Carta-prologo al libro de Americo Barrios (30-06-1959)

CARTA-PROLOGO AL LIBRO DE AMERICO BARRIOS: ¿ADONDE VAMOS?

Ciudad Trujillo, 30 de junio de 1959.

Somos el Pueblo. Luchamos por la Justicia Social, la Inde­pendencia Económica y la Soberanía Nacional. Vamos hacia la liberación popular. En la lucha, "la conducción es un arte sencillo y todo de ejecución", pero para que ello se realice, es menester que nos conozcamos y conocer a nuestros enemigos, como asimismo que sepamos a ciencia cierta qué nos propone­mos, porque la filosofía de la acción tiene también sus exigencias inviolables.

El compañero Américo Barrios encara con prudencia y sabiduría esa necesidad. Por eso, este libro debe ser leído y meditado por todos los peronistas.

El problema argentino no puede ser encarado dentro de los conceptos clásicos porque se trata de un hecho nuevo en la polí­tica argentina. Las soluciones a la vista son meras soluciones cir­cunstanciales, carentes de trascendencia histórica, en tanto lo permanente es precisamente el proceso histórico que los políti­cos parecen haber olvidado. Los hechos políticos son simples formas transitorias cuando no se apoyan en el quehacer histó­rico que es el permanente y es el dominante.

Muchos no han comprendido el Justicialismo porque pare­cen estar viviendo aún en el siglo pasado. La fuerza del Justicia­lismo radica en que su línea intransigente está en la propia na­turaleza del desarrollo histórico, mientras que las otras tenden­cias viven y obran en el plano estrictamente político. Sus éxitos sólo pueden ser éxitos políticos, sin la gravitación ni la perma­nencia del quehacer histórico y, por ser éxitos meramente políticos, su signo es la fugacidad. El quehacer político sólo puede adquirir vivencia cuando tiene como sustento la línea histórica.

Para el Pueblo argentino, la Revolución Justicialista es defi­nitiva y es irreversible. El cuartelazo del 16 de setiembre de 1955 y la acción posterior de los gorilas la han consolidado. Frondizi terminará poco a poco con los gorilas, al mismo tiem­po que con el radicalismo. Sobrevendrá el caos y, del caos, só­lo el Pueblo puede salir victorioso, cuando las fuerzas que se lla­man a sí mismas "del orden", han conducido el país a su mayor desorden. Luego nos tocará encarar la reconstrucción, la que únicamente puede ser realizada por el Pueblo. Pero sería abe­rrante y estúpido que el Pueblo encarara ese esfuerzo y ese sacrificio en beneficio de los parásitos que realizarán también su explotación y su escarnio.

Nuestras tres banderas, enarboladas en los gloriosos días de Octubre, no han sido arriadas por el Pueblo que hoy, como en­tonces, lucha decidido por la Justicia Social, la Independencia Económica y la Soberanía Nacional. Las revoluciones sociales difícilmente pueden ser realizadas y consolidadas por una sola generación. Nosotros hemos hecho el primer esfuerzo. Nuestras obras, nuestra doctrina y nuestra mística viven en la masa. Si muchas han sido nuestras realizaciones en todos los órdenes, nada ha sido comparable a la tarea de formar hombres del Pueblo capacitados para conducir, adoctrinados para proceder e idealistas para realizar. Si grande es hacer, más grande lo es aún enseñar a hacer.

Esas nuevas generaciones de dirigentes de la juventud que si bien sufrieron las consecuencias de nuestros errores también disfrutaron de nuestras realizaciones, han recibido nuestras banderas y las conducirán al triunfo. Cualquiera que sea el es­fuerzo y los extremos a que haya que llegar para lograr nuestra superación, serán pocos en comparación con el objetivo que se persigue, porque los Pueblos que no saben o no quieren luchar por sus derechos y su libertad, merecen la esclavitud.

Desde el 16 de setiembre de 1955, en que la reacción asesta la "puñalada trapera" al Pueblo, nuestra política se ha transformado en un drama sangriento y apasionado. La lucha integral ha pasado a ser la única forma de ejecución. El Pue­blo ha sido "barrido" del Gobierno y de toda representación popular; a la defensa de sus derechos se le ha contestado con fusilamientos, masacres, cárceles y persecuciones. Proscripto de la actividad política, desde la cual los profesionales de la política sirven los espúreos intereses de los enemigos del Pue­blo, se lo pretende obligar a trabajar más, ganar menos, sufrir dolores, hambre y miseria para capitalizar aún más a los explo­tadores que seguirán siendo su azote más denigrante.

Si se atreven a pedir un poco más de pan para sus hijos en­frentarán a los esbirros de la policía o de las Fuerzas Armadas, las movilizaciones militares y las intervenciones a sus asociacio­nes para impedir la defensa de los intereses profesionales.

¿Qué puede haber de extraño que el Pueblo, frente a la rui­na que le ha sido decretada, se en.peñe también en producir la ruina de sus enemigos? ¿Si la ruina del Pueblo, realizada por los "gorilas" de Aramburu y en vías de consolidarse en manos de Frondizi y sus secuaces, se vuelve la ruina de todos, no es­tará el Pueblo en su derecho de realizarlo? ¿Que no se ganará nada en hacerlo? ¿Y qué ganará si no lo hace?

Para juzgar a los enemigos del Pueblo es suficiente analizar su conducta en el Gobierno. En tanto nosotros actuábamos con el mandato popular y no servíamos otro interés que el del Pue­blo y la Nación, ellos proceden bajo la presión de designios foráneos inconfesables: es que nosotros proveníamos de los votos argentinos y ellos de los de Braden o de las bombas y es­poletas británicas. Por eso, también, nosotros sacrificábamos to­do otro interés al del Pueblo y nada hicimos que no fuera apro­bado por el Pueblo mismo.

Esa falta de ética y de vergüenza tiene también su explica­ción: entre nuestros enemigos hay también una falange oculta, la de los que hasta 1955 fueron "insoportablemente peronistas" y que a partir del 16 de setiembre, se convirtieron en nuestros peores enemigos. Esa bazofia, muy conocida por todos, repre­senta la falange de los sinvergüenzas. Ellos no cambian, cam­bian los gobiernos. Son más numerosos de lo qu& nosotros mismos imaginamos y más pertinaces que cualquier otro con delicadeza y dignidad.

El Pueblo ha vuelto a la explotación; la Nación al colonia­lismo. ¿Es que el capitalismo internacional y el imperialismo podrían utilizar argentinos honrados y dignos para lograr esos objetivos? Debemos estar preparados para presenciar aún muchas aberraciones e indignidades. Tanto a Frondizi como a los "gorilas" se los obliga a luchar por subsistir, unidos por la amenaza de lo que puede ser la sanción popular y separados por los intereses que, respectivamente, sirven. Estos intereses han de ser más fuertes aún que esta amenaza.

Los hechos están demostrando que se puede decir una men­tira pero, ni aún con todos los medios publicitarios, se puede hacer una mentira. Si la libertad y la democracia fueran sólo una palabra no habría inconveniente en que todos fuéramos li­bres y demócratas. Si mantener la dignidad y la vergüenza fuera sólo un asunto de simulación, ser virtuoso sería la cosa más fácil del mundo. Si llegar a la Presidencia fuera el objeti­vo de gobernar, nada sería más fácil que ser un buen gober­nante. Por eso los mentirosos, los falsos demócratas, los indig­nos y los sinvergüenzas, como los que hacen la parodia de gobernar, sirviendo intereses extraños a la función, no tienen vida larga, porque en el pecado llevan la penitencia. Los que proceden mal poco tardan en sucumbir víctimas de su pro­pio mal procedimiento.En toda empresa de largo aliento las bases falsas y los erro­res cometidos en el comienzo, difícilmente pueden ser corregi­dos en todo el curso de los acontecimientos. Por eso, asistimos a una etapa de la vida institucional argentina en la que todo parece torvo y desmañado, en la cual las verdaderas soluciones no aparecen, en la que los hombres se queman como fuego de artificio. Todo es producto de la falsedad de las bases iniciales: las mentiras que deben cubrir otras mentiras; la verdad y la ra­zón que deben ser aplastadas por la violencia y la arbitrariedad; la ficción a cambio de la realidad. Nada estable y permanente puede edificarse sobre escombros y basurales y eso es lo único que va quedando a sólo cuatro años de la acción de los explo­tadores y vendepatria que desplazaron al Pueblo y depredaron material y moralmente a la Nación.

Para juzgarnos, no es suficiente recordar cuánto hicimos en el Gobierno, sino que es también menester conversar con nosotros mismos, cuando estemos bien persuadidos que no estamos conversando con una mala persona. Luego, analizar qué hemos hecho para combatir a la ignominia, y, finalmente, cómo lo hemos hecho. El compañero Américo Barrios nos dice mucho a este respecto, y su palabra clarividente y erudita nos abre multitud de inquietudes justicialistas "En política no exis­te la fatalidad, nos dice. Los hechos no provocados por la con­ducción pueden influir en la política, pero su curso y los obje­tivos son alcanzados por la consciente preparación y por la planificación del quehacer. La fatalidad no conquista objetivos: los aleja o los acerca, pero no los destruye ni los alcanza. No es la fatalidad la que envía a Luis XVI al cadalso; son la injusticia y los enciclopedistas".Napoleón también afirmaba que nunca el éxito es produc­to de la casualidad, ni de la fortuna, ni tampoco la suerte tiene mucho que ver con él. El éxito se concibe, se prepara, se realiza , y se explota. En otras palabras, se planifica y se conduce. To­dos, en la medida de nuestras posibilidades, hemos luchado contra la infamia en medio de violencias y dificultades; pero nuestros esfuerzos, hasta ahora, han sido parciales. Hagamos un esfuerzo de conjunto y habremos salvado al Pueblo y a la Nación. Este esfuerzo de conjunto impone una organización, una preparación y un plan de acción, todo lo cual se encuentra en plena realización. El empeño de todos ha de ser el de al­canzar cuanto antes estos objetivos de la conducción. Lo de­más depende de la disciplina y de la firme voluntad de vencer a costa de cualquier esfuerzo o sacrificio y, eso, no ha de fal­tar al Pueblo argentino.

El compañero Américo Barrios, por muchas razones be­nemérito en el Movimiento, nos hace llegar su lealtad a los principios y su inquebrantable fidelidad a la causa, en estas palabras encendidas de convicción y de esperanzas. Sólo yo se cuánto es mi reconocimiento.

Firmado: Juan Perón.

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