Carta a John W. Cooke (12-06-1956)

12 de junio de 1956

Mi querido compañero y amigo:

Contestando su carta del 20 de mayo próximo pasado le adjunto una comunicación con mis puntos de vista sobre la actual situación, como asimismo sobre la conducta que debemos seguir según mi manera de apreciar las actuales circunstancias.

El golpe militar frustrado el 10 de junio es una consecuencia ló­gica de la falta de prudencia que caracteriza a los militares. Ellos están apurados, nosotros no tenemos por qué estarlo. Esos mismos militares que hoy se sienten azotados por la injusticia y la arbitrariedad de la canalla dictatorial, no tenían la misma decisión el día 16 de setiem­bre, cuando los vi titubear ante toda orden y toda medida de repre­sión a sus camaradas que hoy los pasan por las armas.

Yo no he querido decir la verdad de por qué no se accionó decidi­damente contra los rebeldes de Córdoba y de Bahía Blanca. Tanto Lucero como Sosa Molina se opusieron terminantemente a que se los entregaran armas a los obreros; sus generales y sus jefes defeccio­naron miserablemente, si no en la misma medida que en la Marina y en la Aviación, por lo menos en forma de darme la sensación que ellos preferían que vencieran los revolucionarios (sus camaradas) antes que el pueblo impusiera el orden que ellos eran incapaces de guardar e impotentes de establecer. El propio jefe de operaciones de Lucero era un traidor que estaba saboteando la conducción de la represión. Los revolucionarios lo nombraron después jefe de las tropas blindadas.

Qué fe puedo tener yo en la acción de esos militares que no su­pieron cumplir antes con su deber de jurado. Si ellos hacen ahora algo es porque están enconados con sus ex-camaradas que los expulsaron del Ejército, cosa que ellos no esperaban. Si yo no me hubiera dado cuenta de la traición y hubiera permanecido en Buenos Aires, ellos mismos me habrían asesinado, aunque sólo fuera para hacer méritos con los vencedores.

Algún día yo podré hablar con claridad sobre estos puntos que de­liberadamente he dejado para después, en forma de que, enfriado, no pueda cometer alguna injusticia en mi opinión. Pero de muchos, ya tengo firme opinión formada como traidores, como cobardes y como felones, aparte de otros que, como Sosa Molina, han sido incapaces de comprender lo que estábamos realizando para el pueblo y consi­deraron en los momentos decisivos que valía más el buen nombre de un Ejército (que hoy está demostrando que es inmerecedor de ese honor) que el destino de nuestro pueblo que estaba en peligro. Todos ellos han sido sancionados por los hechos de manera que no puedan olvidarlo nunca más. Lástima que ya no les servirá de nada.

Ni yo he renunciado a luchar, ni he sido tan débil como algunos creen. He sido traicionado o por la mala fe de algunos o por la estú­pida ingenuidad de otros. Yo no acuso de traidores a mis ministros que fueron fieles, pero sí los acuso de haberme impedido de usar al pueblo para la defensa, con el tonto concepto de que lo harían las fuerzas militares que, en la prueba, demostraron que no valían nada o no querían defender al pueblo. Esa es la verdad, dura pero la verdad. Yo debía haberlos destituido, pero desgraciadamente ya era tarde.

Ahora, sus camaradas, hasta tengo entendido que los han casti­gado corporalmente y que es difícil que sobrevivan a esta prueba: eso les ocurre por creer en un honor que no se realiza. A nuestros años, el que no ha aprendido que el honor es muy relativo en las personas, es un "pajarito en polenta". El 16 de setiembre, todos los juramentos y todas las palabras de honor se quebrantaron por lo menos en los hechos. No había con quien hacer frente a cuatro locos revoluciona­rios. Las tropas que marcharon a reprimir no llegaron nunca y des­pués he sabido que estaban vivaqueando a pocos quilómetros del ene­migo y sus comandos escondidos para que no los encontraran, como pasó con el General Moschini que venía del Norte y el General Morelo que dijo que le era indiferente pelear por los revolucionarios o el Gobierno y se quedó durmiendo debajo de un árbol.

Usted imaginará querido amigo cuánta amargura hay en todos mis recuerdos. Esos pillos, que se hacen llamar camaradas, son cual­quier cosa menos eso. Yo no tengo más camaradas que los hombres del pueblo que están dispuestos a todo sacrificio por servirlo. Mis cama­radas son ustedes. Si algún día el Ejército quisiera devolverme el grado que estos canallas me han quitado, después de cuarenta y cinco años de servicios continuados, les arrojaría a la cara el nombramien­to, porque yo no quisiera pertenecer más a una institución deshonra­da y envilecida por sus propios Generales, que demostraron ser cual­quier cosa menos hombres de guerra y de deber.

Yo he estado un poco enfermo estos últimos días pero creo que sea sólo una gripe pasajera que aquí, suele dar con violencia inusi­tada, debido a este clima terrorífico. El ánimo va todo lo bien que puede ir en las circunstancias que vivimos. Mi fortuna más grande es sin duda mi sistema nervioso que me ha permitido en todas las ocasiones sobreponerme a las cosas y a los hechos.

Es indudable que estoy un poco viejo y eso me hace pensar que ustedes deben irse preparando para tomar la manija. Hombres como usted, que han sido moldeados por todas las pruebas, son los que el Movimiento necesita en esta nueva etapa de su desenvolvimiento, que ha de ser cruenta y difícil. Pero lo peor ya ha pasado. No se apu­ren y vayan despacito, si quieren llegar lejos. Está bien que los vie­jos se apuren porque la visión de la tumba les perturba la calma, pero, los muchachos jóvenes tienen una vida por delante. No olvide mi consejo: no se apure. Los políticos apresurados son políticos fra­casados.

Me llena de satisfacción lo que usted me dice de los muchachos dirigentes que, a pesar del rigor de la canalla dictatorial, se mantie­nen firmes y decididos. Ellos, como usted, son la esperanza de nues­tro Movimiento. Nosotros, quemados en la etapa inicial, sólo queda­remos para formar las bases tradicionales del Movimiento. Ustedes, los jóvenes, que hayan demostrado poseer suficiente "óleo sagrado de Samuel", serán los triunfadores y gozarán de la gloria, después de haber sufrido las heridas de la lucha.

Yo me siento feliz de poder entregar a ustedes todo lo que he hecho que subsistirá a pesar de la canalla dictatorial y sus persecu­ciones. Yo lo he perdido todo, pero nunca luché por nada mío. Hoy, que poseo sólo lo que llevo conmigo, me siento más libre y más feliz. Sólo me interesa lo que ha perdido el pueblo que hay que reconquis­tarlo de cualquier manera con el pueblo mismo: ese es el objetivo de nuestra lucha y, no teniendo nada nuestro, lo podremos defender me­jor y con más decisión.

Le ruego que haga llegar mi abrazo más afectuoso a los compa­ñeros que allí, con usted, comparten el honor del sacrificio por el pue­blo. La canalla dictatorial podrá mentir cuanto quiera, pero nunca sus mentiras podrán tapar la verdad. Nosotros seremos siempre los defensores del pueblo y ellos serán sus tiranos; nosotros somos los que luchamos por la justicia social y ellos los que han vuelto a la explotación de los trabajadores; nosotros hemos sido los que arroja­mos a los imperialistas y ellos los que los han introducido de nuevo; nosotros representamos el gobierno legal del pueblo, ellos son los usurpadores, asesinos y ladrones.

Acepte un abrazo muy afectuoso.

PERON

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