La nueva generación debe continuar la lucha

LA POLITICA DEL ANTIPUEBLO

Siempre me he dirigido a los compañeros peronistas. Hoy lo hago al pueblo argentino, porque el pueblo argentino es el peronismo; los demás constituyen el antipueblo.

Ellos suprimieron la justicia social como un castigo al pueblo argentino a favor de los peores intereses de la explotación. Ellos destruyeron la inde­pendencia económica, en beneficio de la recolonización del país, y produjeron su ruina económica. Ellos resignaron la soberanía nacional para entregarnos atados de pies y manos al imperialismo. Ellos, ellos no podrán jamás formar parte del pueblo argentino.

LOS DOS IMPERIALISMOS y LA TERCERA POSICION

Todos los pueblos del continente se encuentran empeñados en una lucha por su liberación. No sucede otra cosa en casi todos los pueblos del mundo que no desean someterse a los imperialismos dominantes al este o al oeste de la Cortina de Hierro. Una inmensa red está envolviendo al mundo, cons­tituida por los hombres y los pueblos que no quieren entrar en el juego enga­ñoso de los imperialismos en simulada pugna, a cuyo servicio trabajan las internacionales del comunismo, y del capitalismo, así como las de otras espe­cies que se enfrentan o se unen, según las conveniencias y directivas de una central que no es difícil de conocer y dé individualizar.

La víctima “propiciatoria de esta satánica combinación de intereses” son siempre los pueblos, que pagan con miseria, injusticia y dolor el dominio de tales internacionales. Hace casi veinte años, los justicialistas lanzamos la tercera posición que aparentemente cayó en el vacío, pero ha pasado el tiempo, y las circunstancias actuales nos demuestran que una gran mayoría de naciones se han ido colocando en esa posición, que los pueblos comienzan a hacer sentir su acción.

LA LUCHA POR LA LIBERACION

Sin embargo, la lucha está en sus comienzos. En nuestro país, hemos presenciado el retroceso a las peores épocas de nuestro colonialismo reaccio­nario, pero el pueblo argentino está con una fe encendida, inculcada una doctrina y producido una mística que ha de llevarlo a la reconquista de lo perdido, porque sus valores esenciales no han sido destruidos. Afortunada­mente, para enfrentar la lucha por nuestra liberación, no estamos solos. Muchos otros pueblos que luchan por lo mismo son solidarios. Están unidos a nosotros y trabajan en sus zonas de influencia por la misma liberación.

Es menester que el pueblo argentino sepa que la sagrada causa de su liberación ha de ser obra de su propio esfuerzo y de su propia perseverancia, y disponerse, en consecuencia, a seguir firme con la decidida resolución de vencer. Nosotros hemos sido precursores en el mundo, y hemos sufrido el golpe de la reacción. Pero esa reacción ha sido vencida ya en estos ocho años de su vergonzosa gestión. Sólo nos resta consumar en los hechos la decisión.

Para ello debemos prepararnos mediante una férrea organización que nos presente unidos y solidarios para enfrentar la lucha cruenta o incruenta que el porvenir nos reserve.

NO ES HORA DE CAUDILLOS O CIRCULOS

YO, como Jefe del Movimiento, estoy y estaré en mi puesto, sin que haya factor o circunstancia que me haga desertar de mí deber. En esa posición es que exhorto a todas las dirigentes peronistas para que sacrificando todo otro interés que no sea el del pueblo, caracterizado por nuestro Movimiento se unan a la tarea común de preparar nuestras fuerzas en la forma indicada ya por el Comando Superior Peronista.

Esta no es hora para caudillos ni para aspirantes a funciones de menor cuantía, sino el momento de proceder con la mayor grandeza en favor directo de los objetivos que hemos establecido, y la misión que nos hemos impuesto.

Cuanto he dicho en el manifiesto anterior, no es cosa nueva para los peronistas que han sufrido las consecuencias. Sin embargo, fija para todo el Movimiento una posición de partida para la nueva etapa que debemos recorrer en la lucha en que venimos empeñados.

Yo espero que cada uno de los dirigentes, cada uno de los peronistas de la masa, sea cual sea su posición actual, comprendan la realidad que vive el país y el pueblo argentino y se coloquen en su puesto para trabajar fielmente por el cumplimiento de las consignas y postulados de nuestro Movimiento, olvidando interese personales o de circulo, que ante la salvación de la Patria y la liberación de su pueblo no pueden tener ninguna importancia.

De cuanto venimos analizando surge la responsabilidad de nuestro Movimiento, que imprevisión de cualquiera de cualquiera de los dos posibilidades en la disyuntiva planteada, debe movilizar sus fuerzas organizadas y preparadas para asegurar su eficacia en el cumplimiento de un deber que el pueblo argentino considerará cada día mas perentorio.

LA HORA DE LA DECISION

Hemos agotado hasta ahora las posibilidades de eliminar a la violencia como medio de solución. Pensamos que aun queda una solución posible sin su concurso, pero no debemos descartar que las circunstancias y la falta de grandeza de los hombres nos lleven a la necesidad de enfrentar los hechos.

En la vida de los pueblos que no quieren resignarse a ser esclavos, esta disyuntiva es común frente a la contumacia de las fuerzas coloniales, las oligarquías cipayas y los instrumentos activos de las fuerzas de explotación.

Una evolución acelerada del mundo moderno está llevando paulatinamente al punto crítico de la decisión. Si a los hombres de la primera mitad del siglo XX nos ha tocado asimilar la lucha de la liberación, a los de la segunda mitad ha de tocarle su continuación, en procura de la decisión que ha de producirse en ese lapso, ya sea en manos de las fuerzas nacionales, si conseguimos el triunfo que anhelamos, o en el de las internacionales, si las circunstancias nos llevan a un fracaso en nuestra misión.

CUATRO ETAPAS REVOLUCIONARIAS

Todos los movimientos revolucionarios de liberación cumplen ineludiblemente cuatro etapas. La doctrinaria, el golpe de estado, la dogmática, y la de la institucionalización. Si tomamos cama ejemplo a la revolución marxista en Rusia, Lenin representa la etapa doctrinaria, Trotsky el golpe de estada, Stalin la etapa dogmática, y Kruschev, la de la institucionali­zación.

Nuestro Movimiento nopuede escapar a este mismo esquema. Nuestra generación ha realizado la etapa doctrinaria, que por circunstancias especiales nos ha sido dado realizar desde el gobierno. Se impone ahora el cum­plimiento del resto. De ellose infiere la importancia que para el éxito total de la empresa de liberación representa el devenir de las futuras generacio­nes, y en el momento actual, la trascendencia de la nueva generación que ha de reemplazarnos en la lucha para asegurar la continuidad en el esfuerzo. Por eso el peronismo durante los diez años de su gobierno dio tanta impor­tancia a las escuelas de formación en su línea política y sindical, que debían formar, y capacitar a la juventud peronista para el cumplimiento de la misión emergente de las necesidades anotadas.

MISION DE LA JUVENTUD

Nosotros y las generaciones que nos precedieron, mal obien hemos cumplido la misión que teníamos en la mitad primera del siglo XX. Ahora toca a la nueva generación terminar el trabajo en la segunda mitad del mismo. Tal vez nosotros noveamos las decisiones, ni presenciemos el momento del triunfo, pero tenemos la sensación de haberlo preparada.

Para que ello suceda es menester que la juventud tome la conducción y la responsabilidad. A nosotros nos queda desear que ellos nos superen en el esfuerzo. La experiencia adquirida por nosotros la debemos emplear para aconsejar y guiar a nuestras muchachos, nopara reemplazarlos en una tarea que les corresponde, y en la cual por razones de tiempo nosotros notenemos ya otras pasibilidades que las de colaborar, en la medida de nuestras fuerzas, con el consejo de las años y la experiencia, que suele ser la parte más efectiva de la sabiduría.

Mucha gente joven ha llegado hasta mí, con la justa inquietud de sus aspiraciones, y nadie puede discutir la necesidad y conveniencia de la sangre nueva, porque cuando se olvida a la juventud se renuncia al porvenir.

LOS DIRIGENTES SURGIRAN DE LA LUCHA

Cada problema político está implícito en un problema generacional. Son los jóvenes que luchan por asegurar la continuidad indispensable. Esa es lomás plausible que pueda ocurrir, porque nuestro más honesto pensamiento ha de ser el deseo de que nuestros hijos nos superen. Nuestros muchachos han sido preparados y han crecido en el que hacer peronista. Nada más justo que paulatinamente les vayamos entregando las banderas para que ellos las lleven al triunfo, pero es menester considerar que en la acción política, los cargos y las responsabilidades no se regalan, sino que se ganan conméritos y con virtudes.

El dirigente nace, no se hace por decreto o designación. Sus cualidades y calidades solo se pueden evidenciar en la lucha misma, y es allí donde el dirigente que posea oleosagrado de Samuel se impone a los demás.

Nosotros sabemos que los viejos dirigentes han de ser reemplazados por los jóvenes dirigentes, pero han de ser éstos los que los reemplacen par sus virtudes y capacidades evidenciadas en el quehacer político de todos los días.

Algunas veces, obligados par la necesidad, hemos debido improvisar dirigentes, designando hombres que tenían prestigio personal por otras actuaciones, y los resultados no han sido buenos... La razón es bien senci­lla: para ser dirigentes políticos no es suficiente poseer prestigio personal. Es indispensable poseer virtudes políticas, porque dentro de ellas la hones­tidad de procedimientos, la lealtad, la fidelidad a la causa que se sirve y el desinterés personal... es lo fundamental.

AUTORIDAD DE LA CONDUCCION

Los organismos directivos del Movimiento tienen la más amplia autoridad en la conducción y dirección. Sus resoluciones, inspiradas en el bien y en la grandeza, como en el acierto en la elección de los medios para el cumplimiento de su misión, no pueden ni deben ser discutidos fuera de su ámbito.

Ningún peronista puede tener derecho a criticar al Comando o a sus miembros fuera del propio organismo, y aunque tiene absoluto derecho de realizarlo frente a sus miembros, debe pensar que al hacerlo se expone a las consecuencias. Sin un justo y proporcionado respeto a la conducción, toda dirección se vuelve imposible y lleva a la anarquía.

La institucionalización del Movimiento impone normas a las que todos debemos subordinarnos si queremos mantener la organicidad funcional del mismo. Cuando se da una orden es porque ha pasado ya el momento de discutirla. La unidad de acción, clave del éxito, tiene sus exigencias originales. Nadie tiene derecho a romperla por ideas, pensamientos o intereses personales.

La concepción ha de ser centralizada, y es patrimonio de la conducción; la ejecución ha de ser descentralizada y es tarea propia de los demás órganos directivos del Movimiento, que han de pensar en cumplir inteligentemente lo dispuesto, porque ya nada puede remediarse con la discusión.

Una mala resolución, bien ejecutada, es siempre mejor que una buena que no se realiza, porque la peor resolución es no hacer nada. La fuerza de nuestro Movimiento reside en el poder de la masa adoctrinada. Los diri­gentes que con el pretexto de proceder mejor o en el deseo de favorecer intereses inconfesables, se apartan de su obligación y defraudan las aspi­raciones de la masa, atentan contra la unidad y la solidaridad peronista, porque provocan la incertidumbre y la desconfianza. Su conducta puede ser inteligente y habilidosa sin abandonar en ningún momento la tarea que la misión le impone, que jamás puede apartarse de las aspiraciones de la masa.

Nunca, ni nada, podrá justificar que un dirigente peronista se subordine a las exigencias y móviles de nuestros enemigos, así sea por emergencias limitadas, sin que se exponga a las reacciones justificadas de la masa. En tales casos la autoridad superior del Movimiento está en la obligación de proceder a su reemplazo inmediato, a fin de no dejar entrar la incertidumbre ni la desconfianza.

ACCION DOCTRINARIA

El espíritu de nuestro Movimiento está en su doctrina. Para mantenerlo y extenderlo necesitamos de la acción permanente de los predicadores. Nada puede ser más vivificante que la constante acción doctrinaria, que nos recuerda la obligación que tenemos con el pueblo y los objetivos de su conquista.

Cada dirigente peronista debe ser a la vez un incansable predicador de nuestra doctrina, porque su misión no es sólo la de dirigir formaciones, sino también la de formar espiritualmente. La formación de centros de difusión doctrinaria en todo el país es tan importante como la misma organización del Movimiento, porque si ésta implica su existencia material, aquélla representa su formación anímica.

PROBLEMAS DE HOMBRES

De nada vale juntar hombres, cuando no están bien animados.

El empleo de la falsedad ha llevado a la técnica del rumor como una de las principales acciones de la provocación. El peronista que caiga ingenuamente en la credulidad no está preparado para la lucha. Pero este es el mal menor, desde que la existencia de algunos tontos no puede hacer peligrar el éxito. El mayor mal está precisamente en los sinvergüenzas que, fingiendo una credulidad deshonesta, aprovechan el rumor para atacar a sus propios compañeros, en beneficio de ocultas intenciones o designios.

Otra lacra común está representada por los factótums, los bien informados, o los que traen la precisa, y que la lejanía del Comando Superior ha hecho proliferar. Es necesario que se sepa bien que el Comando Superior no da misiones ni órdenes 'sino por intermedio de sus organismos dirigentes, y cuando por excepción manda un emisario, lo hace debidamente autorizado por una credencial especial.

Por eso cuando algún peronista se deja engañar por otro, el tonto no es precisamente ése. Como hemos citado ya antes, esta credulidad puede ser deshonesta, cuando se la aprovecha en beneficio de intenciones inconfesables mediante la simulación.

Al hombre difícilmente se lo conoce sin mandarlo, pero es absolutamente imposible mandarlo bien sin conocerlo. El dirigente peronista debe saber que si su tarea es la de conducir hombres, su primera obligación ha de ser la de conocerlos. Nadie puede confiar en ninguno que no conozca.

Es un grave error confiar las cuestiones del Movimiento a desconocidos, porque todo nuestro quehacer ha de ser secreto para todos los que no sean peronistas, El indiscreto representa siempre un peligro, porque está en la permanente delación: realiza por otro conducto el mismo trabajo que el traidor infiltrado en nuestras filas, y merece el mismo castigo.

Un dirigente sin grandeza ni espíritu de sacrificio será siempre una amenaza para la causa que sirve. La escala de valores del justicialismo establece un principio inamovible de la jerarquía: primero el país, luego el Movimiento y después los hombres, porque no puede concebirse la política como un fin sino como un medio para servir a la comunidad en sus valores esenciales y permanentes.

MORAL JUSTICIALISTA

Cuando el pretexto dogmático y los recursos deshonestos se ponen en juego, se podrá sectariamente estar 'sirviendo a un grupo o a un partido, pero no a la patria, porque las verdaderas soluciones que el país requiere están y estarán siempre por sobre los intereses políticos.

Cuando invocando a la patria se hace fraude o se estafa a su pueblo, como cuando en nombre de la pacificación del país se recurre a los procedimientos más indignos o arbitrarios, se podrá estar sirviendo a intereses inconfesables, pero jamás la causa del país ni de los argentinos.

Es preciso aventar lejos de nosotros estas costumbres, y todo vestigio de semejantes aberraciones, porque sino caeríamos en los mismos vicios con que se han envilecido nuestros enemigos. Un peronista que no siente y practica nuestros postulados morales no puede ser un justicialista, porque lo sublime de las virtudes no está en su enunciado, sino en su cumplimiento.

La patria vive horas decisivas para su destino, y el Movimiento está en la obligación de sacrificarlo todo porque es esa decisión la que más conviene a las aspiraciones del pueblo y a los intereses de la nación. La lucha política se justifica sólo así, y al emprenderla debemos hacerla con la firme resolución de vencer, cualquiera sea el sacrificio que debamos realizar y los medios que debamos poner en acción.

EL PELIGRO DIVISIONISTA

Eso impone también un amplio espíritu de unidad y solidaridad en los dirigentes y en la masa. Para un peronista no debe haber nada mejor que otro peronista. Sólo un espíritu semejante nos proporcionará la cohesión que la lucha impone, y nos dará la unidad de acción indispensable para vencer. Todo sentido inverso nos diluirá en acciones parciales y divergentes que terminarán por debilitarnos. Nuestros enemigos trabajarán incansablemente para lograr dividirnos, y los dirigentes peronistas que influenciados por la calumnia adversaria, o alentados por el deseo de desplazar a otros compañeros se sumen a ese esfuerzo, serán inconsciente o conscientemente traidores a su causa.

La lucha impone una conducción de conjunto, sin la cual nada puede realizarse. Los que no lleguen a comprender esta necesidad están propensos a servir a la anarquía. Los valores individuales son positivos para el Movimiento, cuando se suman al impulso de conjunto, y negativos cuando los intereses personales o de círculo desvían.

Todo daño que un peronista ocasione a otro peronista recaerá tarde o temprano sobre él. Si el peronismo sucumbe pocos serán los peronistas que salgan beneficiados con ello.

Los pleitos internos del Movimiento han de ser ventilados entre nosotros, pero jamás fuera del peronismo. La murmuración que nada remedia es propia de las almas bajas, y si la autocrítica es conveniente, lo será ante quien pueda remediar los males, y no ante quienes lo puedan aprovechar para destruirnos.

El Movimiento peronista es de todos los peronistas, y todos tenemos la obligación de defenderlo contra los enemigos de adentro y de afuera. Los organismos institucionales como los fisiológicos sucumben cuando carecen de autodefensa, pero estas auto defensas se desarrollan y actúan contra los agentes patógenos que las provocan.

Por eso, aún el tránsfuga suele ser útil a las instituciones políticas, si su acción provoca las autodefensas, pero para que ello sea positivo es menester que el cuerpo orgánico sea sano y robusto.

PROBLEMAS DE LA CONDUCCION TACTICA

Nuestro interés permanente, nuestra preocupación constante, han de ser las de mantener ese estado de salud y robustez peronista, para lo cual se impone la unidad y solidaridad más firmes. Cuando un dirigente aspira a un cargo o a una función, su ambición será justa y sana si dedica su tiempo a luchar para imponer su capacidad y sus virtudes; pero será baja y despreciable cuando lo hace mediante el desprestigio -justificado o no- del que desea desplazar.

Esta última ha sido la escuela gorila, que empeñada en calumniar al peronismo abandonó el país en manos de los ladrones internos y externos que terminaron por saquearlo y llevarlo paulatinamente al desastre.

Es menester elegir dirigentes responsables y capaces para la conducción táctica del Movimiento, y luego tener fe y confianza en ellos, porque de lo contrario no hay conducción posible. Ellos pueden fallar, sea por error, por falta de virtudes, o por traición. El error es perdonable, la falta de virtudes es condenable, pero la traición debe ser imperdonable.

La fidelidad a los principios y la lealtad al Movimiento son las condiciones básicas de un dirigente, pero la lealtad ha de ser mutua, y así como la masa debe ser leal a sus dirigentes, éstas tienen la ineludible obligación dé ser leales a la masa.

El Movimiento que elegirá a sus propios dirigentes no pocas veces se equivocará. Pero nada se consigue con la difamación del dirigente que fracasa. Hay que reemplazarlo convenientemente, y ningún dirigente que no sea un insensato resistirá por la fuerza o por la astucia abandonar su cargo, porque esta resistencia indicará, tanto su falta de delicadeza como su ineptitud, hasta en la apreciación de sus reales méritos.

La facultad de poner y sacar dirigentes, cómo y cuándo sea necesario, es una facultad inalienable del Movimiento peronista. La disciplina peronista ha de ser de fondo y no de forma. Interesa que cada peronista cumpla con su función y misión de manera fiel e inteligente. No interesa la forma, porque vale más ser que parecer.

Pero la disciplina tiene también sus límites, porque cuando se transforma en servilismo deja de ser una virtud para transformarse en una indignidad. La disciplina solo vale en los hombres libres.

LOS MALOS DIRIGENTES

La simulación es sólo patrimonio de las especies inferiores, y no puede tener cabida entre nosotros, porque es una deformación negativa de la lealtad que nos debemos, mediante la cual se pueden traicionar los sentimientos más nobles. El dirigente peronista tiene obligaciones sólo con el Movimiento, y sólo al Movimiento debe rendir cuenta de sus actos, pero los casos de simulación culposa deben ser sancionados sin piedad, porque representan la forma más cobarde de la traición. Recibir una orden y simular su cumplimiento en tanto se hace todo lo contrario no puede tener perdón. El que sacrifica la misión que se le ha confiado o abandona total o parcialmente los objetivos de su Movimiento por no exponer su situación personal, o hacer peligrar su cargo, es un indigno y es un simulador.

Hombres así no sólo no están a la altura de su misión, sino que carecen de los valores morales indispensables para ser dirigentes, y deben ser barridos sin piedad. La habilidad jamás puede fundarse en la indignidad ni en el egoísmo. El peronista con función directiva debe tener la más amplia libertad de acción para proceder bien. La iniciativa no ha de tener limitaciones, si está puesta al servicio del Movimiento. Su responsabilidad ha de ser ilimitada cuando se trate de afrontarla en servicio y bien del Movimiento, pero es necesario aceptar que el que la afronta debe tener a disposición la libertad de acción necesaria para defender esa misma responsabilidad. El Movimiento estará luego en su derecho de juzgar los actos de sus dirigentes y preceder en consecuencia; cada peronista tiene el derecho de proceder como entienda que mejor conviene al Movimiento, pero ha de tratar de informarse bien para lograrlo efectivamente.

Compañeros:

Estos consejos dirigidos a todos los compañeros me hacen esperar que los pondrán en práctica. Tenemos que corregir muchas cosas en el Movimiento, y es de sabios conocer los errores y defectos como también ponerles remedio.

Aprovecho la ocasión para hacer llegar a todos los peronistas un saludo muy afectuoso.

Juan Perón

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