El gorilismo progresista
El progresismo es una forma del anti-peronismo. Quizá es más cínico, porque oculta detrás del manto de la corrección política su verdadero ADN: el gorilismo. Enfrascado en percepciones moralizantes, asume un ideario sostenido por los sobregiros ideológicos y naturaliza una lectura política idealizada. La miopía de esta falange liberal, que se autopercibe como «vanguardia iluminada» y cognitivamente superior, encuentra su raíz en el iluminismo reaccionario europeo, lo cual lo lleva a descreer de todo lo nacional.
El progresismo liberal no permite que se crea en la autodeterminación de la clase trabajadora. Su visión, de Mayo Francés permanente, adhiere a la concepción civilizatoria que desprecia a la clase trabajadora y a sus organizaciones sindicales. No es casual, en este contexto, donde el gobierno libertario arremete contra los derechos laborales, que el progresismo, acompañado por un izquierdismo aburguesado, burocrático y reaccionario, ataque a una institución histórica como la Confederación General del Trabajo. Estas maniobras tienen un piso ideológico que arrincona voluntades rotas en el vértice estructurante del anti-peronismo.
Los ataques contra la CGT que se registraron en medios empresariales, encabezados por C5N y en redes sociales, donde la propaganda anti-nacional se reproduce con el candor de las zonceras, exponen a grandes rasgos que existe un segmento social (por lo general, de clase media instruida) que tiene serias dificultades para abandonar su zona de confort y comprender la dimensión real de lo que pasa en el país. En este imaginario, la Central Obrera y las organizaciones sindicales representan a la barbarie y hasta encubren un sesgo racista donde el trabajador es subestimado y despreciado por su condición social y material.
El progresismo suele proyectar sobre la escena política su miedo a los bárbaros. Es por eso que recurre sistemáticamente a cubrir los personalismos y a desvanecer la compulsa histórica de los antagonismos que hacen a la conformación del país. De este modo, el poder está representado por abstracciones que se asemejan a amigos imaginarios contra los cuales es más fácil y cómodo emprender una puja platónica. Ese poder omnipresente es volátil y su representación casi siempre es anacrónica.
La impugnación que el progresismo le hace a la reforma laboral es moralista. De ahí que le exija soluciones al Movimiento Obrero, soluciones que éste no puede dar. No obstante, existen consideraciones que dan cuenta de la inmadurez en la que se envuelve este sector social a la hora de poder razonar en profundidad. Sus quejas se asemejan a caprichos más que a una reacción que surge de convicciones arraigadas en el sentir popular. El «progre» no deja de concebirse alto, rubio y de ojos celestes, mientras que el trabajador y el sindicalista son sucios, feos y malos. Por otro lado, el miedo a los bárbaros lo encapsula en un territorio fuera del espacio: no puede situarse en lo real concreto.
En este sentido, los medios empresariales cumplen un rol primordial para sostener el imaginario progresista y condensar un relato tan cínico como gorila que permita que, por un lado, se reproduzca el relato homogéneo y, por el otro, que se subordine al mandato materialista. La astucia del régimen descansa en la demonización del Movimiento Sindical. El progresismo liberal y la izquierda reaccionaria se pliegan a la propaganda y se subordinan al estatus quo. La tribuneada ideológica es funcional a la reforma laboral, dado que muchos «bocones» son carneros.
Cuando se le reclama mayor acción a la CGT, lo que se pone en marcha es el viejo dispositivo liberal que reinscribe la historia en base a falsos argumentos. El mejor ejemplo de esta situación está representado en la voz e imagen de un difamador profesional como Jorge Rial. El advenedizo comunicador repite una y otra vez, en las emisiones de su programa Argenzuela, que la Central está dormida y que en estas circunstancias solo negoció la preservación de las «cajas sindicales». Del mismo modo, aseguró que ningún dirigente de la Central Obrera fue víctima de la represión del gobierno. Su discurso parece escrito por Spruille Braden.
En vísperas del cuarto paro general contra las políticas de Javier Milei, el progresismo se empecina en pegarse tiros en los pies en nombre de idealizaciones que lo sujetan al país de las maravillas y no a la realidad del pueblo. Rial miente, pero como buen liberal, no le importa la verdad sino conservar el contrato de lectura y tener la razón por el mango. Los sindicatos no «hacen cajas», tienen recursos que son reutilizados para el bienestar de sus afiliados: proveen acción social, cobertura sanitaria y turismo, entre otras cuestiones. Al mismo tiempo, es necesario informarlo: el plan de lucha de la CGT comenzó en diciembre de 2023 con una masiva movilización a tribunales y continuó con mayor o menor intensidad hasta el día de hoy.
El 12 de marzo de 2025, día en que el fotoperiodista Pablo Grillo fue atacado por el gendarme Héctor Guerrero, dirigente de la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte, fueron gaseados por las fuerzas represivas. La situación se repitió en jornadas siguientes, donde el secretario general de la CATT y de la FeMPINRA, Juan Carlos Schmid, y el titular del Sindicato Conductores y Motoristas Navales, Mariano Vilar, fueron atacados por la policía con gas pimienta. La realidad siempre es más fuerte que el relato, sobre todo cuando este no se ajusta a la verdad.
La campaña anti-sindical es muy fuerte. Esto implica tener en cuenta lo poderoso que es el sindicalismo argentino aun cuando muchos lo creen debilitado, en repliegue. A lo largo de su historia, el Movimiento Obrero confrontó en soledad contra los regímenes reaccionarios. Al mismo tiempo, el sindicalismo representa a aquellos que la dirigencia política demoliberal dejó en el camino al sustituirlos por identidades minoritarias y exclusivas: los trabajadores son el sujeto histórico del peronismo, pero además son la conciencia nacional.
Tanto un plan de lucha como su consecuencia, un paro general nacional, obedecen a una construcción que se da en el tiempo y en el espacio. El sindicalismo es una fuerza social situada, por eso no puede correr detrás de los voluntarismos pragmáticos. Tiene representación y responsabilidad. Lo que se escapa en la virulencia de los ataques es que los dirigentes sindicales tienen permanente contacto con sus bases, por ende conocen el clima social mejor que muchos analistas y opinadores de turno, que suelen mirar su alrededor con el prisma de la cristalización ideológica. Por ende, este paro nacional llega en tiempo y forma, porque es obvio que algo comenzó a cambiar en las bases, algo que la miopía progresista soslaya sistemáticamente.
Como dijo el Papa Francisco, «no hay sindicato sin trabajadores y no hay trabajadores libres sin sindicato». El progresismo está tan ocupado en ser funcional al régimen que no suele escuchar a aquellos que están con el pueblo, desde el pueblo.
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