesinos infames. Ya que tiene usted franqueza y amistad con el Gobernador Heredia, a quien no conozco, debe usted compelerlo a que trabaje contra los unitarios, y a que se identifique de una manera expresa, clara y terminante en la causa de la Federación; si así obra, yo seré uno de sus primeros amigos, y lo serán también todos los federales. Yo vislumbro no se qué nublados por Salta, que el señor Heredia está en aptitud de destruirlos si quiere, y es verdadero federal, de otro modo, la tierra sufrirá nuevos males, si mis recelos llegan a realizarse; mas los unitarios serán deshechos y pulverizados para siempre. Soy su afectísimo compañero y amigo. Estanislao López Está conforme, Juan José Morcillo. Oficial P [En Archivo General de la Nación. División Nacional. 5-28-8-2.] *• Solamente lo que va entre [ ] es lo que publica La Gaceta Mercantil, de 10 de mayo de 1838, N? 4762.
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Carta de Estanislao López a Rosas (12-05-1835)

 Santa Fe, mayo 12 de 1835. Señor Don Juan Manuel de Rozas. Mi querido compañero: El 5 a la noche llegó la valija de ésa conducida de posta en posta, y por ella recibí sus apreciables comunicacionesT (entre ellas la de 18 del pasado que me propongo contestar en esta carta. En el curso de mi correspondencia, y por las cartas y copias que ahora le incluyo, había notado usted que mi razón había resistido dar asenso a los conceptos que arrojaban las notas del Gobierno de Santiago al de Córdoba sobre el asesinato de nuestro compañero el desgraciado General Quiroga, porque a la verdad, parecía imposible que un Gobierno federal se manchase en una alevosía tan negra y abominable perpetrada en uno de los primeros jefes de la gran causa que sostenemos tan empeñosamente y con tanta justicia; máxime cuando recapacitando cuanto ha sucedido en la República, y el grado a que ha llegado el encono de nuestros enemigos, lo primero que debía ocurrir era, que éstos debían ser exclusivamente los autores y ejecutores de tal maldad. Conducido al principio por estas reflexiones, y temiendo en la provincia de Córdoba una catástrofe igual a la que ha tenido lugar en Salta, si continuaba la desavenencia entre Ibarra y Reynafé, que hablán-dole a usted con la franqueza que debo, suponía era promovida por Heredia, fué que me interpuse entre estos Gobernadores, como conciliador, con el fin de ahorrar nuevas calamidades a nuestra patria común, y nuevos motivos de deshonor al menos, en el asunto del asesinato, sin duda alguna, para en cierto modo parapetarse aquellos a quienes la opinión pública marca ya como autores de tan horrible atentado.
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Carta de Rosas a Estanislao Lopez (17-05-1832)

  Buenos Aires, mayo 17 de 1832. Señor Don Estanislao López. Mi querido compañero: He recibido la carta de usted de 24 de abril en que me manifiesta nuevamente los motivos en que funda su empeñó para que el Diputado de ese Gobierno en la Comisión Representativa de Santa Fe, permanezca en ella hasta la reunión a lo menos de las dos terceras partes de los Diputados de las demás Provincias o se reciban sus contestaciones y de consiguiente, quede sin efecto la orden que he dado para que se retire. No dudo que al insistir usted en la permanencia de la Comisión Representativa se halle animado de los mejores, deseos por la causa pública, y de un sentimiento de adhesión a mi buena fama, pero es menester que asuntos de tanta trascendencia se traten entre nosotros con un mismo interés, y con el lenguaje franco y sincero que corresponde a nuestra amistad, y es con el que voy a contestarle. Tanto en mis afecciones personales como en mis deberes públicos la legalidad es para mí un elemento general y no hay sacrificio que no haría por no cargar con la nota de inconsecuente. Estimulado siempre por ese principio me habría abstenido de retirar el Diputado de este Gobierno, si hubiere sido convencido de que en este paso se faltaba en un ápice al tratado de la Liga Litoral o a cualquiera otro compromiso existente para con los demás Pueblos de la República. Pero lejos de eso, considero que la invitación hecha a las Provincias es el último acto con que concluyen las funciones de la Comisión Representativa, y ya está ejecutado; desde entonces toda prorrogación sería meramente gratuita, es decir, sería la obra de una facultad especial de los Gobiernos comitentes a sus respectivos Diputados, y el negarme a ella no podría dar jamás un motivo justo de queja desfavorable a mi reputación, ni podía traerme otra responsabilidad que la que quisieran imponerme mis enemigos. Poderosas eran las razones que di al diputado por este Gobierno en carta y nota de 7 de abril para que fundase no solamente la inteligencia liberal que debía darse al Tratado de la Liga, sino la religiosidad con que quedaban satisfechos todos los deberes de esta Provincia, comprendida en el mismo Tratado, desde que se había cumplido la última de las funciones de la Comisión Representativa, con la invitación que acababa de hacerse a los Pueblos para su incorporación a la Liga. El señor Olavarrieta, estoy seguro de que nada había omitido para presentar la lealtad de su Gobierno, tan pura y religiosa, como lo han sido todos sus actos relativos a conservar una constante armonía con todos los Pueblos de la República; pero o yo no he tenido la fortuna de ser creído, o nos alejamos de un punto de razón por no haber arribado a un punto más claro de explicación; y para no omitir de mi parte algo que pueda producir el convencimiento de usted, aún haré algunas observaciones, que en mi sentir fluyen naturalmente del mismo Tratado.   La reunión de la Comisión Representativa tuvo por objeto especial nombrar el General en Jefe que había de dirigir -la guerra contra los opresores de la nación, y concentrar en un punto el sufragio de los Gobiernos confederados en los casos imprevistos que ocurrieren durante la guerra. Después de haber concluido ésta, no incumbe ya a la Comisión Representativa sino cumplir religiosamente el artículo 15 de dicho Tratado, y cuando más, la atribución 53 del artículo 16, invitando y no convocando (pues que es diferente) a las Provincias del interior a que se unan en federación con las Provincias litorales, ¿y para esta unión en federación es necesaria la concurrencia de Diputados en Santa Fe o a cualquiera otro Pueblo? Vea usted un punto cuya resolución nos habría libertado de estas contestaciones estableciendo los principios más obvios, de los cuales siento ver a usted extraviado en las reflexiones que' me hace en su carta.   Por formar, compañero, un Tratado entre dos Pueblos, cualquiera que sea su naturaleza, se requiere la discusión, y de consiguiente, la concurrencia de las dos partes contratantes, por sí o por sus Comisarios. Pero para adherirse a un tratado existente no es menester absolutamente la reunión de Apoderados, ni mucho menos el canje de Poderes, como equivocadamente cree usted. Así, para admitir las Provincias no representadas en la Liga Litoral el Tratado de 4 de enero, nada más se necesita que la declaración de la Legislatura de cada una de ellas. Pero esta declaración, ¿importa acaso una notificación que haya de hacerse a la Comisión Representativa de las Provincias litorales o a algún Pueblo en particular?1 Vea usted otra cuestión que resuelta por los Diputados sin espíritu de discordia, habría puesto el sello a este negocio y dejado expedito a cada uno de ellos para restituirse a sus respectivos lugares.   Federarse con las Provincias litorales, y arreglar la administración del País por medio de un Congreso General Federativo, son dos sucesos que pueden diferir entre sí un largo período, sin que por esto pierda su vigor ninguna de las obligaciones consignadas en el Tratado de 4 de enero para todas y cada una de las Provincias que lo aceptaren. Si para federarse es demostrado ser un medio legal y suficiente el pronunciamiento de la Legislatura de cada Provincia; si ese pronunciamiento debe circularse por el que lo aceptase no solamente a las comprendidas en la Liga, sino a todas las no representadas, ¿qué aventura la Comisión en disolverse? ¿Qué Pueblo se necesita señalar para que reciba estas contestaciones, anunciado que fuese el cese de la Comisión Representativa? Se dirá que las Provincias invitadas pueden declarar no sólo su adhesión al Tratado, sino también su decisión a reunirse en Congreso: y admitida esta hipótesis, ¿en qué artículo del Tratado se encuentra la facultad de la Comisión Representativa para aguardar esta resolución, tomarla en su consideración, y menos tratar de ella directa ni indirectamente? Si para ninguno de los dos casos que abraza la atribución 53 del artículo 16 aparece necesaria la permanencia de la Comisión, ¿cuál será el título con que pretenda conservarse? ¿De dónde podría nacer la animadversión contra la Provincia que retirase su Diputado, verificada la invitación? Si pudiera demostrarse, a lo menos de un modo que yo lo comprendiese, que la permanencia de la Comisión Representativa después de haber llenado los objetos para que fué instituida, podría producir algún bien real a la República, usted me conoce compañero, por larga experiencia, y creo que me haría la justicia de reconocer que no soy de los últimos que me habría conformado con la prórroga, pero lejos de prever algún resultado favorable, expresaba todo lo contrario, cuando previne al Diputado de este Gobierno se retirase. Entonces apoyaba mi juicio en la inteligencia liberal que yo daba al texto del Tratado de la Liga en las lecciones de lo pasado, en la facilidad con que se chocan los intereses de una corporación, en el pliego de que se extraviasen y degenerasen las opiniones de sus miembros bajo la influencia de las pasiones, y de que llegando a faltar la uniformidad de sentimientos acerca de la política conveniente por ahora a la República, desapareciese la unión de confraternidad que nos ha proporcionado el triunfo de la causa Nacional.   A pesar de la fuerza con que obraban en mí estos recelos, dimanados especialmente de los repetidos ejemplares de nuestra historia, a pesar de que nada encontraba que reprocharme en la conducta que había observado hasta aquí en este asunto, habría esperado un poco más por las nuevas insinuaciones de usted, si no hubieren llegado a mis manos las cartas escritas por los Diputados de Corrientes y Córdoba, que el señor General Quiroga ha denunciado a los Gobiernos Provinciales, y que acompaño a usted en copia.2 Después de estos datos que tanto justifican la exactitud de mi previsión, ¿podría yo consentir en que el Diputado del Gobierno de Buenos Aires se mantuviese en una corporación de cuyo seno sale la semilla de la discordia y de la disolución de la República? ¡Imposible! Cuando tuviere tanta debilidad como Jefe de esta Provincia que me desentendiese de la hostilidad que la preparaban los Diputados de dos Pueblos amigos, y deudores al que yo mando de servicios inmensos, me acordaría que he nacido en este suelo, y que la ofensa debía serme tanto más enfadosa, cuanto que desde que estoy al frente de la administración, no se ha ahorrado ni sangre, ni tesoro, ni sacrificio alguno por la salud de toda la Nación.   Aseguro a usted que no concibo el.verdadero fin que pudieron proponerse tales Diputados al pretender montar la nueva política del País en un sistema de animosidades contra esta Provincia. Si un enemigo declarado de la América sugiriese semejante doctrina, todavía me parecería inhábil su propósito; pero propagada por patriotas, es el colmo de la enajenación del buen sentido. ¿Ignoran acaso estos señores, que si sus principios encontrasen prosélitos entre la masa federal le sería impracticable arrastrar toda ella a la causa de la más negra ingratitud? ¿No calculan que, dividida esa masa, los unitarios de toda la República engrosarían ambas fracciones, que la cuestión no sería entonces entre una minoría aristocrática y una mayoría republicana, sino que la lucha consumiría a los últimos restos de nuestra existencia social? ¿Dudan, acaso, que los Federales de Buenos Aires resistirían hasta el último aliento pretensiones descomedidas, y cuanto tendiese a humillarlos, y a defraudarlos de los derechos que le son propios, y que ellos reconocen a su turno en los demás Pueblos? Me es difícil explicar a usted el sentimiento que más me ocupa, al reflexionar sobre la conducta de otros Diputados. Si de una parte me excita indignación tanta maldad, de otra me causa pena la consideración del poco fruto que hemos sacado de nuestros sacrificios, y del porvenir que nos espera si los que estamos al frente de los Pueblos no contribuímos a sofocar esas semillas de nuevos desórdenes. Que los Diputados manifestasen sus opiniones de una manera fraternal en el sentido de las pretensiones de sus Pueblos, nada tendría de extraño, aunque se expresasen fuera de la oportunidad, pero que se pretenda arribar al objeto, principiando por sistemar la calumnia y la rivalidad contra Porteños, y una exclusión odiosa de su nombre, me parece que el genio de la anarquía no podría inventar mejor medio para desquiciarnos. Fijándome en las acriminaciones que más sobresalen en las cartas de los Diputados de Corrientes y Córdoba, no concibo cómo estos caballeros olvidan que Buenos Aires a nadie oprime, que su Tesoro se ha agotado muchas veces en defensa de la independencia nacional, que acaba- también de consumirse en protección de los Pueblos argentinos, que responde a las reclamaciones de naciones marítimas, que sostiene la lista diplomática en el exterior, que amortiza el empréstito de la República, y también que hace frente a las obligaciones exteriores comunes a toda la Nación. Bastaría este solo recuerdo en un ánimo desnudo de pasiones mezquinas para dar un curso más noble a la política que se promueve.   Sin hacer a usted una grande injusticia, no debo presumir que no está penetrado de los males que nos acarrearía la propagación de principios desorganizadores desde el seno de la Comisión Representativa, y si al dictar mi primera resolución sobre el receso del Diputado por este Gobierno, no fui inspirado sino por la previsión más acertada, hoy existen hechos que me obligan decisivamente a reiterar mi orden anterior, como en efecto la doy al señor Olavarrieta, para que lleve a efecto lo prevenido, aprobándole sin embargo, que hubiese deferido a la insinuación de usted para su demora, porque he creído que ajeno usted de lo que pasaba en el seno de la Comisión Representativa, esperaba de ella ventajas nacionales, que por desgracia ya no puede traer. Aquí tengo que detenerme a hacer notar a usted la grande equivocación en que está, según veo por su carta, de que en esta línea de conducta soy influido por algunas personas que me cercan; y para demostrar su error, me bastaría recordarle que en nuestra entrevista del Rosario, le dije francamente que la Comisión Representativa debía cesar, porque conjeturaba que sería muy difícil que los Diputados se detuviesen en los límites señalados en el Tratado; ¿qué influjo pudo en aquella época arrancarme este pensamiento, que el tiempo ha venido a corroborar con la lección que nos han dado Leiva y Marín? Desengáñese usted desde ahora para siempre, cuantos actos observe usted de este Gobierno mientras yo lo presida, no vienen de otra inspiración que de mi conciencia. Consulto, discuto, oigo en los negocios, y después obro con arreglo a mi juicio, y con toda la independencia de un hombre que se estima en algo. Digo a usted esto con tanta más firmeza cuanto que no existe un solo motivo para que usted recele ni remotamente, que así respecto a usted como a mi Provincia, he omitido, ni omita lo que pueda contribuir a estrechar nuestra amistad personal y la de ese Pueblo, porque lejos de existir la preparación injusta que usted me indica, puedo asegurarle que si la hubiese no se encuentra por cierto en mi círculo, y no sería extraño que hoy que procuran emponzoñar su camino con estas ideas fuesen los verdaderos enemigos suyos. Algo he dicho a usted antes de ahora sobre el envío secreto del armamento; pero veo que usted no se ha satisfecho, cuando aún insiste en el propio juicio.   Por ello creo deber repetirle que continúa equivocado, y que lo está porque no son puros los conductos por donde se le transmitió tal noticia, desfigurando calumniosamente el hecho de la remesa secreta de armamento durante la guerra. Las aguas más puras se corrompen cuando pasan por conductos de esta naturaleza. ¿No ha ocurrido a usted, compañero, de quién tendría yo que ocultar la remesa de armamento? No de los Unitarios residentes en la Provincia, porque les hacía la guerra de frente, no de los Federales, porque esperaban su triunfo de la cooperación de usted. ¿Conque era menester otra causa para este 'misterio? Pues, compañero, sepa usted que la única que existe entonces, para procurar no fuese sentida la remesa, fué prevenir una sorpresa en el Paraná por algún complot de los Emigrados o de los enemigos que habitaban las costas, porque la ocultación al fin no podía pasar de los subalternos, teniendo como tengo obligación de hacer anotar ésta y cualquiera otra remesa, por pequeña que sea, de artículos del Estado en las oficinas principales de la Provincia para cubrir mi responsabilidad. Semejante a esta son precisamente todas las especies con que se trata de alentar la discordia contra Buenos Aires y su Gobierno, después de haber apurado cuanto puede ofrecer la amistad más desinteresada y más ingenua. Si yo hubiese dado acogida a esa semilla venenosa. ¿Qué no podría decir, compañero, aun con respecto a usted? Recorra lo que ha escrito, ponga la mano sobre su corazón, y consúltele cuanto ha salido bajo su firma con relación a mí, y a la marcha que he seguido es la obra de sus naturales sentimientos, o de algún consejo equivocado, o tal vez doble y falso. Por esta razón fué que llegué a suplicarle me escribiese usted mismo en aquellos asuntos en que debíamos entendernos íntimamente.   Volviendo a la Comisión Representativa, deseo que usted fije la vista en una cláusula que contiene la circular firmada en 9 de marzo por los Diputados reunidos en Santa Fe para que deduzca sus consecuencias, después que ya conoce las opiniones de los de Córdoba y Corrientes. Dice la circular, hablando del Congreso General Federativo: "Mas el tiempo en que ésta deba reunirse, el número de sus Representantes, el lugar de su residencia, con asuntos previos que deben acordarse en precaución de las dificultades que podrían sobrevenir; y ningún medio más seguro pva removerlas sé halla a juicio de la Comisión, que el de concurrir a este punto los Diputados de los demás Gobiernos con las Instrucciones competentes". Supongamos pues que las Provincias nombran sus Diputados, que se incorporan a la Comisión Representativa y que se trata de los objetos comprendidos en la circular: Que se dividen las opiniones, y que hoy unos votan por la próxima, reunión, de un Congreso y los otros no: Todos, con arreglo a la política de sus respectivos Gobiernos. ¿Qué se hace, se disuelve la comisión? ¿Se resiste la reunión del Congreso? ¿Formaránlo acaso las Provincias cuyos Diputados han opinado por él, y se negarán a concurrir, o lo resistirán las de aquéllos que no han asentido, y de cualquier modo tiene usted entonces' dividida de hecho la República sobre una cuestión fundamental de su organización?; y, ¿qué haría un Congreso instalado por las sordas maniobras de los Diputados de Corrientes y Córdoba, e influido por sus ruines y anárquicos principios? Vale más apartar la imaginación de ese cuadro, porque es preciso convencerse de que si no reina en el Congreso Federal un sentimiento de fraternidad, de paz y de equidad, podrá satisfacer a la sombra de una autoridad superior, pasiones más o menos exageradas, pero jamás será estable y duradera la organización que con tales resortes diese a la República. Habría Constitución Federal, habría Jefe nacional, habría leyes orgánicas, pero todo se desharía pronto, como se deshizo la Federación de Méjico y Guatemala, mientras se montó sobre excepciones locales y pretensiones desarregladas.   Este desquicio, que debe temerse como la erupción de un volcán, puede ser un resultado inevitable de la ampliación que por sí sola ha dado la Comisión Representativa a las facultades precisas que le acuerda la atribución 53, reducida a invitar, y nada más que invitar y de ningún modo a abrir dictamen, como lo abre en la circular, a las Provincias sobre los medios más a propósito para fijar el número de sus representantes y el lugar de la residencia del Congreso; cosa que si no les está prohibida expresamente en el Tratado, tampoco les está consentida, ni en la atribución 53, ni en las que se preceden. Pero como un error en política encadena casi siempre otros mil, la Comisión ha olvidado que invitadas por el tenor de dicha circular las Provincias no representadas, para que por medio de los Diputados de sus respectivos Gobiernos se resolvieren en Santa Fe las graves cuestiones que considera previas, esta misma invitación ha debido pasarse a las Provincias representadas ya, porque el derecho de resolver sobré el número y residencia de los Representantes en Congreso, y tiempo de reunión es del todo independiente del hecho de hallarse representadas para cumplir las estipulaciones del Tratado. El ejercicio de la Diputación con que fueron investidos por sus respectivos Gobiernos no tiene más extensión que la que da el Tratado. Por consiguiente, desde que por encontrarse reunidos han podido persuadirse que está en suj veces ampliar su representación, han dejado no sólo de peor condición a los Gobiernos representados en la Comisión, sino que pasan por la monstruosidad de que reunidos los Diputados de Gobiernos que aún no han pertenecido a la Liga, entren éstos a deliberar sobre los puntos no conocidos tácita o expresamente por los Poderes autores y conservadores del Tratado a sus respectivos Comisionados, ni tampoco consultados. De aquí es también que como Buenos Aires no ha recibido oficialmente dicha circular, encuentro esa impropiedad que no puede nacer de otro principio que el de no haberse sujetado la Comisión Representativa al carácter único que le corresponde, que es el de una reunión Diplomática. No puede deshacerse ya la invitación en el modo en que se ha hecho; me he conformado con ella, porque no ha estado en mi mano demorarla. A estarlo, hubiera interpelado de la Comisión que examinase detenidamente el estado actual de la República. Que calculase con la reflexión y con la madurez de un juicio recto, si habrán llegado las Provincias interiores a esa tranquilidad que exige el artículo 16 para no exponer por un paso prematuro los objetos reales del Tratado, y hasta que no pudiese arribarse a este convencimiento, todo se suspendiese, para no dar entrada a influencias turbulentas, cuando la República necesita de más reposo. Pero ya que no ha podido evitarse, y revelados como han sido los proyectos anárquicos de los Diputados de Corrientes y Córdoba, me pondría en contradicción con mi propia conciencia si no retirase al Diputado de este Gobierno, y si no suplicase a usted nuevamente contribuya por su parte al cese de la Comisión Representativa. De este modo me parece que usted y yo habremos hecho el bien más positivo a nuestra Patria. Paso ahora a hablar a usted de otro asunto.   Después que he dado a usted mi opinión francamente acerca de la pena que juzgo debe aplicarse al General Paz por su criminal conducta pública, me excuso, compañero, hacer la redacción que me pide. Esta obra es exclusivamente suya y nadie sino usted mismo es quien la debe dirigir y formar. He cumplido lo que ofrecí a usted al principiar esta carta. Hablarle con franqueza y sinceridad. Sin estos desahogos es imposible ni acreditar amistad ni conservarla. Use usted de los mismos medios, y me dará una prueba de estimación, sobre todo quedando comprometidos usted y yo a contribuir a la felicidad común; no puede llegarse a un perfecto acuerdo, sin comunicarnos mutuamente los hechos que puedan interrumpirlo, y sin que cada uno de nosotros se proponga no sólo hacer bien al Pueblo que se le ha confiado, sino evitar el mal. Por lo que hace a la interposición en apoyo de la conducta del señor Olavarrieta, puede usted estar seguro de que conociendo las circunstancias y los sentimientos que lo han impulsado a deferir a la invitación de usted, estoy contento, y satisfecho de su proceder, y de que si en el círculo de sus deberes hubiese omitido o traspasado alguno de los fines de su misión, estoy distante de confundir sus equivocaciones con su intención, que desde luego sé apreciar debidamente.   Consérvese usted con salud, y mande como siempre a su buen amigo y compañero. Juan Manuel de Rosas. [En Archivo General de la Nación. Sección Farini, Leg. 18.]          
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