Un nacionalismo visionario y ecuménico

*Por Gabriel Puente (en "La intervención francesa en el Río de la Plata")

El 29 de octubre de 1840, a bordo de la cañonera francesa La Boulonaise, se protocoliza el tratado entre la Confederación Argentina y el reino de Francia, primera potencia mundial, firmado en representación de esta última por el embajador y enviado plenipotenciario del rey Luis Felipe, el vicealmirante Ange René Raymond, barón de Mackau, y en representación de la Confederación su ministro de Relaciones Exteriores, el doctor Felipe Arana.

El tratado significó un triunfo diplomático verdaderamente espectacular para la el país y fue recibido con bombas de estruendo en la alameda, grandes manifestaciones populares y enorme orgullo y reconocimiento en toda hispanoamérica.

El Dr. Arana envía a los pocos días al embajador la Convención, ratificada por la Junta de Representantes de Buenos Aires. Los almirantes y oficiales franceses de la flota bajaron a tierra y fueron agasajados en el Fuerte, en donde se alojaron. Don Juan Manuel de Rosas los visitó también para agasajarlos el 8 de noviembre (lo cortés no quita lo valiente), circunstancia en la que mantuvo una curiosa conversación en tono de cargada con el embajador francés.

Efectivamente, el barón de Mackau que "chapurreaba" bastante bien el castellano, le preguntó a Rosas si en la Patagonia sus habitantes, los indios patagones, sabían montar a caballo.

En tono muy solemne, Rosas le contestó que los indios patagones no podían hacerlo porque llevaban un gran rabo en el trasero, por lo que deberían tener monturas con un gran agujero para meterlo.

El poderoso embajador miró a Rosas entre extraño e incrédulo, pero Rosas siguió imperturbable con su fantástica explicación: "...este inconveniente (el rabo) está compensado por otras ventajas, como la de poder hacerse fresco agitando el rabo durante el verano y espantarse las moscas cuando hace calor".

El unitario Daniel Torres, que conoció la "cargada" por un oficial francés presente en la desopilante reunión, concluyó medio amargado en su carta a su amigo Florencio Varela exilado en Montevideo:

"...No es extraño que Rosas pensase que después de hacerle tragar a Mackau el tratado, podría hacerle engullir lo de la cola o rabo de los patagones. Entre tanto, el Almirante no comprende que ha recibido tanta burla y un insulto".

Nosotros nos preguntamos si algún mandatario actual de algún país "en vías de desarrollo", se atrevería a hacerle semejante "tomada de pelo" a un Ministro Plenipotenciario de la mayor potencia mundial.

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