El fin de la coalición del norte

Logrado salvarse de caer prisionero, muerto o herido en los campos de Quebracho Herrado o Quebrachito, Lavalle se reúne con Lamadrid en las cercanías de la villa de Ranchos, villorio por ese entonces cercano a la ciudad de Córdoba, al este de dicha capital provincial.

El prestigio de Lavalle, gravitaba para que se recompusiese en parte, el descalabro sufrido que se había agravado pocos días después, de Quebracho Herrado, cuando la división al mando del Coronel Vilela - el general del ejército "libertador" dividió las fuerzas que le quedaban en varias divisiones que partieron por diversos rumbos hacia un único destino, quizás pensando que de esa manera era más fácil eludir al enemigo - fue alcanzada por Ángel Pacheco en San Cala y destruida en su totalidad. Dicho contraste y la derrota anterior reducía la expedición "libertadora" a un conjunto de aventureros sin mayores proyecciones militares, toda vez que la paz del tratado Arana Mackau, restaba todo el apoyo militar y financiero que se había mantenido hasta octubre de 1840.

Eran los primeros días de 1841, el 28 de noviembre del año anterior había sido Quebracho Herrado, y el 8 de enero San Cala, cuyos dispersos comienzan a ser perseguidos el día 9.

Sin duda el General, que frente a este panorama debió arredrarse y disolver sus fuerzas frente a su segura derrota, pareció en cambio recibir una inyección de optimismo y se lanzó a una acción que ponía su centro de operaciones en La Rioja, donde confiaba encontrar las fuerzas de Vicente Peñaloza (1) que se había plegado a la Coalición como su Gobernador, Tomás Brizuela, (2) y reunir además los dispersos de San Cala y de las otras divisiones donde no habían faltado las deserciones. Acordó con Lamadrid que este fuera a Tucumán, allá donde la suerte de las armas siempre le había sido adversa al General que en 1828 prestó su chaqueta a Dorrego para enfrentar el pelotón que lo fusilaría. Pero el ejército de Lamadrid era independiente, no podía obedecer órdenes de Lavalle, ni tampoco imponerlas a este. Solo podían coordinar sus acciones, y esta bicefalia militar, a la postre, sería factor de derrota.

Si Oribe había operado en Santa Fe y luego penetrado en Córdoba, Felix Aldao lo hacia por el Oeste en Cuyo. Cuando se formó la coalición y aprestó sus fuerzas, el gobernador de Mendoza fue nombrado Jefe del Ejército combinado, y como tal operaba en combinación con Oribe.

Cuando Lavalle marcha hacia La Rioja, Aldao y su ejército hacen otro tanto hacia aquella Provincia. Llegado el primero a la Capital, requiere de Brizuela armas, municiones y medios de movilidad, que Brizuela se niega a suministrar.

El ejército de Aldao se encuentra a quince leguas en momentos en que Lavalle intima al gobernador a reunírsele para tratar el plan de resistencia ante aquella amenaza.

Con todo el apoyo que puede obtener de Brizuela, y la reunión de sus dispersas de San Cala, completa una columna de 1600 hombres, y abandona la ciudad dividiendo sus fuerzas para proteger Tucumán donde Lamadrid está levantando su ejército. Antes de abandonar la ciudad, hace conducir al negociador enviado por Rosas, Fray Nicolás Aldazor, prior de los Franciscanos de Buenos Aires, al convento de Santo Domingo, de donde será obligado seguir bajo custodia a las fuerzas de Lavalle y Brizuela, impidiendo de esa manera la reunión del negociador con los diputados que habían sido elegidos para tratar los términos de una paz con Buenos Aires. A ese extremo llegaba el Jefe del Ejército Libertador desaparecido a esa altura, que mostraba su optimismo y confianza en si, o bien su resolución de perecer con su empresa.

Lavalle dominaba el sur de La Rioja, donde esperaba las fuerzas del General Acha que provenía de Tucumán con quinientos hombres en total entre caballería y infantería.

Aldao había ocupado la capital riojana el 10 de marzo, el 20 Acha que esperaba encontrar a Lavalle, encuentra en cambio las fuerzas de Aldao, y entabla un combate del que logra salir manteniendo la totalidad de su tropa, menos las pérdidas sufridas en el choque. Es un contraste más. Pero ese contraste sirve para aislarlo de Lamadrid. En Catamarca, El Coronel Mariano Maza bajo el mando de Aldao da fácil cuenta de las fuerzas unitarias, en parte con el apoyo brindado por los departamentos federales del oeste, que estaban esperando el momento propicio de derribar a Marcelino Augier, gobernador impuesto por los sublevados de la coalición. Una breve refriega se provocó entre las fuerzas federales al mando de Maza, y los defensores de Augier. Vencido, Augier huyó a Tucumán.

Como las fuerzas federales eran insuficientes para eliminar la resistencia de Lavalle que se movía de un lado al otro, Oribe decide avanzar su ejército a La Rioja y enviar al fraile mendocino, a guarecer la posible migración del enemigo hacia Cuyo, dándole destino en el Valle Fértil. Lo hace dividiendo el ejército en tres columnas que van ocupando en su avance las posiciones más favorables y conservando caballadas y medios de movilidad en todo lo posible para el momento decisivo de la batalla final. Dice al respecto Adolfo Saldías:

"A sus disposiciones, a su actividad, a la rapidez de los movimientos con que sacaba partido de un enemigo no menos hábil y resuelto, se debía la disputada victoria de Quebracho, la sorpresa de San Cala y la retirada de Lavalle hasta un teatro que le ofreciera algunas facilidades para el género de guerra que se vería obligado a hacer en esas circunstancias. . Y cuando contaba con la suma mayor de re­cursos, no quería exponerse a un fracaso, siquiera fuese parcial, que restableciese la moral del adversario y lo obli­gase a él a variar su plan madurado y en vías de ejecución definitiva. Y el espíritu desprevenido ve en esta prudencia calculada, en estas precauciones que van sumando proba­bilidades favorables, y hasta el recelo incierto que inquieta el espíritu nervioso del que sabe que va a vencer, el mejor elogio que Oribe podía hacer de Lavalle. Oribe nunca ocul­tó el respeto que le inspiraban los talentos militares de Lavalle; y éste y Paz estaban contestes en que Oribe era el primer general, de los que les oponía Rozas en nombre de la federación.

Es que Lavalle y Oribe pertenecían a la misma escuela de la guerra de la Independencia, en la que el genio y el valor encontraban a cada paso dignos ejemplos que imitar y an­cho campo para desplegar con ventajas las cualidades y las dotes que brillaban al favor de nobles estímulos. Cierto es que en su vida militar, Lavalle conquistó laureles singula­res en premio de heroicos hechos de armas; Y que San Martín y Bolívar le dieron testimonio de creerlo el prime­ro entre los primeros. Pero no es menos cierto que Rondeau y Alvear fueron testigos del heroísmo de Oribe en el Cerri­to de la Victoria (1811); y que Lavalle lo vió en sus mis­mas filas arrojar sus charreteras sobre el enemigo y lan­zarse con los suyos a buscarlas en el glorioso campo de Ituzaingó. Como hombres de guerra, Lavalle y Oribe se distinguieron respectivamente en el teatro opuesto adonde los llevaron sus ideas y las circunstancias azarosas de una época de revolución y de guerra. Los nuevos méritos que el primero había contraído en Ituzaingó le crearon un émulo en el segundo, fuera de los que por su parte contra­jo. y la alianza que aquél labró después con Rivera y los franceses para luchar contra Rozas y contra Oribe, le pro­porcionó a este último el medio de satisfacer el voto de su espíritu enérgico y pertinaz, de vencer por sus manos al rival afortunado a quien aclamaban partidarios entusiastas, y que le cerraba el paso al gobierno de la República Oriental, con la misma arrogancia con que le había disputado la primacía en el ejército republicano. Y Oribe tenía algo como la visión de que vencería a La­valle. Así 1o dice el método con que comenzó su campaña del año 1840; las operaciones que llevó acabo una tras otra desde antes del Quebracho, y sus propias declaracio­nes en las que anticipa a los jefes de la división el resul­tado casi fatal de sus movimientos, y la necesidad en que se verá Lavalle, a causa de éstos, de irse aproximando a un ocaso cuyos grados él va sumando fríamente. Adviértase que Oribe sostenía dos luchas contra Lavalle: la del fana­tismo de sus ideas partidistas que lo empujaban a los ex­tremos, y la del amor propio del general que tenía que ha­bérselas con una de las primeras espadas del ejército de los Andes, y a la cual debía rendir so pena de perder fama, poder y porvenir político. Se comprende, pues, que por temperamento o por conducta sólo se dejase conducir en lo militar por la prudencia razonada, que consulta no tanto la premura cuanto la importancia de una ventaja. Lo cierto es que él calculaba sobre las probabilidades de dos o más combates, y si de sus disposiciones casi siempre acer­tadas deducía la ventaja que quería conseguir entonces comprometía sus armas y era infatigable y se centuplicaba para llevar adelante el plan que se había propuesto. Así procedió en Santa Fe hasta obligar a Lavalle a dar la ba­talla de Quebracho: así fue como logró sorprender a Vilela en San Cala.

Lavalle, fiado por el contrario, en la generosidad de la estrella que iluminaba su nombre histórico, y en que los pueblos se pondrían bajo sus banderas, creyó humillar el orgullo de ese general de Ituzaingó que pretendía oponer­le las barreras de la estrategia, a él, al capitán de Maipú, al comandante de granaderos a caballo, al que se había abierto paso con su sable corvo, dando diez y veinte cargas en Río Bamba, Moquegua, y Pasco. Pero, bien pronto vio que ni las brillantes concepciones de su espíritu atrevido, ni las proezas de valor de sus partidarios, obtenían ventaja sobre la estrategia que desplegaba su contrario, empeñado en vencerlo científicamente. Cuando Lavalle quiso mode­rar sus arranques y sujetarse dentro de los límites de una prudente defensiva hasta encontrar la oportunidad conve­niente, ya su contrario le llevaba ventajas que él no podía contrabalancear, porque le era difícil crearse nuevos re­cursos, ni menos detenerlos a medio engrosar los que le quedaban.

Oribe profundizaba más que Lavalle el estudio general de las operaciones que practicaba, ligadas en cuanto era posible las unas con las otras. Lavalle medía siempre rápi­damente su teatro de guerra, y arrancaba concepciones brillantes a su indisputable talento militar. De aquí es que aquél se distinguió principalmente cuando comandó en je­fe; y que las grandes proezas, los grandes éxitos de éste se sucedieron con otras tantas páginas luminosas de romance cuando maniobraba con arreglo a un plan general del cual no podía apartarse sino a mérito de circunstancias extremas que quedaban libradas a su pericia y a su teme­rario valor. Así fue ,como se hizo famoso en Putaendo, en Pasco, en Río Bamba y en Pichincha, recibiendo envidia­bles galardones de San Martín, de Bolívar, y de Sucre. Oribe tenía más genio que Lavalle para idear y preparar el plan general de una campaña. Lavalle, más que en las reglas de la ciencia militar y en los principios de la estra­tegia se fiaba en el caudal de su propia experiencia, la cual le sugería medios atrevidísimos para desbaratar ese plan. A estar a lo que dicen los críticos de los compañeros de Napoleón respecto de Lannes y de Ney, Oribe era un trasunto del primero y Lavalle del segundo. " (3)

Veamos ahora la estrategia de Oribe en esta ocasión. Al ya mencionado desplazamiento de las fuerzas al mando de Aldao al Valle Fértil, tiene en la frontera de San Juan a su gobernador Nazario Benavides, al General Hilario Lagos en la frontera de Catamarca y al Gobernador de Tucumán Celedonio Gutierrez en la frontera de dicha provincia con Santiago del Estero, donde su gobernador Felipe Ibarra tenía su fuerzas dispuestas para entrar en combate. Además, preparado en Cuyo se encontraba el General Angel Pacheco, con sus avezadas tropas de línea, destinadas a enfrentar a Lamadrid, cuando Lavalle intentara reunírsele.

Lavalle se había asentado en Famatina, y allí recibe información de Peñaloza sobre el avance de Oribe, que va sumando fuerzas de las partidas que Peñaloza a enviado con distintas misiones. No solo avanzaba el ejército federal, sino que engrosaba sus filas.

Lavalle inicia la retirada, no sin antes tener una diferencia con Brizuela, que engreído de su condición de Jefe de la coalición, creyese con derecho a imponerle al General sus condiciones para continuar la lucha. Por lo tanto, las fuerzas se dividen y se retiran por caminos distintos. Aldao que se ha movido en consonancia con los movimientos del enemigo, logra interponerse entre ambas columnas, y el 20 de Junio ataca a Brizuela y casi sin combate, su infantería se pasa a Benavides, que cierra el paso a la retaguardia unitaria. Brizuela es mal herido por un oficial de sus fuerzas que se subleva junto con un escuadrón bajo su mando. Lavalle tiene otra pérdida más, de la que toma conocimiento cuando se encontraba en la zona de Londres. Allí también se anoticia de que Lamadrid con 2000 hombres ha cruzado la frontera de Tucumán con Catamarca, y se apresura a escribirle para encontrarse en la ciudad capital, reunión que se concreta el 11 de julio.

De esa reunión surge un cambio de destinos para ambos generales, Lavalle se dirigirá a Tucumán y Lamadrid a La Rioja.

¿Como no fue atacado por Lagos que lo tuvo a tiro de fusil? Porque Oribe instruyó a su subordinado que no lo hiciese. Oribe concibió que si eliminaba a Lavalle eliminaba la rebelión, y en sus miras estaba avanzar con todo su ejército para derrotar definitivamente a Lavalle.

Mientras esto ocurría, las fuerzas unitarias siguieron desangrándose. En Angaco, Mariano Acha pierde después de diversas alternativas sus fuerzas y su vida – es fusilado por orden de Angel Pacheco (4)– en el intento de tomar San Juan capital.

Lamadrid es quien toma San Juan luego, cuando Benavidez se retira a Mendoza con sus prisioneros, pero tal posición ventajosa fue efímera. Pacheco lo enfrentará definitivamente el Rodeo del Medio, lugar donde las tropas federales se imponen rápidamente sobre las unitarias, a pesar del despliegue de valor por parte de los vencidos con el concurso destacado de Peñaloza, y de las temerarias cargas de Lamadrid en persona, que provocaron en cada oportunidad, una ventaja transitoria para las fuerzas que comandaba, pero que finalmente fueron diezmadas. Los derrotados se internaron en Chile, previo desafío a otro enemigo temible, el clima cordillerano. Era el 26 de septiembre de 1841.

A varias leguas de allí, pocos días antes, Oribe avanzaba sobre Tucumán, en las proximidades de Famaillá y siguiendo el río del mismo nombre desde su margen izquierda. Lavalle que se había dirigido a Salta para afianzar una endeble situación favorable en esa provincia, retrotrae su ejército y luego de diversas maniobras, todas destinadas a ganar tiempo y hombres para su causa, se coloca finalmente en Monteros, a retaguardia de Oribe. Era el 19 de septiembre. Por el lado de Oribe, a la derecha formó su línea con caballería al mando de Hilario Lagos, en el centro un batallón de infantería con tres piezas de artillería al mando de Mariano Maza, y en la izquierda caballería santafesina y santiagueña al mando de Felipe Ibarra. La reserva estaba al mando de Bernardo Gonzalez. Por el lado de Lavalle, a su izquierda formó caballería al mando del General Pedernera, en el centro, infantería con cuatro piezas de artillería al mando de Estanislao del Campo, y en la derecha milicias tucumanas al mando del coronel Torres y Marco Avellaneda. La reserva formada por dos escuadrones de caballería del coronel Hornos. La batalla habría de decidirse por los que ocurrirá entre el ala izquierda de Lavalle y la derecha de Oribe, que dieron ambas fervor combativo, que finalmente culminó con la dispersión parcial de la caballería comandada por Pedernera. Lavalle volvió grupas y salvo su libertad por el camino de Yatasto, para internarse en Salta.

La coalición del norte, ese engendro con el que los unitarios habían pretendido derrocar a Rosas con la ayuda de Francia, tocaba a su fin, solo quedaba Cubas en Catamarca que días después caerá en las manos de Mariano Maza.

Aquella maniobra mal concebida, por la falsedad de las razones invocadas, la impopularidad de Rosas, la capacidad inigualable de Lavalle, la popularidad de la causa de la "libertad", había terminado como todo lo que se concebía mal, y como todo lo que se concibe y se concebirá mal.

Notas

1. Vicente Peñaloza, Caudillo Federal, había sido convencido del beneficio que resultaría de derrocar a Rosas y de la segura derrota que infligirían a las tropas que respondían a Buenos Aires, por el ejército comandado por Lavalle. Vencida la Coalición, se refugió en Chile en 1841. En 1842 atraviesa la Cordillera y penetra en su provincia donde se sostiene un año, debiendo volver a Chile ese mismo año. Otros intentos fracasan en 1843 y 1844.En Mayo de 1845, amparado por su viejo amigo, Nazario Benavides, gobernador de San Juan, pudo radicarse en los llanos. Por intermedio de este solicita de Rosas levantar las medidas dispuestas en su contra por su actuación junto a los "coaligados", a lo que el Restaurador accede. Es reintegrado al ejército con su grado de Coronel y en 1848 se subleva frente al Gobernador de La Rioja Vicente Mota, encumbrando en el Gobierna a Manuel Vicente Bustos.
2. Brizuela había sido convocado a la coalición y para convencerlo se le había ofrecido la Jefatura de dicha "concurrencia" de provincia pronunciadas contra Rosas.
3. Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, Editorial O.C.E.S.A., Buenos Aires 1958, Tomo V, pags. 86, 87, 88 y 89. (además de la situación política que había definido a la gran mayoría del país por la federación, y al ejército "libertador" como un cómplice de la agresión extranjera, lo que hacía repetir el fenómeno vivido en Buenos Aires en el 40, terreno que se abandonaba pasaban sus habitantes, eventuales apoyos de Lavalle, a apoyar a Oribe y su ejército. En el juego de ajedrez estratégico, Oribe llevaba una ventaja enorme pues sus especulaciones se basaban en la ciencia y la técnica militar, mientras que Lavalle confiaba en su prestigio y en la adhesión popular que su prestigio y su causa – la "tiranía" de Rosas – provocarían.)
4. Angel Pacheco era el jefe del regimiento que es sublevado por Acha y Escribano y toma prisionero a Manuel Dorrego, y al mismo Pacheco, en 1828.

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