El sistema de autodefensa de nuestros representantes

Muchos de nosotros nos preguntamos a diario por qué en nuestra sociedad se demoran, por meses e incluso años, las decisiones y por ende las acciones políticas cotidianas tendientes a mejorar el estado de cosas actual y la calidad de vida de sus habitantes menos favorecidos.

¿Por qué la carencia de resoluciones expeditivas que liberen rápido el camino, al menos, el de las consultas?. ¿Hay algún designio histórico que hace que los suramericanos tengamos que padecer a diario para lograr una entrevista con alguno de nuestros múltiples representantes?

¿Por qué, a un ciudadano de a pie, se le torna tan difícil contactar o comunicarse con los hombres a quienes ha otorgado su representatividad política y social?

La explicación clasista (socialista y marxista) es que como son los burgueses quienes nos gobiernan y ellos no padecen las falencias y arbitrariedades de la vida ciudadana y cotidiana, pues o viajan con custodia y no realizan trámites burocráticos nunca padecen los regulares sufrimientos.

La explicación liberal es que esta sociedad no es para muchos sino para pocos y los muchos deben saber soportar, pues lo popular es incómodo, por principio.

Nosotros sostenemos ( sin invalidar la tesis que nos gobiernan los burgueses y que nuestra sociedad de consumo está diseñada para unos pocos más iguales que otros muchos) que todo ello son los mecanismos de autodefensa de nuestros cuestionados representantes que son cada vez más sutiles y variados. Esos mecanismos que permiten poner cada vez más distancias entre representantes y representados están llegando a grados de sutileza dignos de observar.

Antaño, hay que recordar que fue Hipólito Yrigoyen quién inventó la famosa amansadora. Esa espera interminable por horas para conseguir una entrevista con el político de turno.

Hoy se eliminó esa espera. Casi no se encuentra gente en las antesalas de los despachos, además éstos – otro signo de decadencia- casi carecen de antesalas. Tampoco el método son las cartas en mano y menos por correo postal, que ya no se usa.

Dos son las formas hoy día de contacto con nuestros representantes: el teléfono y el email. Así, si tenemos la suerte de tener el teléfono de su secretaría privada nos atenderá siempre su segunda o tercera secretaria, rara vez la primera. Y cuando lo haga, nuestro personaje estará siempre, pero siempre, ocupado.

Un paso más avanzado es tener el teléfono celular del dirigente, al cual uno podrá llamar cuantas veces quiera, que siempre responderá el contestador automático. Y si, por un casual, responde el interesado, se excusará inmediatamente diciendo: “llamame después, ahora estoy ocupado”.

La otra es por correo electrónico en donde podremos volcar todas nuestras inquietudes, que será indefectiblemente contestadas “téngase presente” o “recibido”. Podemos por este medio putearlo e insultarlo hasta el cansancio. En este caso no acusará recibo. Se hará, olímpicamente, como decía mi abuela “la gallina distraída”. Para aquellos que nunca vieron un gallinero, esto hace la gallina cuando uno la agrede, se va cacareando, como si no pasara nada, pero nunca da pelea.

Y entonces, ¿cómo podemos hacer los ciudadanos de a pie, sin ningún poder, para que “estos cosos nos den bola”?. Hacerles quilombo público como hacen los piqueteros. Pero. El problema es que el ciudadano de a pié, no es piquetero. Es un menguado exponente de la clase media baja que vive a los saltos, rebuscándosela como gato entre la leña.

El sistema funciona mutatis mutandi, así: Nuestros representantes sólo oyen, nunca escuchan a sus pares, y , alguna que otra vez, a representantes de otros sectores de la sociedad. Por ejemplo, si uno desea hablar con un diputado y carece de acceso directo a él, debe buscar a un par que se conduela de uno y le haga la gestión para que el buscado lo atienda. Con un dirigente sindical, con un empresario, con un banquero o un jerarca religioso. Siempre funciona igual.

Todo esto demora los contactos infinitamente y cuando se logran en general se ha pasado la oportunidad, sea para resolver problemas, plantear proyectos o gestar negocios.

Hay muchos tratados e innúmeros trabajos acerca de la esterilidad burocrática de la colonia española en América y su herencia en nuestras sociedades de ahora. Pero eso, es para que los académicos e investigadores “hagan curriculum”. Pero esto de hoy  sólo tangencialmente tiene que ver con las taras de ese pasado.

Lo que hoy sucede es que este mecanismo funciona como un sistema de autodefensa de las oligarquías político partidarias y sociales, en donde los dirigentes se atornillaron a los sillones de mando de la representación popular.

Y al no dar respuestas a las exigencias de sus representados, sólo demoran la solución de los problemas, la creación de proyectos  o la gestación de negocios en manos de una especie de fuerza de las cosas para que, los problemas, los proyectos y los emprendimientos se resuelvan solos. Pero sabemos que los problemas no se resuelven solo. Así la endogamia político-social-económico y cultural (no se les cae una idea) que produce es, como toda endogamia  absolutamente improductiva.

Esta esterilidad es uno de los peores males que nos aquejan hoy día. Pues ha hecho que nuestros empresarios no creen empresas sino que intenten vivir como de costumbre del Estado; que nuestros banqueros no presten dinero al pueblo sino más bien sólo entre ellos mismos o al Estado; que nuestros políticos no creen leyes que reduzcan la complejidad de la vida cotidiana para vivir mejor; que nuestros dirigentes sociales no creen mecanismos para contener la masa creciente de ex miembros de sus propias instituciones, sean desocupados en los gremios, sean socios en los clubes, sean militantes en las asociaciones asistenciales.

Este perverso sistema de autodefensa genera a la fuerza la figura del lobbista, ese mediador de influencias que logra los contactos. Este último personaje es, en general, un perfecto inútil que carece de principios y convicciones, sólo tiene intereses. Es el principal agente de corrupción en todos los dominios de la actividad.

Desarmar este sistema de autodefensa, liquidar estos personajes, es un requisito indispensable para que la vida ciudadana pueda fluir con cierta “libertad creadora”, para tomar el título de Alejandro Korn.

(*) CEES( Centro de estudios estratégicos suramericanos)

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