CLAUDIO DIAZ Y LA “DILLETIZACION DEL PERONISMO”

Claudio Díaz ya no está entre nosotros. Esta es una verdad que aunque lastime en lo profundo del alma resulta a las luces irremediable. Pero a diferencia de otras ausencias, la de Claudio se ha transmutado en aquel tipo de presencias que nos aleccionan y nos impulsan a continuar con la lucha entablada. Es presencia por el aliento eterno de sus convicciones, de su autenticidad, de su coherencia, de su fe, de su militancia, de su humildad, y por qué no, de sus obsesiones, pero no de aquellas que enmudecen y paralizan, sino de las que excitan y desafían.

A modo de homenaje fraternal releí recientemente algunos de sus textos, tal vez los más categóricos. Pero el hecho que más me reconcilia con ese verdadero "periodista militante", puede ser representado en aquellos diálogos telefónicos que pudimos entablar estos últimos meses, en los que a pesar del padecimiento de un cuerpo que ya lo comenzaba a abandonar definitivamente, entre alguna que otra ironía, dejaba traslucir claras y precisas advertencias.

Recuerdo muy especialmente aquella gélida noche de fines de junio en la que durante más de una hora conversamos sobre el futuro, y donde Claudio, entre los relatos de sus peripecias hospitalarias y sus temores ocultos, intentaba esclarecerme respecto a lo que entendía como la "dilletización" del peronismo.

Para aportar alguna certeza a esta cuestión transcribo textualmente aquella posición transformada en sentencia en uno de sus tantos artículos: "...como las grandes embarcaciones, en los últimos años el peronismo primero viró -desde el timón liberal- a estribor (a la derecha); y luego, con una conducción más bien progresoide, cambió el rumbo a babor (a la izquierda). A este tipo de zigzagueo nos gusta llamarlo "la dilletización del peronismo", nuevo género político que lanzó el inefable Torcuato Di Tella (hermano de otro inefable, Guido, inventor de las relaciones carnales con Gran Bretaña y Estados Unidos) y que consistiría en terminar de licuar la esencia del movimiento nacional que a partir de 1945 le rompió todos los esquemas al poder mundial".

Aquella tertulia invernal concluyó en cuatro acuerdos cardinales.

La primera, que el Peronismo había emergido en nuestro país con un claro sentido histórico: garantizar la felicidad del pueblo a través de la justicia social, y la grandeza de la patria, orientando cada una de sus acciones hacia la liberación cultural y material del país.

La segunda, que los logros de aquel primer Peronismo habían sido posibles gracias al desarrollo de una doctrina auténtica de clara orientación nativista nutrida fundamente por una epistemología propia, por una matriz reflexiva, que conocemos como "Pensamiento Nacional".

La tercera, que esa doctrina representada - entre otros textos centrales – por la Comunidad Organizada y el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, se encontró y aún se encuentra sujeta a un proceso de desnaturalización proveniente de sectores que en apariencia antagónicos, apuntan a similar objetivo: menospreciarla y degradarla.

La cuarta, que la militancia formada y organizada, debía según sus propias palabras impedir por todos los medios posibles tal degradación, e impulsar "... el programa histórico de nuestro modelo, tantas veces proclamado y tan pocas veces aplicado".

Claudio entendía que el modelo concebido por el Peronismo definía al "...hombre en su integridad: cuerpo y alma, materia y espíritu, en armonía, proporción y justa medida de sus ambiciones (que por eso basa en la justicia general todo el valor de la especie humana)", y además que Perón con gran lucidez estratégica, había propuesto en ese marco "... trasladar a lo colectivo lo que se desea en lo íntimo, es decir, pasar del yo al nosotros" ya que el "egoísmo es lo más infame que puede haber en la humanidad".

Para Díaz "... felicidad es, sí, compartir las cosas materiales de tal modo que disfrutemos nuestro bienestar, el que nos corresponde como seres, como individuos, pero que al mismo tiempo hagamos todo lo que haya que hacer para que ese estado de placer les llegue a todos"

Claudio no se cansaba de repetir que la concepción justicialista "requiere reconocerse en una identidad propia" que se aparta nítidamente de la vulgaridad decadente que pretenden imponernos, y que nuestro país debía proponerse crecer sin embromar a nadie defendiéndose "...de la avaricia o la codicia de los egoístas" y que para ello, "había que prepararse y estar dispuesto a hacerlo con toda la fortaleza física y moral que da el derecho a la existencia".

La naturaleza de esta breve evocación me impide seguir relatando las sugerencias de este hombre que supo consagrar su vida a una causa, dando así testimonio de aquella dimensión sacrificial que sólo asumen los grandes.

Pudimos despedirlo con honor y dignidad en la Casa de la Defensa (TELAM) gracias a la valentía de otro inmenso compañero que hace décadas insiste que solo seremos libres cuando seamos capaces de retomar el ejemplo de quienes están dispuestos, mediante el amor, a dar todo por esta Suramérica aún irredenta.

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