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Riojano endiablado: apuntes sobre Facundo Quiroga

Ante un nuevo aniversario del asesinato del general Juan Facundo Quiroga en Barranca  Yaco, Córdoba, el 16 de febrero de 1835, bien valen algunas reflexiones, de adherentes y adversarios sobre su figura.

Refirió Héctor Quesada en “Barranca Yaco” (1934): “Paz derribó a Quiroga de su pedestal. La Tablada destruyó la leyenda y Oncativo lo arrojó del interior”. Lo que los paisanos aceptaban como verdad, que era “invencible en la guerra, el juego y el amor”, pareció tener un final abrupto. Ante ello, se radicó en Buenos Aires luego de un par de derrotas claves en manos de los unitarios, teniendo amistad con Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra, al punto de dejarle que administre los bienes de la “Heroína de la Federación”, mientras que Rosas lo eligió como supremo líder de la Expedición al Desierto, pero que Quiroga terminó declinando.

Sí aceptó mediar en el conflicto en las provincias del Norte, todas federales, logrando que Santiago del Estero, Salta y Tucumán firmen un tratado de paz. En el medio un intercambio epistolar entre Rosas y él, donde en la “Carta de la Hacienda de Figueroa” debatieron sus ideas sobre el orden institucional del país y la necesidad de una Constitución.

Su vuelta estuvo plagada de temores ante las amenazas de los hermanos Reinafé, los que, mandaron a sus secuaces para cegar la vida del caudillo. “A la distancia, entre el polvo del camino, se divisa la galera que se acerca. Santos Pérez está resuelto; nadie apartará su brazo. Al dar vuelta un recodo – escribió Héctor Quesada -  se adelanta, firme, decidido. «Haga alto esa galera», ordena… y entre el monte se pierde el eco de una descarga.

Quiroga, más valiente ante el peligro, asoma la cabeza. « ¿Qué significa esto?» exclama. «No maten a un general». Dispara sus pistolas y “«hace por el momento vacilar a aquella turba». Pero Santos Pérez ha esquivado con fortuna. Hace fuego a su vez y le atraviesa el ojo. Quiroga, herido de muerte, cae hacia atrás pesadamente.

Ya no podrá dar cuenta a Rosas de su misión.

Santos Pérez ha inmortalizado tristemente su nombre.

Barranca Yaco se ha incorporado a la historia.

Son las 11 de la mañana del 16 de Febrero de 1835”.

Según Pedro de Paoli, en “Facundo: Vida del Brigadier General Don Juan Facundo Quiroga, víctima suprema de la impostura” (1952): “Por todo el país corre la noticia del asesinato del general Quiroga. Primero causa asombro, luego estupor, finalmente pavor… Corre la noticia que quien lo ha matado es el capitán Santos Pérez, un matón de los Reinafé. Pero el pueblo no se engaña: detrás  de Santos Pérez están los Reinafé… El gobernador (José Vicente) Reinafé cree que la gente aceptará el crimen como hecho particular, vulgar y común. Cree también que, luego de algún ruido, todo quedará olvidado…  Seguro de sí mismo escribe a sus hermanos, y es tan ingenuo, que le dice a Guillermo: «He hecho chasque a Francisco, con la comunicación del señor López, pro la que se nos privará la pronta entrevista que tú deseabas, y la tendremos luego que miremos el bostezo de los pueblos sobre el acontecimiento del finado Quiroga, el que creo quede en papeles, pero a nosotros lo que conviene es la precaución»…

Todos los gobiernos provinciales manifiestan el más profundo pesar por la muerte del general Quiroga pidiendo el castigo inexorable de los culpables… Rosas ha medido la magnitud del crimen. Sabe de dónde viene y dónde está la mano que ha manejado a los Reinafé y los ha inclinado al asesinato”.

Rosas, a los asesinos e instigadores, los trata de “miserables” y que “ya lo verán ahora. El sacudimiento será espantoso y la sangre correrá en porciones”.

Efectivamente, los culpables fueron enjuiciados, condenados y ejecutados por orden del Restaurador de las leyes, siendo la memoria de Quiroga reivindicada.

Pero, pasado el tiempo, la figura de Quiroga tomó otro cariz. José María Paz, el brillante estratega militar unitario, se refirió en sus “Memorias” al general de los llanos como endemoniado. Entre el temor y la admiración, el militar cordobés intentó caracterizar en un solo término al Tigre de los Llanos, algo que a Domingo Faustino Sarmiento – unidos por el parentesco de ser primos con el riojano en tercer o cuarto grado, pero separados por el abismo de la guerra civil – le llevó toda su maga obra de 1845.

Ese año, estando el sanjuanino exiliado en Chile, empezó a publicar en el diario “El Progreso” el folletín “Civilización i Barbarie: Vida de Juan Facundo Quiroga”, en veinticinco entregas. Al tiempo lo editó en formato libro, siendo un éxito de ventas, un instrumento político contra Juan Manuel de Rosas y valorándose como uno de los ensayos políticos más importantes de habla castellana:

 “¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡Revélanoslo! Diez años después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto, decían: “¡No, no ha muerto!¡Vive aún!¡Él vendrá!” ¡Cierto! Facundo no ha muerto, está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento; su alma ha pasado a este otro molde, más acabado, más perfecto… Facundo, provinciano, bárbaro, valiente, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos Aires”.

Para Félix Luna, en Los Caudillos” (1966), lo describió así: “Nunca fue pequeño. Fue grande, excesivo, tanto en el bien como en el mal. Su genio no reconocía limitaciones, como si la fuerza de la naturaleza lo empujara siempre. Apasionado, tormentoso, contradictorio, perfilado en un drástico juego de luces y sombras, idolatrado y aborrecido, estaba hecho de la sustancia de los grandes conductores, con su intuición incomparable, el conocimiento de sus paisanos que le había dado un intenso comercio con los hombres, su fe corajuda en el propio destino, su arbitrariedad, su valentía inigualada y ese magnetismo que le infundía calidades de jefe nato”.

Queda mucho por develar de aquel riojano, héroe sudamericano, amado en su terruño, y al que todos los años, los 16 d efebrero, se lo honra como si aún siguiese cabalgando con su caballo moro.

Pablo Adrian Vazquez: Lic. En Ciencia Política; Secretario del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas

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